Hugo Chávez festeja con su familia el triunfo que le permite seguir en la presidencia hasta 2006.
Más allá de la desazón de todo vencido, el triunfo de Hugo Chávez para su continuidad como presidente de Venezuela fue inobjetable y rotundo, 58% a 42%. Democrático el acto, con concurrencia masiva. Confirma algo que analizó este diario el viernes: en un continente de necesidades acuciantes, como Latinoamérica y también Africa, es muy difícil ganarle una elección a un gobernante populista en medio de un brote temporario de fuerte ingreso de divisas en el país. En el caso de Venezuela, quinto país petrolero del mundo, se trata del precio récord histórico alcanzado por el barril: 46 dólares el viernes. Ganarle en estas condiciones es casi imposible, aunque gobierne mal, al extremo de que, desde que asumió y con este excepcional repunte del petróleo, Chávez tiene hoy más alto índice de pobreza (llega ya a 70 de cada 100 habitantes) que cuando asumió. Eso sí, más pobres, pero con menor analfabetismo y mejor cuidado en salud, elementos importantes producto de una campaña educativa y de la importación de médicos cubanosa barrios carenciados. Así paga el comunismo cubano el petróleo subsidiado que le envía Venezuela. Y tampoco está mal.
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La falla de Chávez es la de todo populismo: no tener planificación, abundar en personalismo, placer exagerado por repartir sin destinar una parte del mayor ingreso circunstancial a incentivar inversiones nuevas, a ayudar a ampliar la inversión existente no petrolera, a que vuelvan a abrir las 4.000 fábricas en Venezuela que cerraron durante los últimos años, de forma que sólo quedaron en pie unas 5.000. Este triunfo de Chávez en Venezuela es toda una advertencia para los sectores moderados de la Argentina, donde el centro y el centroderecha ven con satisfacción retroceder bastante aceleradamentela imagen de las figuras populistas, desde los Duhalde y Alfonsín hasta los Kirchner. Es cierto que el alivio actual argentino es probablemente efímero, pero mucho más endeble que el venezolano, apoyado éste en una materia prima tan valiosa como ese recurso no renovable que es el petróleo. Nuestro intervalo de mejora en divisas e ingresos públicos para repartir proviene de una brutal devaluación, de la apropiación de más de la mitad de los ahorros de los mismos argentinos, de una demanda que fue de soja antes, no es más de trigo, mañana será de carnes y, fundamentalmente, hemos ilusoriamente mejorado porque no pagamos nuestras deudas. Que sea más frágil y de peor base, entonces, nuestro tiempo de esplendor para el camino hacia el clientelismo no es de desdeñar con vistas a los comicios legislativos de 2005. No es de desdeñar, porque los argentinos con gobiernos populistas tomamos actitudes que ni siquiera Chávez se atrevería: somos capaces de repartir en exceso sin prevenir inversiones para el futuro, aun cuando no tuvimos un pico casual de riqueza como ahora. Lo hizo Raúl Alfonsín en los '80 y terminó la Argentina en hiperinflación. Lo hicieron Eduardo Duhalde en los '90 desde una gobernación y Carlos Menem en el final de su buena gestión nacional, y terminaron llevando al país a su estallido y la peor crisis económico-social de su historia.
Aunque el país no tenga esperanza de mejor futuro, de menor desempleo, de diversificación productiva y deba mucho, el gobierno Kirchner hoy tiene dinero para gastar, como Hugo Chávez, y nadie se engañe en que será fácil ganarle una elección, aunque hoy en imagen, sin haberse movido los aparatos repartidores, oscile sólo arriba de 40%.
Otro tema que surge es si el rotundo triunfo del nacionalismo de izquierda de Hugo Chávez con respeto a la democracia no podría tentar a una elección libre a otros, por ejemplo a Fidel Castro, que sobrelleva 46 años de dictadura en su isla. Nadie lo imagina así. Chávez tiene 70% de pobres, pero una casualidad histórica circunstancial de fluir de dólares como para que siga igual de paupérrima la mayoría de su pueblo, pero con cierto fervor en gasto por lo menos en los tiempos previosa votar. Castro no tiene ni la posibilidad de un golpe súbito de enriquecimiento para sacar a su pueblo de la extrema pobreza y el casi nulo bienestar en que hoy vive esa gente.
Finalmente, pese a sus males y que no asegura un mejor futuro a Venezuela, es admirable en Hugo Chávez su respeto a la democracia. Acató el plebiscito que incluyó en la Constitución bolivariana que impulsó. Respetó a la prensa --como ni siquiera Lula da Silva en Brasil lo hace-, la libertad de opinar, de reunirse, de manifestar y de votar.
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