La incorporación acelerada de herramientas de inteligencia artificial generativa en las empresas está produciendo un efecto paradójico: al mismo tiempo que permite aumentar la productividad, automatizar tareas y facilitar el trabajo de los empleados, también está creando nuevos puntos de entrada para los ciberdelincuentes.
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Ciberseguridad: aumenta el riesgo de ataques a empresas por el uso indiscriminado de inteligencia artificial
Ya no se trata únicamente de proteger los sistemas, sino de entender qué hacen las personas y las máquinas con la información una vez que tienen acceso a ella. Cuáles son las nuevas amenazas y las herramientas para combatirlas.
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La nueva estrategia de ciberseguridad en las empresas requiere visibilidad, gobernanza y monitoreo permanente.
El fenómeno ya no se limita a los ataques tradicionales contra sistemas informáticos. La propia utilización de la IA por parte de los trabajadores, muchas veces sin autorización ni supervisión, se convirtió en una nueva fuente de exposición para las organizaciones.
Una investigación de WatchGuard Technologies muestra la dimensión que está alcanzando este problema entre las pequeñas y medianas empresas. El 64% de los empleados reconoce utilizar herramientas de IA no autorizadas para trabajar, una práctica que alimenta el fenómeno conocido como shadow AI o IA "en la sombra".
Se trata de aplicaciones que ingresan al entorno corporativo por decisión de los usuarios, sin que los responsables de tecnología o seguridad tengan necesariamente conocimiento de su existencia o puedan controlar qué información reciben.
La magnitud del problema se explica también por la falta de visibilidad sobre el software utilizado dentro de las compañías. Menos del 30% de los encuestados considera que su organización mantiene un relevamiento preciso de las aplicaciones utilizadas, mientras que casi el 40% afirma que su empresa no tiene una visibilidad completa sobre las herramientas empleadas por sus trabajadores.
La situación plantea un cambio respecto del modelo tradicional de seguridad informática. El riesgo ya no está necesariamente detrás de un firewall o en un servidor vulnerable. Puede encontrarse en una consulta realizada por un empleado a una plataforma de IA, en una extensión instalada en el navegador, en un archivo que un asistente de programación procesa o en un agente autónomo al que se le concedieron permisos excesivos.
Más inversión en ciberseguridad, pero menos transparencia
“Las organizaciones están invirtiendo en herramientas de seguridad, pero muchas siguen sin tener visibilidad sobre cómo trabajan realmente sus empleados”, explicó Marc Laliberte, director de Operaciones de Seguridad de WatchGuard.
Según el ejecutivo, “los comportamientos cotidianos, desde el uso de la IA hasta las prácticas relacionadas con las contraseñas, generan riesgos para los que los controles tradicionales no están diseñados”.
El problema se potencia porque la incorporación de IA está ocurriendo a una velocidad mayor que la capacidad de las compañías para establecer políticas de gobernanza. En muchos casos, los empleados recurren a herramientas disponibles públicamente para resumir documentos, generar textos, analizar información, programar o automatizar tareas sin considerar que los datos introducidos en esas plataformas pueden contener información confidencial, propiedad intelectual, datos de clientes o credenciales corporativas.
Un relevamiento de Check Point Research permite dimensionar el fenómeno desde otro ángulo. Durante mayo de 2026, las organizaciones utilizaron en promedio nueve herramientas diferentes de IA generativa, mientras que cada usuario corporativo realizó unas 70 consultas mensuales.
El dato más relevante desde la perspectiva de seguridad es que una de cada 25 consultas realizadas desde entornos corporativos presentó un alto riesgo de fuga de información sensible. El problema alcanzó al 91% de las organizaciones que utilizan habitualmente estas herramientas.
Además, el 22% de las interacciones analizadas contenía potencialmente información sensible, desde datos internos y de clientes hasta propiedad intelectual y credenciales corporativas. La velocidad de adopción, por lo tanto, está superando en numerosos casos la capacidad de las empresas para establecer controles sobre qué herramientas pueden utilizarse, qué información puede compartirse y bajo qué condiciones.
La IA cambia las armas de los ciberdelincuentes
La otra cara del fenómeno es la utilización de la inteligencia artificial por parte de los atacantes. La tecnología permitió reducir considerablemente la barrera de entrada para ejecutar campañas de ingeniería social, haciendo que mensajes fraudulentos y comunicaciones diseñadas para engañar a empleados o clientes sean mucho más convincentes.
Durante años, una de las señales más habituales para identificar un correo de phishing era su mala redacción: errores ortográficos, construcciones extrañas, traducciones deficientes o saludos genéricos. La IA generativa eliminó buena parte de esos indicios.
Según el Global Cybersecurity Outlook 2026 del Foro Económico Mundial, el 94% de los profesionales de ciberseguridad considera que la inteligencia artificial es el principal factor de cambio en el panorama de amenazas de este año. Los ataques de phishing generados con IA aumentaron 1.265% desde fines de 2022 hasta la actualidad.
En América Latina, el Informe de Fraude de Identidad 2025-2026 de Sumsub registró un incremento del 180% en fraudes avanzados que combinan ingeniería social con identidades generadas por IA. A su vez, el Informe de Tendencias de Fraude Bancario Digital 2026 de BioCatch detectó un crecimiento del 155% en las estafas de ingeniería social en la región.
Argentina refleja con particular claridad este cambio. Aunque el volumen general de incidentes reportados cayó 20%, las estafas de ingeniería social aumentaron 183% interanual, mientras que el uso de deepfakes creció 66%. El escenario muestra así una transformación del riesgo: no necesariamente hay más ataques, pero sí ataques que pueden resultar considerablemente más efectivos.
La IA generativa permite producir correos electrónicos y mensajes en distintos idiomas, replicar el tono de una comunicación corporativa y utilizar información pública sobre una persona para construir un engaño personalizado. A eso se suman las voces clonadas, que pueden utilizarse para hacerse pasar por ejecutivos, familiares o proveedores en llamadas telefónicas, y las identidades sintéticas, capaces de combinar imágenes, documentos y otros elementos falsos para superar controles de identificación.
“La IA generativa igualó la cancha: hoy cualquiera puede lanzar un ataque de ingeniería social de calidad profesional”, señaló Sergio Oroña, CEO de SparkFound. Para el ejecutivo, “la defensa no puede depender de que un empleado detecte un error de tipeo; tiene que depender de un equipo y una tecnología que monitoreen el comportamiento las 24 horas”.
Nuevos ataques directamente relacionados con la IA
El avance tecnológico también está generando modalidades de ataque que hace pocos años prácticamente no existían. Un informe de Akamai identificó nuevas metodologías dirigidas específicamente contra los entornos en los que interactúan desarrolladores, usuarios y agentes de inteligencia artificial.
Una de ellas es el denominado vibe hacking, mediante el cual los atacantes manipulan archivos locales de instrucciones en formato Markdown dentro del entorno de un desarrollador. Una modificación aparentemente sutil puede hacer que un asistente de programación genere código inseguro o ejecute acciones que el usuario no había solicitado.
Otro método, denominado CursorJacking, aprovecha extensiones de navegador no autorizadas con permisos amplios para recopilar información como claves de API, bases de código propietarias e historiales de conversaciones directamente desde el navegador. El riesgo aumenta porque muchas extensiones vinculadas con herramientas de IA tienen acceso a una cantidad significativa de información del entorno de trabajo.
Akamai encontró que casi el 75% de las extensiones de IA requiere permisos altos o críticos y que el 16,3% contiene vulnerabilidades conocidas identificadas mediante CVE.
El tercer mecanismo identificado es CometJacking, basado en la inyección indirecta de instrucciones maliciosas dentro de páginas web. Cuando un agente de IA interpreta esas instrucciones, puede ser manipulado para realizar acciones que el usuario no pretendía, incluyendo la extracción de archivos locales, correos electrónicos o credenciales de sesión.
El problema adquiere una dimensión todavía mayor con el desarrollo de los agentes autónomos de IA, capaces de actuar en nombre de los empleados y ejecutar tareas sin intervención humana permanente. Si estos sistemas reciben permisos demasiado amplios, una instrucción maliciosa o una vulnerabilidad puede convertirse en una puerta de entrada hacia recursos corporativos que antes permanecían aislados.
“La IA ya no es solo un motor que impulsa la productividad, sino un colaborador directo con acceso a los activos más valiosos de la empresa”, sostuvo Or Eshed, vicepresidente de Ingeniería y productos de seguridad empresarial de Akamai.
El ejecutivo señaló que los mecanismos tradicionales de prevención de pérdida de datos fueron diseñados para controlar transferencias de archivos y correos electrónicos, mientras que ahora la información corporativa puede fragmentarse en “millones de instrucciones fluidas, cuentas personales no gestionadas y agentes de IA autónomos”.
El factor humano sigue siendo decisivo
La IA, sin embargo, no reemplaza los riesgos tradicionales. Los comportamientos cotidianos de los empleados continúan funcionando como una de las principales puertas de entrada para los atacantes y, en muchos casos, se combinan con las nuevas herramientas.
Según WatchGuard, el 76% de los empleados reutiliza contraseñas en distintas cuentas y el 30% reconoce compartirlas con otras personas. Al mismo tiempo, el 70% utiliza redes Wi-Fi públicas para trabajar y la mitad accede a recursos corporativos sin protección VPN.
El trabajo híbrido y remoto profundizó esta situación. El 55% de los empleados utiliza sus dispositivos laborales para actividades personales, lo que aumenta la posibilidad de que malware, phishing o aplicaciones no controladas terminen afectando recursos corporativos.
Mientras tanto, el nivel general de amenaza continúa siendo elevado. Check Point Research calculó que las organizaciones argentinas recibieron durante mayo un promedio de 2.470 ciberataques semanales por organización, un 9% más que un año antes.
Argentina quedó así detrás de Colombia, Brasil y México dentro del ranking regional, en un contexto en el que Latinoamérica registró 3.149 ataques semanales por organización, un 13% más interanual.
El dato coincide con una evolución particularmente preocupante del ransomware. Durante mayo se contabilizaron 698 ataques de ransomware reportados públicamente en todo el mundo, un incremento del 48% interanual y el crecimiento más fuerte registrado durante 2026 hasta ese momento.
El escenario que enfrentan las empresas combina así amenazas conocidas con nuevas formas de explotación vinculadas con la IA. El problema consiste no solo en impedir que un atacante ingrese a una red, sino también en controlar cómo interactúan los propios empleados con herramientas externas y cómo funcionan los sistemas de inteligencia artificial que ya tienen acceso a información corporativa.
Para las compañías, esto implica pasar de una estrategia basada principalmente en bloquear herramientas a otra que contemple visibilidad, gobernanza y monitoreo permanente. Las políticas de uso de IA deben definir qué aplicaciones están autorizadas, qué información puede introducirse en ellas y qué permisos pueden tener los agentes autónomos. Al mismo tiempo, la autenticación multifactor, los gestores de contraseñas, las conexiones seguras y la capacitación continua siguen siendo componentes básicos.
La recomendación de los especialistas apunta, además, a concentrar una parte de los esfuerzos en los usuarios que más utilizan IA. Akamai estima que alrededor del 5% de los empleados concentra una proporción significativa de las interacciones de mayor riesgo y plantea que ese grupo requiere mayor supervisión y capacitación específica.
En paralelo, las organizaciones necesitan controlar las extensiones de navegador y las aplicaciones SaaS utilizadas por los trabajadores, establecer mecanismos de Zero Trust y reemplazar los controles estáticos por sistemas capaces de analizar el contexto de las interacciones con IA en tiempo real.


