22 de abril 2004 - 00:00

Zapatero se precipita hoy en Irak para no tener que huir después

Madrid - Amanecer en esta ciudad en estos días es todo un estremecimiento político que agita los ánimos generando discusiones y debates en cada esquina, y acalorados intercambios de ideas en los bares de tapas, en la prensa, las radios y todos los medios de comunicación social.

El nuevo jefe de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, intenta demostrar, desde los primeros actos cumplidos a partir de su reciente asunción, que tiene un poder propio que va más allá del que pueda haberle otorgado el partido político que lo colocó en el poder; y comienza a tomar decisiones en forma precipitada y sorpresiva -escudado en el argumento de que las mismas no podrían haberse discutido antes públicamente en razón de constituir cuestiones «de seguridad y de Estado»- y a efectuar una lectura sumamente subjetiva de la realidad.

Su imagen -piensa él-debe ser lo más parecida a lo que la gente pretende y, preferentemente, todo lo distante posible de la imagen que reflejaba quien lo precedió en el cargo: José María Aznar. Así, en las primeras horas de su mandato, dejó en estado de shock al Congreso -en especial, a los representantes de su propia divisa política- y a la población al anunciar, a través de su ministro de Defensa, el inmediato retiro de las tropas españolas de Irak.

• Eje de campaña

Tal estado de shock y la complejidad del tema no residen en que se ignorara cuáles eran el pensamiento y la convicción de Rodríguez Zapatero respecto de este conflicto bélico, ya que su oposición a la participación de España en la guerra de Irak y el retiro de las tropas fueron uno de los ejes básicos de su campaña electoral.

Lo que ocurre es que dicha decisión estaba originalmente subordinada a dos condiciones precedentes: I) que la ONU u otro organismo internacional no se hiciera cargo de la situación en Irak antes del 30 de junio próximo, y II) el correspondiente aval legislativo previo informe al Congreso. Cuáles fueron las verdaderas razones que llevaron al nuevo jefe del Gobierno español a adelantar la decisión no están claras y quizá sea algo que conozca solamente su «mesa chica»; lo que sí pudo saberse es que la decisión de hacerlo de esta manera ya estaba tomada desde hace tiempo y que había sido ocultada a las autoridades del partido.

A pesar de ello, pueden vislumbrarse en el pensamiento de Zapatero dos consideraciones básicas:
I) la necesidad de avanzar rápida y sorpresivamente en el tema sobre la base de la doctrina del «hecho consumado» y así evitar presiones internacionales -especialmente, de EE.UU. y Gran Bretaña- en los próximos setenta días tendientes a disuadirlo o condicionarlo y II) obtener una tregua temporal frente a las amenazas del terrorismo internacional, luego del atentado del 11 de marzo, mientras transita su período de adaptación en las nuevas funciones de gobierno y estructura refuerzos en el sistema de Seguridad Interior. A ellas podría agregarse una tercera razón, que es la de intentar «despegarse» tempranamente del complicado giro desfavorable que está tomando para las fuerzas aliadas la situación en el escenario bélico, que impediría un posterior retiro de las tropas españolas de la escena del combate sin pagar el alto precio de que se la caracterizara como una «huida», en el mejor de los casos.

Si ello es efectivamente así, los tres objetivos han sido -en principio- curiosamente, y por el momento, logrados. En efecto; las críticas recibidas de EE.UU. y Gran Bretaña han sido duras, pero no contienen elementos tendientes a que se revierta la decisión tomada, sino sólo a negociar las condiciones progresivas del retiro y el grado de protección que recibirán los efectivos durante ese tiempo.

El líder chiita Moqtada al Sadr, por su parte, ha ordenado a sus seguidores no atacar a las tropas españolas por tres meses, y algunos ven en ello también una señal encubierta de que España tampoco recibirá, en ese tiempo, ataques del terrorismo internacional en su propio territorio.

Finalmente, también es claro que I) los últimos acontecimientos ocurridos en Irak, II) el salto al cerco informativo impuesto por la administración Bush por parte de ciertos medios de comunicación exponiendo públicamente las imágenes de los ataúdes de soldados estadounidenses caídos en combate, III) el resurgimiento en la prensa norteamericana de la pretensión de denominar a la guerra de Irak «el nuevo Vietnam», y IV) la confirmación de la noticia de que la red terrorista Al-Qaeda planeaba volar el sábado el estadio inglés de fútbol en el cual sostendrían su «test match» el Liverpool y el Manchester United con el objeto de perpetrar una
«masacre televisada mundialmente» y que pudo ser -felizmente-neutralizado, han bajado los decibeles de las primeras críticas al jefe del gobierno español.

Sin embargo, por debajo de estas sensaciones de victoria rápida y éxito ligero puede esconderse una historia trágica y de consecuencias absolutamente perjudiciales. No vaya a ser que la comunidad internacional pueda llegar a inferir -erróneamente- que la mejor manera de combatir el terrorismo internacional es pactar con él -directa o indirectamente- realizando lo que ellos pretenden o exigen, aunque se invoquen, para ello, razones diferentes o -lo que es peor- que el terrorismo internacional llegue al convencimiento de que digitando elecciones en diversos países, bajo la política del miedo, podrá obtener de los gobiernos democráticos una suerte de retribución por haber generado el vuelco electoral, sobre la base de un pacto mutuo de no agresión convirtiendo el caso de España como el primer ensayo de laboratorio.

Tal pensamiento sería desastroso para el mundo entero y, además, absolutamente falaz, independientemente de lo que cada uno pueda pensar respecto de la guerra de Irak. Como premio adicional a los primeros días de gestión de Zapatero, el Tribunal Constitucional español también rechazó el recurso de inconstitucionalidad que había presentado en su momento el anterior partido del gobierno respecto del plan Ibarrexte que propende a la separación del País Vasco y la concertación de un tratado de libre asociación con España. Si bien los fundamentos dados por el tribunal son meramente procesales y no zanjan el fondo jurídico de la cuestión, constituyen un revés muy fuerte para el partido hoy opositor (PP) y el anterior gobierno de Aznar.

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