¿El papa ideal o el papa posible?
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Vamos camino de un cónclave breve, de dos, tres días. La ley del silencio impuesta por Joseph Ratzinger ha restringido los espacios de discusión simplificando el proceso electoral y favoreciendo la candidatura de los cardenales más conocidos o consolidados. Un factor insólito cuya envergadura se añade a la presión plebiscitaria: el pueblo católico quiere una figura carismática.
En las reuniones cardenalicias ha trascendido un bipolarismo más dialéctico que aritmético. Es decir que el espectro conservador del cónclave es más numeroso e influyente que el llamado sector reformista. Supera, incluso, los dos tercios de papeletas -77- necesarios para la elección del nuevo Pontífice.
El arzobispo de Milán, Tettamanzi, es el único papable cuyo valor no ha perdido enteros. Era un favorito antes de la muerte de Juan Pablo II y permanece en pole position en la vigilia del cónclave. Seguramente porque se trata de un candidato transversal. Suficientemente conservador para los wojtylianos y bastante progresista para los reformistas. La prueba está en que el Opus Dei le ha demostrado tanto aprecio explícito como el que ha mostrado implícitamente Martini.
Fundamentalmente porque la minoría reformista maneja argumentos incendiarios para los castos oídos de muchos colegas.
Karl Lehmann, presidente de la Conferencia Episcopal alemana, promueve la comunión a los divorciados, así como el belga Danneels critica el absolutismo papal y habla de una nueva moral sexual.
Nada que ver con la opinión mayoritaria del cónclave ni con el consenso que las eminencias europeas han demostrado respecto del problema del laicismo y de la incredulidad. Dos rasgos de la nueva Europa cuya emergencia podría requerir estratégicamente el nombramiento de un cardenal comunitario.
Se trata de reivindicar las raíces cristianas del continente, de preservar la identidad frente al problema de la inmigración musulmana. Motivos por los cuales aparecen en escena dos candidatos jóvenes: el francés Barbarin, nacido en Rabat hace 55 años, y Christoph Schönborn, cuyo retrato se ajusta a la moderación, a la solidez y al atractivo mediático que se busca en la Capilla Sixtina. Más aún cuando Wojtyla le ha dado un trato preferencial y cuando podría obtener el respaldo de los cardenales del espectro conservador.
El brasileño Claudio Hummes y el argentino Jorge Bergoglio tienen buenas razones para sentirse favoritos. Ambos presumen de orígenes europeos, merodean los 70 años y provienen del continente donde reside 43% de los católicos del planeta (excluyendo EE.UU. y Canadá). Es más, la proliferación de la corriente evangélica y de las iglesias populistas en Latinoamérica podría contenerse con la proclamación del primer Pontífice del Nuevo Mundo.




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