13 de febrero 2003 - 00:00

Tony Blair es el "tonto útil" de George W. Bush

Tony Blair ya no se molesta en salvar las apariencias y, de hecho, el primer ministro británico ha pasado claramente del papel de moderador al de instigador de la guerra. Desde la redacción de la Resolución 1.441, sus conciliábulos transatlánticos apenas incidieron en la tendencia belicista de la administración estadounidense.

Lo que condujo a George W. Bush a plegarse, provisionalmente, a una solución multilateral fue ante todo la actitud de relativa firmeza de Francia y el poco apetito del pueblo americano por un ataque unilateral.

Lejos de moderar el ardor belicista de Bush, lo único que hace Blair es subrayar la retórica guerrera del presidente norteamericano. Tras la tragedia de las Torres Gemelas, dijo: «No extenderemos la guerra contra el terrorismo a Irak, a no ser que tengamos pruebas incontestables de la participación de Irak en el ataque del 11 de setiembre». Una frase de la que ha renegado por completo. De hecho, recientemente anunció que Gran Bretaña seguiría a EE.UU. en la guerra en cualquier eventualidad, inclusive en el hipotético caso de que no obtuviese el respaldo de la ONU.

• Apodo

Blair fue también el inspirador de una carta de ocho jefes de gobierno europeos, cuya tonalidad ultraamericanista dejó perpleja a toda Europa. Además del hecho de haberse ganado a pulso el mote de caniche de Bush, el premier británico tiene que hacer frente a una fuerte oposición en el seno del grupo parlamentario socialista, a tensiones en el seno de su propio gobierno, a la oposición unánime de los sindicatos (que reclaman que el dinero público sirva para financiar unos servicios públicos cada vez más debilitados y no una nueva Guerra del Golfo) y a una amplia mayoría de los militantes laboristas. Inclusive algunos pesos pesados del muy americanista Partido Conservador criticaron este seguidismo que consideran excesivo. Y es que los británicos se oponen mayoritariamente a la guerra si no cuenta con el aval de una nueva resolución de la ONU.

• Seguidismo

¿Por qué, en estas condiciones, persiste Tony Blair en su postura? Se ha hablado mucho de la «relación especial» que mantienen EE.UU. y Gran Bretaña, que, a decir de algunos, constituiría la clave del seguidismo de Blair respecto de las posiciones de Bush. A cambio de su apoyo, Blair podría conseguir la ayuda de EE.UU. e incluso defender con éxito los intereses europeos en la Casa Blanca, sostienen los partidarios de esta hipótesis. Los hechos la desmienten radicalmente.

En el plano histórico, nunca el seguidismo británico de las posiciones americanas fue tan patente como con Blair.

Harold Wilson
, el primer ministro laborista, no dudó en oponerse a EE.UU. durante la guerra de Vietnam, cuando ésta se tornó tan impopular en Gran Bretaña.

El seguidismo exacerbado de Blair se explica en gran parte por su visión del mundo. Está ya muy claro hoy que nunca creyó en el socialismo, que no cree en la socialdemocracia, que es un social-liberal (de tendencia marginalmente social y esencialmente liberal) que utiliza como paraguas la cuestión social.

Lo que no se sabe tanto es el papel que juega la religión en este ferviente cristiano, asiduo practicante y exégeta de los evangelios en sus horas perdidas.
Neil Kinnock, ex líder del Partido Laborista, lo calificó un día de «Jesucristo». «El pecado en el plano teológico es la alienación de Dios. En el lenguaje corriente es el reconocimiento de que existen el Bien y el Mal. Y ésta es una cuestión que se va a volver cada vez más importante en política», predecía Blair poco antes de convertirse en primer ministro. En las horas siguientes al 11 de setiembre, Blair puso en práctica esta filosofía, retomando e, incluso, precediendo, las palabras del presidente americano sobre las «fuerzas del Mal». Mientras el intervencionismo idealista (o «evangélico») de Blair rompe con la tradición del intervencionismo defensivo, en cambio, el intervencionismo de Blair se apoya a fondo en las categorías del Bien y del Mal, en la convicción de que puede hacerse el Bien, de que el mundo podría ser más pacífico después de una intervención militar dirigida por países estables, ricos y democráticos.

Recientemente, un diputado laborista le preguntaba en el Parlamento dónde se iba a detener su celoso intervencionismo y si después de Irak había que atacar a Corea del Norte o si iba a enviar tropas a Pakistán o atacar a todos los países que tienen armas químicas. Blair respondió que no excluía a país alguno y que se detendría cuando tuviese la certeza de que su país no corría riesgo alguno.

En boca de Lenin, la expresión tonto útil se refería a los intelectuales de izquierda occidentales cuya defensa entusiasta del régimen soviético prestaba un servicio inestimable a la causa de la Revolución de Octubre. En un contexto diferente, es obvio ver en Blair al tonto útil de Bush. Para la mayoría de la opinión pública mundial, la iniciativa americana parece responder a la consecución de intereses nacionales o personales. Afirmar que el posicionamiento de Blair sólo se explicaría en términos morales sería algo excesivo y erróneo. Sin embargo, esta clave explicativa permite entender esta cabezonería que parece conducirlo cada vez más al suicidio político. Bush encontró en Blair a su tonto útil.

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