En primera persona: argentinos en Niza contaron cómo vivieron el atentado
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"Una toma de rehenes, que había tiroteos, todo rumores... Unos cuantos volvieron y éramos como 20 personas en el bar", continúa Agustín. "Entonces los dueños abrieron un pasadizo que comunica con su departamento y nos dejaron subir. Se portaron superbién, resguardaron en su casa a la gente. Cerca de las cuatro nos pudimos ir a casa", añade.
Unas 12 horas después el Balthazar tiene las puertas abiertas pero no acepta clientes. "Nos llamaron los dueños para que viniéramos. Ayudamos a los medios y a las familias, e hicimos el altar entre los compañeros", comentó otro argentino, Fernando Acuña, de 25 años y nacido en Buenos Aires, que pasa el verano en Niza para ganar algo de plata y pagarse el doctorado en Grenoble. No trabajaba el jueves por la noche. Se refiere a la única mesa del local que está dispuesta. Tiene un paquete de folios y un rotulador. A su lado un pequeño jardín en el que la gente deposita flores y deja sus mensajes. "Asesinos iros al diablo" o "Recemos juntos por Francia, estamos con Niza", se puede leer entre los cientos de folios desplegados. "Para mí es muy loco. Ver estas ofrendas donde trabajo todos los días", señala Agustín.
A unos metros una de las propietarias, Rebeca, no puede contener las lágrimas al ver el altar en que se ha convertido su terraza. "Creo que hoy ya he hablado demasiado", acierta a balbucear. También trabaja en el bar Luciano Damet, un mexicano de 25 años que lleva dos en Niza. Estaba cobrando a los clientes cuando se encontró de frente con una muchedumbre. En cuanto pudo se escapó del Balthazar para ir a buscar a su novia, que seguía los fuegos en el paseo. Luego regresó a casa: "Pude dormir un poco. Pero esta mañana cuando me desperté fue como si Mike Tyson me hubiera dado el peor nocaut de mi vida".



