En el reino saudita, la guerra de Irak exacerbó los sentimientos antinorteamericanos, además de incrementar la determinación de los militantes islamistas de demostrar dichos sentimientos en forma de acciones violentas propias de la Yihad.
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Por la naturaleza de los mensajes que implica, el ataque del lunes difícilmente podría haberse realizado con mayor oportunidad. El primero de dichos mensajes intenta mostrar que, a pesar de toda esa «guerra contra el terror» que lidera Estados Unidos, tanto la organización terrorista Al-Qaeda como aquella gente que sigue sus órdenes o se inspira en sus consignas no han per-dido ninguna capacidad para atentar.
Por otra parte, el mensaje dirigido a la casa real saudi-ta consiste en refirmar que el suyo es un régimen irremediablemente apóstata que ya no puede hacer nada para salvarse a sí mismo. Está claro que el acuerdo alcanzado para la retirada de las tropas norteamericanas no impresionó a sus militantes, los cuales, en cualquier caso, están inmersos en una lucha que va mucho más allá de la Península Arábiga. Y ello se debe a que se trata de una guerra en parte cultural y religiosa. Tal como ellos lo ven, la guerra contra el terror de los estadounidenses no es otra cosa que una guerra contra el propio Islam, algo que ahora se pone de manifiesto en Arabia Saudita por las presiones que se están ejerciendo sobre las autoridades para que reformen el sistema de enseñanza en los colegios religiosos y, de esa forma, atajar la cultura de extremismo y violencia que, supuestamente, éstos han estado alimentando. Pero mucho más importante para la gran mayoría de los árabes y de los musulmanes es que la lucha también es de carácter político, con la invasión anglonorte-americana y la ocupación de Irak, añadida ahora a la de Palestina, como su segunda gran fuente de motivación. Desde el punto de vista de los militantes sauditas, ha llegado ya la hora -con el caso de Irak-de proceder a una renovación de la Yihad, al estilo afgano, que la realeza saudi-ta debería liderar.
• Descontento
Esto, por no mencionar el hecho -vergonzoso para muchos sauditas y no sólo para los militantes-de que, aunque oficialmente opuesto a la guerra en Irak, el gobierno saudi-ta ha garantizado clandestinamente a los invasores norteamericanos el uso de algunas instalaciones militares clave.
Pero el terror también va dirigido contra el régimen saudita, aunque de una forma más general, por el profundo descontento que provocan las condiciones sociales y económicas que padecen: hablamos de un país enormemente rico, que actualmente tiene una gigantesca deuda externa, con decenas de miles de licenciados incapaces de encontrar trabajo en un mercado laboral dominado por trabajadores procedentes del extranjero, una creciente pobreza que contrasta con el lujo de los príncipes y una falta de instituciones modernas y representativas en las que puedan mostrar y desahogar su descontento. Los islamistas moderados y los modernistas seculares están ahora más de acuerdo que nunca en que lo que Arabia Saudita necesita es una reforma política, económica y social de largo alcance.
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