11 de mayo 2005 - 00:00

La revolución de la olla a presión

La Habana - Mayra Blanco, trabajadora en una guardería, en el comedor de su casa, situada en el barrio 5 de Septiembre en la ciudad de Pinar del Río -unos 173 kilómetros al oeste de La Habana- muestra su olla a presión recién adquirida. La mujer demuestra tener la lección más que bien aprendida. Porque ella, claro, también vio al mismísimo Fidel convertirse en televisión en un práctico chef.

«Ya nadie enseña a cocinar por la televisión», se quejó el comandante. Durante aquella comparecencia televisada y ante un público femenino, el líder de la revolución esbozó el nuevo «socialismo de la olla». Vestido con su tradicional uniforme de comandante en jefe, Fidel ejerció de chef televisivo. Explicó cómo usar correctamente la tradicional olla a presión para cocinar porotos y la olla eléctrica china para cocer arroz. Castro orientó a las mujeres de la isla sobre cómo ablandar los porotos en agua desde la noche anterior para que se cocinen en la olla en 25 minutos. Por eso Mayra sabe qué dice cuando explica que ella cocina «los frijoles más blandos en 25 minutos y los más duritos en 45».

Junto al comedor, en un cubículo donde apenas cabe una persona, Mayra tiene una cocina de dos hornillos de querosén. Pese a estar apagada, un fuerte olor a combustible impregna el ambiente. El propio Castro habló de ese tema cuando anunció las innumerables ventajas económicas que supondrá para la isla el reparto de ollas, hasta ahora vedadas.

Cada familia recibirá tres ollas y una cocina eléctrica portátil en una gran operación política tramada con el fin de oxigenar el modelo socialista isleño.
Desde hace unos 40 años, las mujeres cubanas, además de inventar comidas en un país donde el abastecimiento de alimentos es inestable, han enfrentado la carencia de equipos de cocinas y de combustible.

El día que Castro bendijo en público las ollas, hizo muchas cuentas para demostrar lo mucho que ganará Cuba.
Explicó que 80% de los hogares cocina con querosén, y ello requiere el transporte de 750.000 litros diarios de ese combustible a unas 10.000 bodegas abastecedoras. Pero como la cuota de litros de querosén vendidos es insuficiente, la gente compra en el mercado negro diésel robado a camiones y tractores estatales. Ese robo para el Estado cubano tiene un costo anual de unos 266 millones de dólares. Castro también demostró que el uso de las ollas, por el breve tiempo en que cocinan los alimentos, significa el ahorro anual de 100 millones de dólares en electricidad.

En Pinar del Río, del módulo de tres ollas y hornilla eléctrica sólo se han vendido, hasta el momento, ollas a presión brasileñas a 145 pesos (unos 6 dólares). «Muchos vecinos no lo han comprado, es un precio que no pueden pagar. Otros han tenido que pedir un crédito bancario», explica Antonio, el concejal de la barriada.

Las ollas eléctricas para cocer arroz, que Castro califica ahora de «genio» y ordenó su venta a las familias cubanas, estaban igualmente vedadas. «¿Y si Venezuela cae en desgracia?», dice con mirada maliciosa Beto Oliva, 63 años, jubilado, militante revolucionario «al ciento por ciento». Beto tiene dudas de futuro sobre el proyecto de Castro de electrificar las cocinas familiares. Cuba consume unos 180.000 barriles diarios de petróleo, y casi la mitad de ellos son suministrados, a precios preferenciales, por la venezolana PDVSA. Beto, que no olvida la crisis de los '90, cuando la isla se quedó sin suministro de petróleo al derrumbarse la ex URSS, lo tiene claro: «No voy a entregar mi cocina de gas, por si acaso».

Pero Castro pretende no sólo desterrar cocinas de querosén y de gas de garrafa, sino también las ancianas heladeras norteamericanas -«devoradoras energéticas»- y a las lamparitas incandescentes.

El destino de las lamparitas incandescentes en la isla es el peor de todos
. Desterradas de los comercios, las que aún existen en las casas tienen que ser delatadas por las familias ante la comisión de vecinos encargada de censarlas. Posteriormente, según el plan oficial, la comisión de vecinos en cada casa, y en presencia de los dueños, destruirá las lamparitas incandescentes. A cambio, entregará otras de bajo consumo de luz blanca. Castro ha dicho que no habrá en el mundo país que ahorre tanta energía eléctrica como Cuba. Hay cubanos que no quieren dejar de tener lamparitas incandescentes, pero... temen ser acusados de disidentes lumínicos.

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