El hispano convertido en amigo del presidente
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El abogado texano de 52 años jugó un papel clave en las opiniones legales sobre el trato a los prisioneros capturados en Irak y en Afganistán, y en el debate dentro de la Casa Blanca sobre los interrogatorios a los sospechosos de terrorismo.
La controversia en torno a su persona comenzó a caldearse tras un informe de agosto de 2002 aprobado por él en el que se señalaba que, según las leyes estadounidenses y los acuerdos internacionales, sólo estaban prohibidos los tipos de tortura más severos. El informe fue retirado y revisado tras las protestas de grupos de defensa de los derechos humanos.
Similares críticas atrajo otro memorando de enero de 2002, en el que se afirmaba que la Convención de Ginebra sobre el trato a los prisioneros de guerra se quedaba «obsoleta» en la conocida como «guerra global contra el terrorismo».
Pero la gota que colmó el vaso, y puso en pie de guerra a sus propios correligionarios republicanos fue el despido de ocho fiscales federales en diciembre de 2006, que según los demócratas obedeció a motivos políticos.
El contencioso provocó el testimonio de Gonzales en abril de este año ante el Congreso, una embarazosa comparecencia durante la que el secretario de Justicia dijo en 71 ocasiones no acordarse de acontecimientos relacionados con la polémica de los fiscales. Bush se mantuvo a su lado en medio de la tormenta, pero no logró salvarle la cabeza ante la explícita falta de confianza de republicanos y demócratas en su liderazgo.



