16 de enero 2003 - 00:00

Fuerte polémica por mujer con récord de hijos por encargo

Londres - «¿Qué, otro más?», se interesan los vecinos al ver de nuevo a Carole Horlock con la panza inconfundiblemente abultada. La pregunta, sin embargo, es totalmente innecesaria: desde 1994, esta mujer de 36 años, corpulenta y jovial, se encuentra en embarazo permanente.

Siete niños, dos de ellos gemelos, ha traído Carole al mundo en los últimos ocho años. Y ya lleva en sus entrañas al siguiente, concebido sólo dos meses después de su último parto. Tal es el ansia procreadora de esta divorciada que, aunque todavía le quedan cuatro meses para dar a luz, ya anda planeando su próxima concepción.

«En cuando nazca éste, me pondré manos a la obra con el siguiente», comenta excitada. «Quiero tener dos niños más para así jubilarme con un número redondo en el marcador: diez críos.» Carole siempre habla de críos, de bebés, de niños... Jamás de hijos. La sutileza es importante porque, a pesar de haber llevado durante nueve meses a cada una de esas criaturas en su interior, a pesar de haberles dado la vida y de haberlas parido con dolor, a pesar de que son sangre de su sangre, Carole no se considera la madre de ninguno de esos pequeños. De hecho, si esta mujer ha traído al mundo a toda esa caterva de niños, ha sido con el único objetivo de ponerlos en manos de parejas que no pueden tener descendencia.

Carole Horlock
es una madre de alquiler, aunque más bien cabría decir de ella que es la madraza de alquiler. Nadie en el mundo ha puesto tantas veces su matriz al servicio de los demás. Nadie ha concebido por encargo de otros tantos retoños como los siete, ocho en abril próximo, que Carole ha alumbrado.

No cabe duda de que Horlock es una mujer sincera. De la misma manera que no tiene el más mínimo reparo en admitir que con el sueldo que gana como empleada de una tintorería jamás se habría podido permitir el capricho de pagar 3.800 libras (unos 6.000 dólares) por un conjunto de sofás de cuero adquirido con el sudor de sus partos.

«Sé que a mucha gente le puede parecer monstruoso y aberrante. Pero es algo que sucede y que no depende de mí. Yo desarrollo amor por los bebés cuando éstos han nacido y cuido de ellos, pero no mientras los llevo dentro. No sé por qué, pero es así», afirma Carole.

El caso es que esa particularidad hace de Horlock la perfecta madre de alquiler. «Sí, la verdad es que nada más nacer el bebé, no me cuesta nada entregárselo a la pareja con la que me he comprometido. Lo que en ningún caso podría hacer es cuidar del recién nacido durante una semana y luego dárselo. Pero, dado que las parejas para las que hago de madre de alquiler se llevan siempre a los bebés en el instante en que éstos nacen, no me da tiempo a desarrollar amor maternal y, por tanto, no me duele desprenderme de ellos.»

Tan a rajatabla se cumple el trato que, tras dar a luz, Carole siempre se resiste a ser la primera en coger en brazos al recién nacido, dejándole ese privilegio a la madre arrendadora. «Ayudar a tener un hijo a una pareja que a lo mejor lleva 15 o 20 años intentándolo es apasionante, te diría que es incluso más apasionante que tener tus propios hijos. ¿Sabes por qué? Porque tener hijos es completamente normal, cualquiera puede hacerlo. Pero ayudar a alguien a hacer su sueño realidad es algo absolutamente único, algo especial.» Carole halló su verdadera vocación poco después de divorciarse. Tenía 27 años y leía en una revista una entrevista con una madre de alquiler. Algo le llamó especialmente la atención en las declaraciones de esa mujer y la hermanó con ella. No se había sentido unida a sus hijos hasta después del parto. Carole pensó en Megan y Stephan. La primera había nacido pocos meses antes. La segunda apenas tenía dos años. Las quería. Pero como aquella madre profesional, el afecto había nacido después de que salieran de su vientre. Siguió leyendo y se emocionó cuando la mujer relataba la felicidad que había compartido con la pareja estéril que la había contratado. Al final de la entrevista había un número de teléfono: COTS, agencia de madres de alquiler. Carole se levantó, llamó y solicitó la plantilla de formularios. Tuvo tiempo de reflexionar mientras llegaba el correo. Desde la separación, se sentía libre para decidir sin consultarlo con nadie, pero poco después de su primer parto interino, le confesó a su padre lo que había hecho. «Se sintió horrorizado. Me dijo que no tenía derecho a entregar a sus nietos a otras personas.» Si su padre, peluquero divorciado de su madre desde que Carole tenía cinco años, no comprendió que su sangre se viera inmersa en una transacción para él exclusivamente comercial, la madre de la incubadora británica y sus cuatro hermanos compartieron el entusiasmo de Carole por la felicidad que su cuerpo podía ofrecer a parejas infértiles: una mujer que sufrió una menopausia prematura a los 17 años, otra que fue sometida a una histerectomía después de un cáncer y otra que había nacido sin matriz han sido algunas de sus hermanas de sangre.

Carole se mantiene en contacto con los siete niños (pronto ocho) para cuyo nacimiento ha prestado su portentosa naturaleza. De hecho, a todas las parejas para las que ha hecho de madre de alquiler les ha puesto una única condición: que desde el principio sean sinceros con los pequeños. «Todos los críos me conocen, todos están al tanto de quién soy. Todos saben que crecieron en mi barriguita porque las de sus madres estaban rotas y no podían acogerlos. Nunca tendrán que pasar por el trauma de que su madre les diga algún día que no fue ella quien los trajo al mundo, sino aquella otra señora. Eso es algo que los niños ya saben, algo que jamás se les ha ocultado», declara orgullosa.

Lo que esos niños aún no saben es que Horlock no se ha limitado a llevarlos en su interior durante nueve meses. Aparte de prestar su matriz, esta británica también pone los óvulos a partir de los cuales nacen esos bebés. En otras palabras: todos los niños que ha traído al mundo son hijos biológicos suyos.

•Desligada

«A fin de poner distancias con el bebé, la mayoría de las madres de alquiler exige siempre que no se empleen sus propios óvulos para engendrar el embrión. Pero yo no tengo ese problema porque, como ya he dicho, durante el embarazo ya me siento absolutamente desligada del bebé que llevo dentro», explica cambiando repentinamente de posición para acomodar al niño que desde hace cinco meses y medio crece en su interior. «Ninguno de los niños que he engendrado como madre de alquiler sabe que yo soy también su madre biológica porque, sencillamente, ninguno tiene aún edad para entender lo que eso significa. Piense que el mayor de todos acaba de cumplir siete años hace sólo unos días, y aún no es lo suficientemente mayor como para entender conceptos puramente biológicos como son ésos. Mis dos hijas propias sí que lo saben, saben que los óvulos a partir de los cuales fueron creados esos bebés son míos, que son sangre de mi sangre», comenta mientras su hija Megan, de nueve años, asiente sonriente.

¿Se sentiría responsable Carole si en el futuro alguno de esos niños que ha traído al mundo no fuera feliz? «Depende. Si fuera por culpa de los padres, porque éstos no se han portado como debieran, me sentiría fatal. Pero me parece difícil. Cuando alguien llega tan lejos para tener un bebé como para acudir a una madre de alquiler, el mayor riesgo que se corre es que mime en exceso al pequeño», afirma rematando la frase con una sonora carcajada.

De todas maneras, ella toma sus medidas para asegurarse de que los futuros padres van a ser buenos progenitores. «Antes de aceptar traer al mundo a su hijo, los trato durante un período de tiempo que oscila entre los tres y los seis meses», explica. Y, por supuesto, los futuros padres se implican desde el primer momento en el embarazo, acompañando a Carole a los chequeos médicos, llamándola asiduamente y visitándola periódicamente.
Carole está ahora embarazada de 22 semanas. El niño, que nacerá en abril, es anhelado ansiosamente por un matrimonio griego, la primera pareja no británica a la que Carole presta auxilio. «Viven en Atenas, pero hay un vuelo regular de Atenas al aeropuerto londinenses de Luton, situado a sólo 10 minutos de mi casa. Si los necesito urgentemente, pueden tomar el vuelo de la mañana y estar aquí al mediodía. La mujer viene regularmente, para acompañarme a las ecografías y a todas las pruebas. Y, por precaución, los dos vendrán dos semanas antes de que salga de cuentas para asegurarnos de que estarán presentes durante el parto.»

La mujer por la que Carole está haciendo esta vez de madre de alquiler no puede tener hijos porque nació sin útero. «Es la razón por la que hago esto, aunque no le oculto que al final representa una extra. Si alguien hace algo por una persona, es normal que esa persona quiera darte las gracias. Y cuando lo que has hecho es traer al mundo a su hijo, es perfectamente comprensible que el agradecimiento sea inmenso. Lo único es que, en vez de hacerte un regalo, te dan el dinero para que tú te compres lo que quieras, eso es todo.»

¿De cuánto dinero hablamos? Varía, pero en la mayoría de los casos las tarifas de Carole oscilan entre los 16.000 y los 24.000 dólares. A diferencia de lo que ocurre en los EE.UU., la legislación británica prohíbe taxativamente que una madre de alquiler se haga de oro trayendo hijos al mundo. Sólo pueden recibir el equivalente a lo que se consideran «los gastos razonables» que conlleva un embarazo.

Carole invierte el dinero ganado con el esfuerzo de sus gestaciones en renovar la bastante modesta casa de cuatro dormitorios que ella y sus dos hijas ocupan en la localidad de Stevenage, al norte de Londres, y cuya hipoteca aún está pagando; en comprarse fastuosos sofás de cuero, en empapelar el salón de la vivienda de floripondios, en adquirir recargadas cortinas a juego, en pagarse una buenas vacaciones en el extranjero... «Mamá, mamá, ¿cuando sea mayor me harás el favor de tener hijos para mí? A mí es que me da miedo...», implora Megan a su madre mientras le acaricia la barriguita. «Ni lo sueñes. Yo tengo hijos para aquellas mujeres que no los pueden tener, no para las que no los quieren tener», responde afilada Carole.

Los miedos y las molestias que habitualmente embargan a las embarazadas apenas hacen mella en esta mujer nacida para alumbrar y que da a luz absolutamente a pelo, sin recurrir a la epidural ni a ningún otro anestésico. «Mi parto más largo duró tres horas y media, y el más corto, una hora y tres cuartos. Tres horas y media de dolor tampoco es tanto, ¿no? Es verdad que hay mujeres que pueden tardar 10 o 15 horas. Pero, incluso en esas situaciones, tampoco me parece exagerado. Si te rompes un brazo, por ejemplo, el dolor puede prolongarse durante mucho más», razona. Carole sostiene que el embarazo es el estado natural de una mujer. «Hoy en día, tener o no tener hijos es una elección social. Pero hace unos años las mujeres tenían 15 o 20 hijos. Es verdad que las mujeres morían jóvenes, pero no creo que fuera porque tenían muchos hijos, sino porque la sanidad era mala», opina.

•Afortunada

El caso es que, después de tantos embarazos, Carole sólo se queja de las consabidas estrías y de sufrir várices en las piernas (que, en cuanto se jubile como madre de alquiler, se operará). Y tiene la inmensa suerte de que a Tim, su pareja desde hace cuatro años, le encantan las mujeres embarazadas. «Las encuentra muy atractivas», explica Carole. «De hecho, se pasa todo el día tocándome la barriguita, y cuando estamos en la cama, igual. Hay hombres que encuentran repulsivas sexualmente hablando a las mujeres embarazadas, pero yo he sido muy afortunada.»

Sólo una vez el hacer de madre de alquiler le ha ocasionado problemas a Carole, y fue con la pareja que le encargó el último niño que trajo al mundo. «No se implicaron mucho durante el embarazo, y al final lo pasé muy mal. Generalmente, después de dar a luz, suelo pasarme un día sollozando. Pero, en su caso, estuve llorando ininterrumpidamente durante dos semanas y me puse fatal. Y es que, aunque tuve un hijo para ellos, en ningún momento se implicaron emocionalmente conmigo, manteniéndome siempre al margen. No me acompañaron a casi ninguna visita médica, las llamadas telefónicas brillaron por su ausencia... Le puedo decir que lo habitual es justo lo contrario, que las parejas se disculpan de lo mucho que llaman. Estoy segura de que al niño lo van a cuidar y lo van a querer enormemente. Creo que ella se comportó así porque tiene problemas emocionales derivados del hecho de no poder tener hijos por sí misma. Nadie que pueda evitarlo elige tener hijos a través de una madre de alquiler, nadie. Quienes optan por este método es que han agotado todas las posibilidades anteriores», recalca haciendo una breve pausa.

«Yo no quiero sentirme como una máquina fabrica-hijos. Pero ella, al tratarme como una empleada, me hizo sentirme así. Si hubiera sido mi primer embarazo como madre de alquiler, juro que jamás en la vida hubiera vuelto a repetir. Y porque yo tengo una voluntad de hierro, pero estoy segura de que, de haber estado en mi lugar, otras madres de alquiler se habrían resistido a entregarles el niño», advierte.

De haber decidido Carole quedarse con el bebé, nada ni nadie hubiera podido impedírselo. La legislación británica, a diferencia, por ejemplo, de la normativa que rige en el estado norteamericano de California, otorga a las madres de alquiler todos los derechos sobre los hijos que traen al mundo, independientemente de que éstos sean o no hijos suyos genéticamente hablando. En Gran Bretaña, la madre tiene todo el derecho a quedarse con el bebé, aunque medie acuerdo económico previo. Pero, a pesar de todo, es absolutamente excepcional que una madre de alquiler británica incumpla el acuerdo. De los cerca de 450 niños nacidos en Gran Bretaña a través de COTS, una agencia sin fines de lucro fundada hace 14 años y que se dedica a poner en contacto a parejas desesperadas por tener hijos con mujeres dispuestas a hacer realidad sus sueños, sólo siete madres de alquiler optaron por quedarse con las criaturas. «Pero entiendo que la mayoría de la gente recele de la labor que realizamos las madres de alquiler. Siempre que en los diarios o en la televisión se habla de nosotras, es porque algo ha ido mal. Pero es una idea absolutamente errónea: 98% de los embarazos de alquiler tiene un final feliz.» Carole, desde luego, es feliz. «He tenido la inmensa suerte de haber encontrado mi misión en la vida.»

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