Su otra cara: alcohol y papelones
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Se recuerda todavía cuando un extrovertido Boris Yeltsin se
presentó en Rostov con un conocido grupo ruso de rock en
medio de la campaña de 1996 (arriba). Un año antes, una
respuesta incoherente durante una conferencia de prensa
provocó una irrefrenable carcajada a Bill Clinton (abajo).
«Créame, su dependencia del alcohol sólo es un secreto para usted», escribió en una ocasión Egor Iakovlev, redactor jefe del semanario «Obchchaia Gazeta».
En marzo de 1996, tres meses antes de las elecciones presidenciales, un Yeltsin jovial rompió el protocolo en Noruega al tomar del brazo a dos de sus anfitriones, nada menos que la reina Sonia y la primera ministra, Gro Harlem Brundtland. Vestida de color burdeos la soberana y de blanco el mandatario, Yeltsin exclamó tomado de su brazo: «¡Frambuesas y crema!».
A medida que su salud empeoró, sus meteduras de pata afectaron más a sus funciones presidenciales, al punto que hasta llegó a pellizcar la espalda a a una asistente delante de la cámaras de TV. En mayo de 1997, en París, durante la firma de la carta fundadora de la cooperación mutua entre Rusia y la OTAN, anunció de forma inesperada e improvisada que Rusia iba a quitar las cabezas nucleares de todos sus misiles que apuntaban sobre los países de la Alianza Atlántica. Los altos responsables rusos palidecieron. El entonces canciller, Evgueni Primakov, se apresuró a dar marcha atrás.
Y en setiembre de ese año, junto al ex presidente estadounidense Bill Clinton, terminó una respuesta incongruente durante una conferencia de prensa diciendo «punto final». La risa del norteamericano quedó en la historia.
Los cada vez más frecuentes errores pusieron en entredicho su capacidad para gobernar. «Lo único que logra manejar son las visitas a las tiendas», llegó a escribir el diario «Kommersant» en el último año de su mandato.




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