3 de febrero 2005 - 00:00

"Se reunirán en la Sixtina cuando llegue mi muerte"

Pese a que el estado de salud de Juan Pablo II parece no ser muy grave, ayer se reactivaron las especulaciones sobre la sucesión papal. Reproducimos aquí partes de un agudoperfil que escribió Marco Politi, el vaticanista del diario romano «La Repubblica», sobre el cardenal Joseph Ratzinger, un firme candidato cuando se reúna el Colegio Sacro.

Juan Pablo II
Juan Pablo II
Roma - Al otro lado del Tíber, en los palacios apostólicos, al abrigo de las murallas leoninas, soplan aires de bonanza. No se cambia, no se proyecta, no se propone. Cada vez que se abre la ventana del estudio del Papa, la multitud reunida en la Plaza de San Pedro asiste al espectáculo desgarrador de un hombre que busca, luchando, aliento para las palabras.

Hay desorientación en el gran cuerpo de la Iglesia universal. Incertidumbre sobre el futuro, inquietud por el inmenso vacío que habrá que llenar. El, el papa Wojtyla, ya develó el misterio. «Algún día», escribió en su poema Tríptico romano, «volverá a reunirse en la Sixtina la estirpe a la que se ha confiado la custodia del legado de las llaves... cuando se presente la necesidad, después de mi muerte».

Joseph Ratzinger
, el purpurado de 77 años que preside el colegio cardenalicio, nos confió con emoción cómo era el ambiente del cónclave de 1978, del que surgió el nombre del pontífice polaco: «En las horas de la gran decisión estábamos expuestos a las imágenes de Miguel Angel, que insinuaban en nuestro alma la grandeza de la responsabilidad».

Ahora es él, susurra la vox pópuli de la otra orilla del Tíber, el que está en liza por el trono más antiguo del mundo. De pequeño, se imaginaba el futuro como pintor de brocha gorda. En cambio, luego apareció la vocación sacerdotal, se convirtió en teólogo conciliar en las filas de los reformistas más rebeldes, pero inmediatamente después dio un giro hacia los alarmistas refrenados y fue nombrado por Pablo VI arzobispo de Munich, hasta que con Karol Wojtyla llegó a la cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el ex Santo Oficio.

• Poderío

Año del Señor de 1981: desde entonces permaneció siempre al timón, velando por la «doctrina de la fe», inspeccionando y condenando, repartiendo vetos e instrucciones. Brazo derecho de total confianza de Juan Pablo II.

Ratzinger procesó a la flor y nata de los teólogos críticos y combatió la teología de la liberación, dijo no al sacerdocio femenino, condenó irrevocablemente la homosexualidad, negó el carácter pleno de Iglesia a las confesiones protestantes, prohibió la comunión a los divorciados que se volvieron a casar y rechazó un papel activo de los laicos en la guía de la comunidad de fieles
.

Y, sin embargo, rechaza la imagen hosca. «Yo no soy el Gran Inquisidor y tampoco me siento una Casandra cuando examino los factores negativos en la Iglesia», gusta decir de sí mismo.

«Sí, ahora está en la lista de papables»,
confirman algunos prelados notoriamente prudentes, mientras que hace pocos años era impensable, al ser el símbolo de una polarización excesivamente conservadora.

Ratzinger, en el trono de Pedro. Es una perspectiva que fascina y asusta, según la ideología de cada prelado
. Sería el primer pontífice alemán desde la Edad Media, un Papa llegado del corazón de la historia europea. Poco indulgente con el unilateralismo estadounidense y no por pacifismo a ultranza: «Para impedir que la fuerza del derecho se transforme en arbitrariedad, ésta debe someterse a criterios rígidos, reconocidos por todos», recordó en el aniversario de la Segunda Guerra Mundial. Partidario de una economía social de mercado de ámbito mundial: «La caída del comunismo no ha confirmado la bondad del capitalismo en todas sus formas». Feliz por la Brecha de Porta Pia (el 20 de setiembre de 1847, las tropas italianas abrieron una brecha en las murallas de Roma y consiguieron tomar la ciudad y terminar con el poder de los papas): «El Estado pontificio, desde luego, comportó muchas mezclas insanas... Gracias a Dios, cayó en 1870».

• Cardenal de hierro


Pero también inflexible en su defensa de la idea de una verdad única ostentada por la Iglesia Católica y la concepción de Jesucristo como « Salvador único». Sobre este asunto sigue siendo un cardenal de hierro: «Una especie de anarquismo moral e intelectual», gusta de repetir, «lleva a no aceptar una verdad única». Y eso no puede ser.

Si se le pregunta cuál es su deseo, la respuesta es retirarse pronto en Frascati, debido también a su frágil salud. Si se le pregunta qué tipo de Papa se imagina, responde: «Un hombre de fe y que ame a Dios y, por tanto, a los hombres».

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