El triunfo de Evo Morales en Bolivia tiene, a la vez, costados positivos y abre numerosos interrogantes para los Estados Unidos. Más allá de la visión de la Casa Blanca sobre la cuestión, que en gran medida se reduce a la política que el próximo presidente de Bolivia seguirá con respecto a los cultivos de coca, surgen otras acechanzas. Según un interesante editorial publicado ayer por «The Washington Post», éstas se refieren a la propia viabilidad económica del país y, más aun, a la preservación de su democracia. A continuación, los principales pasajes.
Aunque él se describe como la «pesadilla» de Washington, la victoria de Evo Morales en la elección presidencial de Bolivia del 18 de diciembre tiene su lado positivo. La participación fue alta; la elección, libre y justa. La aparente conquista de Morales de más de la mitad de los votos borró las preocupaciones preelectorales sobre otra impasse política. El resultado representa un hito para la población indígena de Bolivia, que ha sufrido la discriminación por siglos: Morales es un indio aymara. Quizá, lo mejor de todo sea que, habiendo perturbado al gobierno boliviano por más de tres años, a menudo mediante el uso de la fuerza, Morales tendrá la oportunidad de gobernar con sus eslóganes populistas y de ser juzgado por sus resultados. Mientras continúe aceptando las normas democráticas, eso podría ser beneficioso para Bolivia a largo plazo.
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A más corto plazo, es difícil ser optimista. Seguidor del venezolano Hugo Chávez y del cubano Fidel Castro, Morales, un ex pastor de llamas y campesino cocalero, es bueno para organizar bloqueos de rutas, pero corto en políticas realizables para uno de los países más pobres del hemisferio. El presidente electo promete nacionalizar el gas de Bolivia, un paso que, al menos, secaría la inversión extranjera y podría conducir a serios conflictos con las compañías europeas y brasileñas que ahora bombean los campos. Dice que luchará contra el tráfico de cocaína, pero que legalizará los cultivos de coca, lo que rápidamente podría provocar una suspensión de la ayuda multilateral y de los Estados Unidos.
En lugar del capitalismo de mercado, que dio a los bolivianos ingresos crecientes en la mayor parte de los '90, Morales parece dispuesto probablemente a volver al proteccionismo y al estatismo que una vez hizo a Bolivia notoria por su inflación de cinco dígitos y su miseria económica. No hay garantías de que el nuevo presidente no cause la «deconstruction» o el derrumbe del sistema político.Imitando a Chávez, Morales ha prometido una asamblea constituyente para reescribir la Constitución el año próximo. Chávez ha utilizado tales métodos para eliminar los controles y equilibrios democráticos en Venezuela.
Cualesquiera sean las intenciones de Morales, deberá confrontar con los gobernadores opositores recientemente elegidos en las provincias del Este, ricas en energía, quienes se oponen fuertemente a sus políticas y podrían abrazar el separatismo.
• Tropiezo
Como en Venezuela, la administración Bush ha tropezado repetidamente en Bolivia entre el intervencionismo torpe y la desconexión de esconder la cabeza en la arena. Durante demasiado tiempo, la política de los Estados Unidos estuvo dominada por programas para contrarrestar el narcotráfico y el dinero que proviene de él: Morales ha generado con eficacia una reacción contra esa estrecha aproximación. Ahora los Estados Unidos tienen pocas alternativas, excepto la de jugar en el terreno del antinorteamericanismo de Morales, mientras se espera que los vecinos de Bolivia vean la preservación de su democracia como algo de su interés. Si la democracia perdura, probablemente Morales no lo haga.
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