Pese a todo, siguen las arengas fanáticas en mezquitas de Londres
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Esta batalla por la civilización se libra ahí, en la franja de la adolescencia y la juventud. Los datos del crecimiento de la islamofobia en el Reino Unido son contundentes -43% de los británicos no musulmanes admite ser notablemente más antiislámicos desde el 11-S- y especialmente preocupantes de cara al futuro: la islamofobia es más fuerte entre los jóvenes. Y a la inversa: Francia detuvo hace unos meses a un puñado de jóvenes de origen magrebí reclutados para ingresar en la resistencia iraquí: el menor tenía 14 años, y el mayor apenas llegaba a los 22. Un inquietante horizonte.
Todos los silencios, todas las recriminaciones y todas las conspiraciones se encontraron en el Centro Islámico de Londres. Silencios porque los cientos de adolescentes convocados no escucharon ninguna condena clara y abierta a los atentados. Recriminaciones porque los musulmanes se sienten acosados: «¿Por qué siempre se nos culpa de todo? Todavía no se sabe quién ha sido y, como siempre, ya somos nosotros los culpables», se lamenta Raihan, uno de los participantes, comentando que su hermana conocía a Shahara Akther Islam, la joven musulmana desaparecida en los atentados. Y conspiraciones porque no eran pocos -como Hussein, que trabaja muy cerca de donde estalló el autobús- los totalmente convencidos de que los atentados fueron organizados por el propio poder británico para justificar la guerra de Irak y otras.
Así, mientras en el metro de Londres se seguían buscando cadáveres, la Organización de Jóvenes Musulmanes de Gran Bretaña mostró a sus adolescentes cuáles son los antihéroes -Beckham y compañía- a los que no deben seguir, y entre esos antihéroes no está Osama bin Laden.



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