6 de abril 2005 - 00:00

Por qué sería imposible un pontífice de EEUU

Roma - Las quinielas de vaticanistas y de profanos excluyen la posibilidad de un papa norteamericano. Pueden equivocarse, como tantas veces ha sucedido, pero en este caso los recelos hacia un compatriota de George W. Bush están bastante justificados.

Hay una razón de fondo esencial: el equilibrio de poderes. La figura del Papa tiene connotaciones espirituales, pero el ejemplo caliente de Karol Wojtyla demuestra la temporalidad y la dimensión política de un pontífice. ¿Cómo, de otro modo, explicar la caída del Muro de Berlín y el proceso democrático de los países del Este?

La pregunta viene a cuento porque la hipótesis de un papa estadounidense estaría demasiado expuesta a la influencia del país más importante de la Tierra. Sería inevitable una relación privilegiada entre el presidente de Estados Unidos y el Santo Padre, aunque sólo fuera por razones de vecindad, de bandera y de cultura. El condicionamiento, además, podría convertirse en un problema incómodo para el sucesor de Karol Wojtyla, toda vez que cualquier decisión suscitaría la sospecha de la connivencia con Washington. Existiera realmente o no existiese de ningún modo.

• Naturaleza

Juan Pablo III, si fuera el nombre que eligiera el nuevo pontífice, nunca parecería un papa universal. Sería el papa de los estadounidenses. Podrá objetarse que Wojtyla era el Pontífice polaco, pero ninguna de sus decisiones se ha interpretado -cómo iban a hacerlobajo la conveniencia política del Estado donde había nacido.

La naturaleza de un papado no está en el poder, sino en el contrapoder y en el contrapeso a los organismos de influencia internacionales. Precisamente por eso todas las candidaturas en juego provienen de los países periféricos. Empezando por la lista de los favoritos latinoamericanos -Rodríguez Madariaga, Bergoglio, Hummes- y terminando por el ejército de los cardenales italianos, dispuestos a recuperar la romanidad del trono de Pedro después del convulso entreacto polaco.

Impensable imaginar un papa norteamericano, a pesar de que Estados Unidos constituye la segunda fuerza cardenalicia del cónclave. Once eminencias van a sentarse en la Capilla Sixtina, perfectamente conscientes de que todavía no han llegado los tiempos para asistir al nombramiento de un papa yanqui.

• Sensación general

Lo dijo apenas aterrizó en Roma el arzobispo de Chicago, Francis Eugene George: « Veremos lo que piensa el Espíritu Santo. Mi impresión personal es que va a ser muy difícil. Todavía no se dan las circunstancias objetivas». En efecto, el poder de Estados Unidos no llega al extremo de permitirse un candidato sólido. Peor aún: el escándalo de la pederastía que todavía sacude a Norteamérica deja todavía más fuera de juego las posibilidades de los purpurados del Tío Sam. De hecho, uno de ellos, el cardenal Bernard Francis Law, que también ocupará una plaza de honor en el cónclave, fue defenestrado por Juan Pablo II al frente del Arzobispado de Boston. Una medida disciplinaria que adoptó Karol Wojtyla para demostrar que desde Roma se contemplaban con decepción los escándalos de abusos a menores que provenían de las parroquias y que fueron contagiándose en muchos otros estados.

El propio arzobispo de Washington, monseñor
Theodore McCarrick, un tipo carismático y de considerable formación intelectual, reconocía que la importancia cuantitativa de Estados Unidos en la Capilla Sixtina es inversamente proporcional a las posibilidades: «Venimos tranquilos, conscientes de que esta elección no va a dar la sorpresa de un papa norteamericano. Quizás en futuras ocasiones».

Puede haberlas en un plazo razonablementeinmediato, precisamente porque la sensación general de los cardenales coincide en apuntar hacia un papado de transición.

Mucho más breve que el liderado por Juan Pablo II, más pendiente de las tareas de gobierno y menos carismático. «Creo que existe consenso en la idea de la continuidad. Sea quien sea el elegido, hay que seguir los pasos de Juan Pablo II», añadía Theodore McCarrick en alusión al perfil del futuro cónclave.

El problema es que la opinión pública norteamericana discrepa de muchos principios vigentes en la doctrina de la Iglesia.

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