18 de abril 2005 - 00:00

¿El papa ideal o el papa posible?

Roma - Se acabaron los no vendiales y los honores al papa difunto. ¿Quién será el sucesor? «El verdadero debate no consiste en qué Papa queremos, sino cuál es posible», nos confesó un cardenal emérito. «Aceptemos que después de un pontificado de 26 años tan influyente y tan presente, vienen tiempos de calma y de transición, aunque la Iglesia no puede permitirse un sucesor de perfil bajo», añadía el purpurado.

Vamos camino de un cónclave breve, de dos, tres días.
La ley del silencio impuesta por Joseph Ratzinger ha restringido los espacios de discusión simplificando el proceso electoral y favoreciendo la candidatura de los cardenales más conocidos o consolidados. Un factor insólito cuya envergadura se añade a la presión plebiscitaria: el pueblo católico quiere una figura carismática.

Las coordenadas modifican el retrato ideal del Pontífice que se manejaba durante la agonía de Juan Pablo II. No es igual el estado de la cuestión el 2 de abril que el 18, así que el período de la sede vacante ha relativizado las opciones de muchos papables -Re, Sodano, Ratzinger, Martini, Arinze, Maradiaga- y ha introducido novedades insólitas, como la candidatura portuguesa de Da Cruz Policarpo, cuya edad (69 años), buena imagen, cuna europea y proyección americana redondean ese perfil de transición que además requiere don de gente y sabiduría mediática.

En las reuniones cardenalicias ha trascendido un bipolarismo más dialéctico que aritmético.
Es decir que el espectro conservador del cónclave es más numeroso e influyente que el llamado sector reformista. Supera, incluso, los dos tercios de papeletas -77- necesarios para la elección del nuevo Pontífice.

• Favorito

Una mayoría aplastante que se explica porque Karol Wojtyla, testigo en la Casa Santa Marta gracias a un inquietante busto de bronce, ha nombrado directamente a 113 de 115 de los cardenales. Y uno de los dos restantes corresponde al nombre de Ratzinger, erigido en el papable del interregno, pero consciente de que su candidatura ha podido consumirse en el duelo preliminar con Carlo Maria Martini. El cardenal jesuita, retirado en Jerusalén y víctima del Parkinson, ha liderado estos días el movimiento anticonservador, sin miedo a mencionar el programa de gobierno que debería afrontar el nuevo Pontífice para llegar a la sociedad desprovisto de recursos mediáticos: mujer, bioética, moral sexual, colegialidad. Suficiente para agitar el instinto de conservación de muchas eminencias y para eludir en el proceso electoral las opciones experimentales.

El arzobispo de Milán, Tettamanzi, es el único papable cuyo valor no ha perdido enteros.
Era un favorito antes de la muerte de Juan Pablo II y permanece en pole position en la vigilia del cónclave. Seguramente porque se trata de un candidato transversal. Suficientemente conservador para los wojtylianos y bastante progresista para los reformistas. La prueba está en que el Opus Dei le ha demostrado tanto aprecio explícito como el que ha mostrado implícitamente Martini.

Lo benefician la cara de bueno, las dotes conciliadoras y la nacionalidad, aunque la proliferación de otros candidatos italianos -Angelo Scola por encima de todos- puede convertirse en un factor autodestructivo.

Las bajas de los cardenales Sandoval (México) y Sin ( Filipinas) garantizan a Europa la mayoría absoluta del cónclave. Son 58 eminencias (20 italianas), aunque constituyen una «selección» heterogénea y desunida.

Fundamentalmente porque la minoría reformista maneja argumentos incendiarios para los castos oídos de muchos colegas.

Karl Lehmann, presidente de la Conferencia Episcopal alemana, promueve la comunión a los divorciados, así como el belga Danneels critica el absolutismo papal y habla de una nueva moral sexual.

Nada que ver con la opinión mayoritaria del cónclave ni con el consenso que las eminencias europeas han demostrado respecto del problema del laicismo y de la incredulidad. Dos rasgos de la nueva Europa cuya emergencia podría requerir estratégicamente el nombramiento de un cardenal comunitario.

Se trata de reivindicar las raíces cristianas del continente, de preservar la identidad frente al problema de la inmigración musulmana.
Motivos por los cuales aparecen en escena dos candidatos jóvenes: el francés Barbarin, nacido en Rabat hace 55 años, y Christoph Schönborn, cuyo retrato se ajusta a la moderación, a la solidez y al atractivo mediático que se busca en la Capilla Sixtina. Más aún cuando Wojtyla le ha dado un trato preferencial y cuando podría obtener el respaldo de los cardenales del espectro conservador.

El brasileño Claudio Hummes y el argentino Jorge Bergoglio tienen buenas razones para sentirse favoritos.
Ambos presumen de orígenes europeos, merodean los 70 años y provienen del continente donde reside 43% de los católicos del planeta (excluyendo EE.UU. y Canadá). Es más, la proliferación de la corriente evangélica y de las iglesias populistas en Latinoamérica podría contenerse con la proclamación del primer Pontífice del Nuevo Mundo.

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