4 de marzo 2004 - 00:00

Los fiascos de la Casa Blanca en la ocupación de Irak

Nueva York - Como un Humvee perdido en el «triángulo sunita», Estados Unidos ha realizado innumerables giros de 180 grados en Irak desde que el 27 de febrero de 2003, hace justo un año, Paul Wolfowitz se mostró «razonablemente seguro de que el pueblo iraquí nos dará la bienvenida como libertadores».

Y el último giro concierne precisamente a la nueva máquina de propaganda norteamericana en Irak. La coalición provisional anglo-estadounidense acaba de retirar de la gestión de su red de televisión iraquí Al Iraquiya así como del diario «Al Sabah», a la empresa Science Applications Internacional Corporation (SAIC). La sustituirá Harris Corporation.

Science Applications -especialista en métodos de guerra psicológica y uno de los cinco principales clientes de la CIA con sede en San Diego- fue encargada del proyecto de contrarrestar la información antiestadounidense del canal árabe Al Jazeera, uno de siete contratos adjudicados a SAIC para la «transformación de Irak en una nación libre y democrática», según se explica en el contrato. Se acordó una remuneración de 209 dólares por hora para los directivos participantes de SAIC, cuyo ex ejecutivo Christopher Henry es ahora subsecretario del Pentágono.

Pero carente de experiencia en medios de comunicación, Science Applications lo hizo tan mal que se produjo un motín en el nuevo medio de propaganda, asegura Pratap Chatterjee, director del boletín «Corpwatch» que acaba de regresar de Irak. «Había realizado una propaganda tan torpe que el canal se convirtió en el hazmerreír de Irak», dice Chatterjee.

Es un fiasco más en la reconstrucción norteamericana de Irak. Setenta empresas estadounidenses -muchas de ellas estrechamente relacionadas con la administración de George W. Bush-se han hecho con contratos por obras ya adjudicadas por 6.000 millones de dólares, según el Center for Public Integrity. Los resultados son más que discutibles. La más famosa, Halliburton -que sigue remunerando a su ex ejecutivo, el vicepresidente Dick Cheney-se encuentra bajo investigación por el inspector general del mismísimo Pentágono acusada de cobrar precios excesivos en la venta de gasolina y de alimentos. Mientras tanto, su principal misión en Irak -reanudar las exportaciones del crudo en plazo breve-está lejos de cumplirse. La producción de petróleo no llega a dos terceras partes del nivel de antes de la guerra. Las exportaciones, mucho menos.

• Sabotajes

Con más de 2.000 millones de dólares ya ingresados en el balance de Halliburton «aún hace falta mucha más reconstrucción en el sector petrolero y el sabotaje de oleoductos sigue teniendo lugar en el Norte», dijo el ministro de Finanzas iraquí, Kamil Al Gailani.

Para
Henry Waxman, congresista demócrata , Halliburton tiene lo que los economistas llaman un «problema de incentivos». Todo indica que se beneficia de su propio fracaso.

Porque su contrato incluye, aparte de restablecer la industria iraquí, «comprar, importar y entregar» combustible desde Kuwait, y en ese papel de intermediario cobró precios dos veces superiores a la competencia. Lo que rindió beneficios « extraordinarios» de 60 millones de dólares.

Bechtel, por su parte, recibió en abril de 2003 el megacontrato de la reconstrucción: reparar y modernizar infraestructura desde sistemas de agua, electricidad y desagües hasta la reparación de colegios. Pero hasta la fecha la multinacional californiana -cliente fiel del Pentágono desde hace 40 añosavanzó a ritmo de caracol. La modernización de centrales eléctricas se vio obstaculizada por la ausencia de las empresas extranjeras que construyeron la infraestructura de
Saddam.

En Bassora, dice Chatterjee, las centrales eléctricas son de fabricación rusa, alemana y francesa, todos enemigos en la guerra de «liberación» de Wolfowitz y denegados hasta la fecha en el acceso a las obras de reconstrucción. En Bassora, añade, hay apagones todos los días.

Ni tan siquiera la reconstrucción de la infraestructura escolar se escapa de la letanía de fracasos. En el colegio Al Harthia, en la Bagdad supuestamente modernizada por Bechtel, había goteras del techo que provocaban cortes de luz, se cae la pintura y el suelo no está terminado, comprobó Chatterjee en diciembre. Según la directora del colegio, el subcontratado iraquí de Bechtel cobró 20.000 dólares por la obra.
«La gente habla de conspiración; yo creo que se trata de incompetencia, escasa planificación y avaricia», dice Chatterjee.

Halliburton y Bechtel son los casos más comentados, pero hay muchos más. Un ejército de pequeños consultores -todos exquisitamente relacionados con Washington-ha aportado sus perlas de sabiduría a la caótica reconstrucción. Sullivan Haave Associates, por ejemplo, propiedad de la familia de
Carol Haave, subsecretaria de Defensa, fue subcontratada por Science Applications para asesorar sobre los nuevos ministerios iraquíes. A MZM -una pequeña empresa de Florida, cuyos directivos son todos ex militares-se le ha adjudicado un contrato por 1,2 millón de dólares por enviar a un grupo de intérpretes a Irak y «apoyar operaciones psicológicas».

Quizás la más pintoresca es Native American Indian Distributors, una consultora militar fundada por el indígena norteamericano
John Meyer, veterano de Vietnam y presidente nacional de los Estadounidenses Nativos, que asesorará la selección de personal en Irak.

La inseguridad es fuente de negocios también para empresas de personal militar privado como Vinnell Corporation o Dyncorp, viejos aliados del Pentágono desde los días de Vietnam. Vinnell es responsable de formar al nuevo ejército de Irak. Dyncorp entrena a la policía. Y a ambas la tarea les está resultando muy complicada. El 50% de los reclutas de Vinnell se dieron de baja después del primer mes tras una serie de atentados. Los sueldos de 60 dólares por mes no compensaban el peligro.

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