Tony Blair es el "tonto útil" de George W. Bush
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¿Por qué, en estas condiciones, persiste Tony Blair en su postura? Se ha hablado mucho de la «relación especial» que mantienen EE.UU. y Gran Bretaña, que, a decir de algunos, constituiría la clave del seguidismo de Blair respecto de las posiciones de Bush. A cambio de su apoyo, Blair podría conseguir la ayuda de EE.UU. e incluso defender con éxito los intereses europeos en la Casa Blanca, sostienen los partidarios de esta hipótesis. Los hechos la desmienten radicalmente.
En el plano histórico, nunca el seguidismo británico de las posiciones americanas fue tan patente como con Blair.
Harold Wilson, el primer ministro laborista, no dudó en oponerse a EE.UU. durante la guerra de Vietnam, cuando ésta se tornó tan impopular en Gran Bretaña.
El seguidismo exacerbado de Blair se explica en gran parte por su visión del mundo. Está ya muy claro hoy que nunca creyó en el socialismo, que no cree en la socialdemocracia, que es un social-liberal (de tendencia marginalmente social y esencialmente liberal) que utiliza como paraguas la cuestión social.
Lo que no se sabe tanto es el papel que juega la religión en este ferviente cristiano, asiduo practicante y exégeta de los evangelios en sus horas perdidas. Neil Kinnock, ex líder del Partido Laborista, lo calificó un día de «Jesucristo». «El pecado en el plano teológico es la alienación de Dios. En el lenguaje corriente es el reconocimiento de que existen el Bien y el Mal. Y ésta es una cuestión que se va a volver cada vez más importante en política», predecía Blair poco antes de convertirse en primer ministro. En las horas siguientes al 11 de setiembre, Blair puso en práctica esta filosofía, retomando e, incluso, precediendo, las palabras del presidente americano sobre las «fuerzas del Mal». Mientras el intervencionismo idealista (o «evangélico») de Blair rompe con la tradición del intervencionismo defensivo, en cambio, el intervencionismo de Blair se apoya a fondo en las categorías del Bien y del Mal, en la convicción de que puede hacerse el Bien, de que el mundo podría ser más pacífico después de una intervención militar dirigida por países estables, ricos y democráticos.
Recientemente, un diputado laborista le preguntaba en el Parlamento dónde se iba a detener su celoso intervencionismo y si después de Irak había que atacar a Corea del Norte o si iba a enviar tropas a Pakistán o atacar a todos los países que tienen armas químicas. Blair respondió que no excluía a país alguno y que se detendría cuando tuviese la certeza de que su país no corría riesgo alguno.
En boca de Lenin, la expresión tonto útil se refería a los intelectuales de izquierda occidentales cuya defensa entusiasta del régimen soviético prestaba un servicio inestimable a la causa de la Revolución de Octubre. En un contexto diferente, es obvio ver en Blair al tonto útil de Bush. Para la mayoría de la opinión pública mundial, la iniciativa americana parece responder a la consecución de intereses nacionales o personales. Afirmar que el posicionamiento de Blair sólo se explicaría en términos morales sería algo excesivo y erróneo. Sin embargo, esta clave explicativa permite entender esta cabezonería que parece conducirlo cada vez más al suicidio político. Bush encontró en Blair a su tonto útil.




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