Los programas de los principales candidatos a la presidencia de Francia basculan entre la meritocracia de Nicolas Sarkozy y el enfoque zapaterista de Ségolène Royal. Son la respectiva expresión liberal y social de un modelo francés que François Bayrou quiere devolver a sus verdaderas raíces -la familia, el campo, el domingo- y que Jean-Marie Le Pen desea convertir en patriótico fortín inexpugnable.
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Nicolas Sarkozy: el líder de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) propone un programa reformista para acabar con la esclerosis del Estado y beneficiar la sociedad del mérito. El candidato conservador insiste en la validez de los grandes valores republicanos gaullistas, aunque su modelo tiene una inspiración liberal y supera el antagonismo de Francia contra EE.UU. Tanto en el ámbito diplomático como en el económico, puesto que el ex ministro del Interior quiere abaratar el costo del trabajo, disminuir los impuestos y aminorar el paternalismo estatal.
La Francia de Sarkozy es la de los derechos y la de los deberes. Empezando por el reconocimiento económico de las horas extras -quiere incrementar su precio 25%- y terminando por un compromiso identitario que concierne particularmente a los musulmanes asimilados y a los inmigrantes. Sólo podrán legalizarse quienes tengan un contrato de trabajo, quienes acudan a estudiar y quienes se atengan a unas normas de reagrupación familiar que serán extraordinariamente severas.
Sarkozy defiende la extranjería a la carta desde la creación de una nueva cartera, el Ministerio de la Inmigración y de la Identidad Nacional, que obliga a la aceptación incondicional de la cultura y de los valores nacionales. Ha sido uno de los argumentos más polémicos de su programa. Y no el único, puesto que sus rivales le reprochan haber rebajado a 16 años la mayoría de edad penal para los delincuentes que reincidan.
Promesas
Sarkozy garantiza paridad de hombres y de mujeres en el gobierno, promete grandes esfuerzos contra la discriminación femenina y se ha propuesto reconocer los derechos civiles de los homosexuales, pero oponiéndose a que se casen o tengan derecho a la adopción. Finalmente, en el plano comunitario Sarkozy reivindica la creación de un minitratado constitucional que agilice el camino colectivo de Europa y se opone a la entrada de Turquía en la UE.
Ségolène Royal: la candidata socialista enfatiza en su programa el acento social. De hecho, ha prometido que su primera iniciativa consistirá en la creación de una ley de violencia de género, a imagen y semejanza de la normativa española. La sintonía transpirenaica ha adquirido forma en la reivindicación de los matrimonios homosexuales y en el derecho de éstos a la adopción, aunque el verdadero modelo de madame Royal se ubica en los países escandinavos. Dice Ségolène que reúnen un equilibrio entre protección social e iniciativa individual. Conceptualmente, la aspirante socialista se ha hecho famosa por la definición de la democracia participativa y por llevar a la izquierda la bandera nacional y la Marsellesa. Institucionalmente, en cambio, Royal señala que Francia necesita la catarsis de una nueva República, la sexta, para aplicar reformas de calado que garanticen la separación de poderes y un sistema electoral abierto a las cuotas proporcionales.
Las promesas contantes y sonantes contemplan la subida del salario mínimo a 1.500 euros, cuestionan la vigencia dogmática de las 35 horas, aluden a un plan de vivienda de protección nacional y aspiran a la creación de 500.000 puestos de trabajo. Es un socialismo que desafina con el gravísimo problema de la deuda francesa, aunque Royal promete devolver un país saneado, sensible a las cuestiones ecológicas y pendiente de un modelo de inmigración que se desglosará caso por caso.
François Bayrou: el líder de la Unión por la Democracia Francesa (UDF) quiere que Francia sea Francia. Una manera de criticar la visión atlantista de Sarkozy y de cuestionar la obsesión escandinava de Royal. ¿Cómo conseguirlo?
El candidato centrista considera necesario un proceso de purificación institucional. Dice que el país tiene un grave déficit democrático, que ha medrado el amiguismo y que la vieja lucha entre socialistas y conservadores ha deteriorado la competitividad de Francia y su propia identidad nacional.
Soluciones
Hecho el diagnóstico, Bayrou no habla de recetas mágicas, sino de soluciones pequeñas. Por ejemplo, la que consiste en liberar de cargas sociales la contratación de trabajadores. Es una manera de posicionarse con la pequeña y la mediana empresa. También un modo de hacerse escuchar entre la población predominante, puesto que el líder de la UDF condena el liberalismo depredador y defiende que el domingo sea día de descanso.
Jean Marie Le Pen: el patriarca de la extrema derecha ha moderado en cierto modo su excentricidad verbal. No le gusta el euro, pero acepta que es imposible volver al franco. Detesta la Unión Europea, pero reconoce que puede concebirse un proyecto común siempre y cuando los Estados tengan un lugar central y puedan cerrar sus fronteras.
El líder del Frente Nacional se atribuye méritos proféticos al haber anunciado el problema de la extranjería y el conflicto de la seguridad. En consecuencia, sostiene que el único camino posible es el de la inmigración cero.
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