Fetiche, Del fr. fétiche, este de it. feticcio, y este del port. fetiço “hechizo, sortilegio” - 1. m. Ídolo u objeto de culto al que se atribuyen poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos - Sin.: talismán, amuleto, mascota, tótem, filacteria, ídolo (Diccionario de la Real Academia Española)
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La verdadera historia de la corbata de Javier Milei en la ONU y los zapatos que le conviene usar
En la última semana, el presidente de los argentinos habló varias veces sobre lo que significaba la corbata que usó ante la Asamblea General de la ONU. Una rápida investigación sugiere que, en contra de las ilusiones presidenciales, la evidencia apunta a que no se trata de una corbata que usara Milton Friedman, ni que fuera un regalo del “héroe” de Javier Milei. Pero su problema no está en la corbata.
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Javier Milei habla ante la Asamblea General de las Naciones Unidas portando una corbata con perfiles de Adam Smith. La verdadera y completa historia de una anécdota, donde el problema se encuentra en el otro extremo.
Desde antes del comienzo de la historia, los humanos venimos apoyándonos en fetiches o amuletos de todo tipo, que portamos en torno a nuestro cuello. La evidencia mas antigua es el collar de la cueva de Bizmoune, en Marruecos, datada en torno al año 140.000 A.C. -aunque podría llegar a ser de hasta el 169.000 A.C.-
Para el año 4400 AC ya podemos identificar inequívocamente el uso de algo parecido a amuletos incorporados a los collares por la cultura Badariense (pre egipcios) y para el 3000 AC, cuando nace la escritura en la Mesopotamia resulta indubitable el uso de amuletos colgados del cuello. Del 1600 A.C. tenemos el papiro Edwin Smith -el tratado quirúrgico más antiguo del mundo- que relata como hace un conjuro recitando un hechizo sobre una tira de lino fino en el que se han dibujado cuatro dioses y que se debe colgar al cuello del paciente.
Nace la idea de una tela atada al cuello como símbolo de poder, si se quiere la primera corbata.
Para el 1300 A.C. los egipcios empiezan a guardar estas invocaciones sobre lino o papiro en bolsitas de cuero que llevaban colgadas del cuello, y para el 950 A.C. cilindros de madera o metal comienzan a reemplazar a las bolsitas.
Esta costumbre pasará luego a los judíos pre rabínicos bajo la forma de los “kamea”(del 600 AC son aproximadamente los rollos de plata de Ketef Hinnom con la inscripción de una bendición y el nombre de YHWH) y más delante de los Kameot y los Hamsa -mano de Miriam (la estrella de David se adopta a partir de 1354 en Praga).
En el 363-380 A.D., el Sínodo de Laodicea prohíbe a los católicos el uso de cualquier amuleto bajo amenaza de excomunión. A regañadientes se permiten copias de los evangelios, aunque preferentemente deben “llevarse en el corazón y la cruz colgada del cuello”. En el siglo III A.D. los monjes cristianos comienzan a elaborar los primeros “rosarios”, oficializándose el de 59 cuentas en 1569 (desde al menos el siglo VIII A.C. el hinduismo usa “malas” collares con 108 cuentas+1 para seguir sus oraciones, que luego adopta el budismo), que mientras no sea objeto de adoración puede llevarse en el cuello colgando de ellos sus cruces.
Pero nos apartamos de la línea principal de nuestra historia. En el año 210 A.C., el emperador chino Quin Shi Huangdi murió mientras inspeccionaba su tumba. En un principio había pensado en masacrar a todo un ejército para que lo acompañara a los cielos, pero alguien lo convenció que bastaba hacerlo con un ejército de estatuas en terracota. Se convocó a artistas y a artesanos de toda China, que realizaron 7.500 estatuas diferentes, pero todas exhibiendo lo que parece un paño de seda arrollado alrededor de cuello, muchos de ellos atados de distintas maneras.
Alrededor del año 50 A.C. los soldados romanos comienzan a usar la “lorica segmentata”, armaduras de placas articuladas pero rígidas alrededor del cuello y cascos con guarda nuca y carrilleras, los Coolus. Para protegerse del roce (aunque también como abrigo o para proteger de la traspiración), los soldados comenzaron a usar trozos de tela triangular de entre uno y uno y medio metros de largo que anudaban alrededor del cuello de manera floja por delante, o con las puntas debajo de las armaduras, el “focale” o “Focalium”. Cuando en el siglo III A.D. se vuelven a usar las mallas de metal y armaduras más rígidas, el “focale” cae en desuso (para las clases altas romanas taparse el cuello fue siempre algo de mal gusto).
Por alguna razón, estos dos incidentes de algo muy parecido a las actuales corbatas (bufandas y otros adminículos para cubrir el cuello del frío, siempre existieron, pero no como símbolos de clase) no parecen haber tenido continuidad histórica.
La corbata evoluciona
Sobre el filo de la peste negra, entre 1340 y 1350 Europa sufrió lo que los historiadores llaman la Revolución de la Moda -o su nacimiento-. A lo mejor fuera solo la necesidad de celebrar que se estaba vivo, pero sin dudas la introducción en la sastrería de los cortes y sisas curvas, el corte al bies, el uso de los plisados y los botones con ojales reforzados, y la preferencia y posibilidad de los más ricos de usar telas más finas tuvo tanto o más que ver con la idea de empezar a mostrar la piel.
Si bien estamos hablando del pequeño periodo glaciar, que fue de 1250 a 1850 (lo peor a partir de 1550), la moda evolucionó casi en contra de lo que podía esperarse con los hombros y el pecho descubriéndose cada vez más (décolleté), en un claro mensaje social y de estatus: soy tan rico que no necesito trabajar bajo el frio. En esto arrancaron los franceses -desde entonces epicentro de la moda- y luego siguieron los ingleses, italianos, alemanes, holandeses, españoles, etc.
El problema es que hacía frío y no siempre se podía tener el cuello y el pecho al descubierto, así que en borde de las “camicia” se hacía un doblez por el que pasaba una tira de seda o lino que si era necesario se podía cerrar y atar cerrando el cuello. Si hacia más frío se usaba una pieza independiente para cubrir el escote, el cuello y los hombros (el gorgette, partlet, goller,…). Al mismo tiempo las clases más bajas comenzaron a usar cuellos separados, que se podían cambiar y lavar, y evitaban ensuciar las camisas.
De a poco esta pieza se fue agigantando -vedados del uso de joyas y ropas de colores, era la manera en los pueblos protestantes de mostrar poder y riqueza- y para 1580 lo que los españoles llamaban gola, eran adminículos que sobresalían al menos 30 centímetros hacia los lados, almidonados y con armazones de alambre y cartón que sostenían una pieza de tela de 6 metros de largo que se plegaba al menos 600 veces.
Obviamente no se podía girar la cabeza ni comer con ese artilugio que se había convertido en el centro de la competencia social y en un gasto en materiales -especialmente importados- y mano de obra, ridículos. Así, hacia 1620, Felipe II de España e Isabel I de Inglaterra dictaron una serie de “leyes suntuarias” limitando por decreto -entre otras cosas- el tamaño que podían tener estos cuellos en la calle. Si bien las leyes no sirvieron demasiado, llevaron a que estos adornos dejaran de estar de moda (en los Países Bajos se usaron hasta casi fines del siglo XVII y el clero dinamarqués e islandés los sigue empleando) y comenzaran a ser reemplazados por cuellos de encaje, por ejemplo en Flandes o Venecia.
Aquí es donde, una Europa acostumbrada a usar un adminículo alrededor del cuello como símbolo de estatus se encuentra con las “corbatas”. La leyenda más usual nos habla que fueron tomadas por los franceses de los mercenarios “craoatas” que había contratado Luis XIII para luchar contra los Habsburgo entre 1618 y 1648, que usaban una pieza de tela roja alrededor del cuello para identificarse (y los macabros dicen que para limpiarse la sangre). Otros hablan de la palabra turca “kryabacs”, la húngara “korbacs” o la francesa “cravache”, con la que se designan a los objetos largos y angostos.
Está también la teoría de que la palabra es una deformación del francés “rabat” (bandas que caen). Bajo los reinados de Luis XIII y Carlos I se pone de moda entre los hombres, el uso del pelo largo hasta Ios hombros (con Luis XIV las pelucas llegan hasta la cintura). Como esto tapa los encajes con los que se cubrían y evidenciaban su status, comienzan a anudarlos al frente generando algo así como un buche.
A principios del siglo XV, el poeta Eustache Deschamps refiere en una de sus líneas: “Faites restrandre sa cravate” (“ajustenle la corbata”) y en “Degli abiti antichi e moderni in diversi parti del mondo” de 1590, Cesar Vecello usa la palabra “cravatta”, cuando habla del focale romano.
Sea cual fuere el origen, para mediados del siglo XVII el uso de la “cravat” -y las pelucas- ya se había impuesto entre “los hombres de bien” de toda Europa (uno de los puestos más deseados en la corte de Luis XIV era el del “cravatier”, el encargado de anudar la corbata del rey).
En 1692 el nudo se afloja y las puntas se colocan en el ojal del chaleco o la casaca dando la imagen de un “look desordenado”. A principios de 1700 aparece el corbatín (“stock” en inglés, “tour de cou” en francés) un cuello rígido que se cierra con un gancho por detrás, habitualmente negro o a veces blanco, cubriendo el cuello de la camisa.
Para 1770 vuelven las “cravat” (los militares siguen usando los corbatines), aunque más sueltas que antes y ya no necesariamente de encaje. Esto no solo era moda, sino que cubría las camisas y evitaba tener que lavarlas tan seguido.
Hay que pensar que la tabla de lavar se popularizó recién en 1797, la máquina de lavar manual después de 1851 y la eléctrica a partir de 1907.
En los primeros diez años del siglo XIX, George Bryan Brummell, “El Beau Brummell”, se convierte en el árbitro de la moda inglesa, creando la figura del “dandy” y sentando las bases de lo que podríamos llamar “la elegancia inglesa del siglo XX” (trajes y zapatos oscuros y sobrios, camisas blancas, todo inmaculadamente planchado).
La leyenda es que Brummell, quien tenía su propio nudo, se cambiaba hasta 3 veces al día la corbata. Es que mientras el resto de la ropa estaba definida por el sastre, la corbata era lo que realmente podía diferenciar a un caballero de otro, una manera de expresar quién era.
Uno de los primeros libros sobre el arte de las corbatas es Neckclothitania, publicado en 1818 por autor anónimo, en el que se muestran y describen 12 maneras populares de atarse los paños al cuello.
En 1827 aparece el primer “best seller” sobre corbatas, “L'art de se mettre la cravate”, bajo la firma de un tal Baron Emile de l´Empresé, en el que relata con humor la historia del adminículo y presenta con ilustraciones 32 maneras distintas de atarlo al cuello. Antes de terminar el año aparece un libro casi idéntico firmado por el Conde della Salda en Italia y al año siguiente tenemos en Inglaterra “The art of Tying the Cravat”, por H.Le Blanc. Lo que se cree es que las tres versiones salieron de la pluma de Honoré de Balzac, necesitado de pagar sus deudas a quienes lo proveían de ropa.
Después vendría “The whole art of Dress! Or, The Road to Elegance and Fashion” de 1830, con autor anónimo pero un capítulo entero dedicado a las corbatas: Cravatiana (el libro está dirigido a hombres de recursos exiguos).
Hacia 1850, los cocheros de carros a caballo en Londres simplifican aún más las “cravat”, adoptando una tira de tela relativamente estrecha que rodea una sola vez al cuello y se ata al frente con el nudo corredizo. La costumbre de llevar cuatro riendas en la mano es lo que da el nombre de “four in a hand” a estos adornos. La idea prende rápidamente en un mundo que comienza a industrializarse. Nace así la versión contemporánea de las corbatas.
La Corbata de Adam Smith
La ironía en esta historia es que Adam Smith jamás uso una corbata (o al menos algo que hoy pudiéramos reconocer como tal). Si cubría completamente el cuello, como todo buen caballero de su época, con un “cravat”, un paño cuadrado de lino blanco liso -alternativamente de algodón; blanco no era el único color, pero era el más aceptado- correctamente almidonado, que envolvía dos o tres veces alrededor del cuello y ataba al frente con un gran nudo, cubriendo la camisa.
William Smellie, el creador de la Enciclopedia Británica, relata que en algún momento antes de morir (Literary and Characteristical Lives of Gregory, Kames, Hume, and Adam Smith, 1800) Adam Smith le dijo: “I am not a beau in nothing but my books”, algo así como “Yo no soy un dandy o un galán en nada más que mis libros”, para explicar su renuencia a ser retratado. Posiblemente, la cosa era con él mismo ya que en 1778 encargó al pintor alemán Conrad M. Metz que pintara un cuadro de su madre, Margaret Douglas of Strathendryle (Smith era hijo único y jamás se casó).
Pero tenemos un par de excepciones.
En 1787, James Tassie realizó dos medallones en pasta de vidrio blanco, mostrando a Smith de perfil, uno con y otro sin peluca. Claramente Smith tenía cierta predilección por el trabajo del joyero, ya que según John Rae (aunque no lo conoció, el primer biógrafo “serio” de Smith, “Life of Adam Smith”, 1895), había colgado cuatro en su biblioteca, Joseph Black y James Hutton (que fueron sus albaceas), Thomas Reid (quien lo sucediera en Glasgow) y el último de Andrew Lumisden (anticuario).
Hoy la medalla con peluca está en el National Portrait Gallery de Londres y la versión “all´Antico”, en Dyrham Park del National Trust
Los otro son dos grabados de John Kay, un barbero que se volvió caricaturista y veía a Smith pasar por el frente de su local rumbo a la aduana. El primero de 1787 “Lord Rockville, Dr. Adam Smith and Commissioner Brown” en que muestra a los tres con bastón y nos proporciona la mejor imagen de lo que puede parecer el Smith real, alguien que caminaba distraídamente, llevando su bastón al hombro y un ramo de flores en la mano izquierda para espantar los olores de la calle.
El segundo grabado, de 1790, posiblemente a poco de morir Smith, es “The Author of the Wealth of the Nations” y lo muestra con su bastón, apuntando a un libro o unas cartas. Kay vendía las láminas sueltas que en 1837 se incorporaron en un libro, “A series of Original Portraits and Caricature Etchings by the late John Kay”.
Nace la corbata Smith
En 1968, impulsado por James W Nisbet, el Political Economy Club de la Universidad de Saint Adrews decidió crear su propia corbata, para regalar a los conferencistas e invitados de honor que daban charlas en el club (una costumbre de aquello años), que se fabricaban por encargo. Tomaron la corbata tradicional de los graduados de St.Andrews, invirtieron la dirección de las franjas y reemplazaron la figura del león por los óvalos dorados con el perfil de Smith que había hecho Tassie.
Ese mismo año, Ralph Harris, director general desde 1957 del Institute of Economic Affairs de Londres fue a dar una charla y le regalaron la corbata. A Harris le encantó, se le ocurrió convertirla en un símbolo de identidad del movimiento liberal clásico y le propuso a los de la universidad que el IEA comenzara a fabricar de manera más masiva las corbatas y distribuirlas también entre aquellos que visitaban el Instituto.
El IEA fue fundado en 1955 por Antony Fisher y Oliver Smedley, después de que Fisher conociera a Friedrich Hayek, quien le recomendó crear el instituto.
Ese mismo año también -pensemos que estamos en pleno auge del keynesianismo- Harris y otros liberales británicos comienzan a cruzar el Atlántico con sus “neckties” para dar charlas en la Philadelphia Society, que habían fundado en 1964 Wilkliam Buckley Friedman, Frank Meyer, Ed Feulner y Don Lipsett siguiendo el modelo de la Mount Pelerin Society.
Durante los 60´s, Lipsett y su esposa Norma comenzaron desde su casa en Michigan un pequeño negocio de venta de camisetas políticas por correo, con las caras de las figuras conservadoras de la época (Barry Golkwater, Spiro Agnew, Milton Friedman, etc.)
En 1974 Norma rediseñó la corbata de los británicos lanzando su modelo en 1975, un año antes del bicentenario de la publicación de “La riqueza de las naciones”. Si bien se trataba de un nicho, el éxito fue inmediato y fundaron The Decatur Shop, sumando pañuelos, bufandas, foulard, llegando incluso a vender por metro la tela con el retrato de Smith. Hoy son el Leadership Institute en los EEUU -u$s45- y el Adam Smith Institute -45 libras- los que comercializan las corbatas.
A lo largo del tiempo, Norma fue cambiando los modelos. Las originales, modelo Mark I de 1975 tienen una raya dorada diagonal que cruza el fondo de la corbata y están realizadas en una tela económica, 15% seda y el resto poliéster. Venían en azul o verde. Se las distingue por la etiqueta del cuello que hace mención a North Adams el pueblo donde vivían los Lipsett.
Luego vino el modelo Mark II, la versión “de luxe”. No tiene rayas, el fondo es de color sólido, azul marino o borgoña (en su programa de TV “Free to Choose”, en 1980, Friedman usa la azul) y los perfiles en oro se distribuyen de manera uniforme. Son una mezcla 50% seda, 50% poliéster y llevaban la etiqueta de Givenchy cosida en el reverso.
A comienzos de 1981, Ronald Reagan asumió la presidencia de Estados Unidos. Milton Friedman se convirtió en el patriarca ideológico y económico de la nueva administración, tal como lo había definido la revista Der Spiegel en noviembre de 1980: «ökonomisch-ideologischer Übervater».
Hasta entonces Decatur había vendido unas 2.000 o 3.000 de sus corbatas, una por día. Para julio del 82 eran cerca de 10.000. Aparecen entonces los modelos Mark III con algunas ligeras variaciones respecto a la densidad de las figuras o el tamaño de los retratos, la primera edición presidencial. Para fines de año lanzan la segunda edición presidencial, la Mark IV, un poco más angosta y que es la que incorpora la franja de color rojo.
Desde ya que Friedman, William Simon y Edwin Feulner, que actuaron como asesores externos de Reagan (Lipsett era asesor de Friedman), Murray Weindenbaum (presidente del consejo de asesores económicos), Caspar Weinberger (el Secretario de Defensa), George Shultz (secretario), Norman Ture (vicesecretario), Martin Anderson (asistente en políticas de desarrollo), Kenneth Cribb (director de la administración del gabinete) y casi toda la cúpula del Tesoro, Martin Anderson (asesor de política doméstica), James Miller (presidente de a FTC), E. Peddlenton James (Asesor de personal), los senadores Richar G. Lugar y Jesse Helms, gente del periodismo afín como George Will (el periodista más influyente de la Administración) usaban la corbata de Decatur. Incluso Nancy Reagan llegó a ordenar paño con los logos de Adam Smith para hacer almohadones en la Casa Blanca y Ronald Reagan recibió una como regalo de Cribb, aunque nunca se lo vio usarla.
Uno de los grandes impulsores del movimiento “pro corbata Smith” fue el fiscal general y consejero de Reagan, Edwin Meese, que poco después que los presidentes Regan, Carter, Ford y Nixon se reunieran a principios de diciembre de 1981 en la Casa Blanca para ir al entierro de Anwar Saddat en Egipto le mandó una foto a Lipsett en la que escribió: “A Don – ¿Te preguntás que estoy haciendo con una compañía tan distinguida? Por supuesto que simplemente mostrando mi corbata Adam Smith”.
Si algo se convirtió en la contraseña de “pertenecer” durante la primera parte de la era Reagan, eso fue la corbata de Adam Smith. Los otros dos grandes íconos de la época, las Jelly Beans y el sombrero y las botas cowboy hacían a la imagen de Reagan, pero no identificaban al usuario como un “insider”.
Hacia julio de 1982 se produce la primera limpieza de “friedmanitas, se van Martin Anderson, Norman Ture, Paul Craig y Steve Hanke. En agosto Reagan sube por primera vez los impuestos. En la primera semana de octubre, la Fed deja de anclarse al M1 y en junio del 83 el presidente renueva el mandato de Paul Volker. En enero del 85, se produce el enroque de puestos entre James Baker y Donald Regan, quien sin ninguna experiencia en economía asume en el Tesoro. Dentro de la administración, nadie recuerda las corbatas, Friedman no ha renunciado, pero ya no es más alguien de consulta.
La corbata del presidente
En su mensaje a la Asamblea General de las Naciones Unidas, Javier Milei subió al podio vistiendo una corbata con los perfiles de Adam Smith y en los siguientes días dio un cúmulo de entrevistas con distintas versiones sobre por qué había decidido usar esa vestimenta y su origen.
Como el “Beau Brummell 250 años antes, nuestro Presidente entendió que la corbata era una manera de expresar quién es uno.
“Es Adam Smith. A esta corbata le tengo mucho cariño porque me la regaló Gerardo Bongiovanni en una de las premiaciones que me hizo. Tengo entendido que se la regaló Milton Friedman; si no, es muy parecida a las que usaba Friedman”.
“Esta figura que usted ve acá es Adam Smith. Y tiene doble motivo por el cual usé esta corbata. Por un lado, porque en mi argumentación en favor de la inteligencia artificial…Y no solo eso, sino que además Milton Friedman usaba este modelo de corbatas. Una vez le llevaron estos modelos de corbatas y a partir de ahí los empezó a usar regularmente y una corbata como ésta usaba Milton Friedman. A mí esta corbata me la regaló Gerardo Biongiovanni de la Fundación Libertad, quien lo conoció a Milton Friedman. No sé si Milton Friedman se la regaló al propio Gerardo o Gerardo la compró en la Universidad de Chicago y me la regaló”.
En esos días, Bongiovanni confirmó a una radio que había enviado la corbata a la Casa Rosada hace unos meses: "Pensé que se habría extraviado. Me sorprendió gratamente verlo con la corbata" dijo. "En el año 92 o 93 nos reunimos un grupo de referentes think tank liberales para crear el Índice de Libertad Económica Mundial. Estaba muy inspirado por Milton Friedman, ya que él decía que había que medir a los países. Entonces hubo una reunión en San Francisco donde participamos y estaba también otro argentino (...) y allí Milton Friedman que era el inspirador, nos regaló a los nuevitos estas corbatas, que son las corbatas de la Mont Pelerin Society, que es la sociedad que creó otro Premio Nobel, Friedrich Hayek, en el año '47 y que nucleó siempre a los liberales".
Deshaciendo el nudo
Los comentarios del Presidente y el comunicador libertario merece algunas observaciones. Lo primero es que “Javo” no recibió la corbata como un premio, sino como un obsequio personal y Chicago jamás vendió ese modelo de corbatas (la actual de Booth, es bastante fea y nadie la usa).
Muy posiblemente, “el otro argentino” al que Bongiovanni no nombra haya sido Alejandro Chafuen, argentino-estadounidense, miembro de la Mont Pelerin Society y una figura clave en la llegada de Friedman a Estados Unidos. El propio Chafuen reconoció en alguna oportunidad que fue él quien le abrió esa puerta. Entre 1991 y 2009, Chafuen fue presidente y CEO de la Atlas Economic Research Foundation y, desde 1980, miembro de la Mont Pelerin Society, a la que había ingresado a los 26 años como su integrante más joven. Mantuvo además una estrecha relación personal con Friedman hasta la muerte del economista, en 2006.
Leer algunos de los libros de Chaufen -uno de los grandes historiadores sobre como los pensadores católicos dieron nacimiento al liberalismo económico-, en particular Raíces Cristianas de la economía de Libre Mercado (que está en castellano), podría venirle bien a Javier Milei, especialmente ahora que está por llegar el Papa León XIV, aunque la preferencia presidencial por los valores judíos por sobre los católicos podría generarle algunos inconvenientes de comprensión.
La tercera observación es que la corbata con el perfil de Adam Smith nunca fue parte de la Mount Pelegrin. Es cierto que alguno de los miembros podían haberla usado (en especial Harris y los suyos y quienes participaban de la administración Ragan) pero nada que ver con que fuera un símbolo de la sociedad.
La declaración de objetivos de la entidad termina: “El grupo no aspira a hacer propaganda. No pretende establecer una ortodoxia minuciosa y restrictiva. No se alinea con ningún partido en particular. Su único objeto es, facilitando el intercambio de ideas entre mentes inspiradas por ciertos ideales y concepciones amplias compartidas, contribuir a la preservación y al perfeccionamiento de la sociedad libre”. Es decir, nada que haga propaganda. De hecho, la susodicha corbata no aparece en ninguna de las fotos que hemos visto sobre los encuentros de la sociedad.
La figura de que “la sociedad creó” los premios Nobel de Friedman y Friederich Hayek no es la más cercana a la realidad. Mount Pelerin fue fundada el 10 de abril de 1947 por un grupo de 39 personas, como foro de intercambio de ideas liberales -Hayek fue su presidente hasta 1961, Friedman del 70 al 72-. No era ni un partido, ni un centro de estudios, ni un “think tank”…, no tiene sede, ni personal y sus reuniones -su actividad principal, organizada por comités Ad Hoc- no tienen fecha fija.
La próxima reunión general, que suele darse cada dos años, toca en Indianápolis, USA, del 11 al 15 de octubre próximo, bajo el encabezado, “1776: Liberty in Conversion”. Se esperan más de 500 asistentes -las entradas están en torno a los u$s1.500- con 90 oradores y cincuenta sesiones en paralelo-.
La próxima reunión regional para América Latina (estas suelen darse una vez al año, aparte de las reuniones especiales) es en Buenos Aires, ¿“A New Liberal Momentum? Lessons from Latin America to the World”, del 23 al 26 de mayo de 2027. La organizan UCEMA y el “Center for Free Enterprise” de la Universidad de Texas en el Paso. Todavía no tenemos el cronograma ni los precios (sin dudas será más que interesante ver cómo se confrontan ideas liberales contra las ideas y gestión de Javier Milei).
Además de Hayek (1974) y Friedman (1976) la sociedad anota otros seis premios Nobel de economía en su historial (Stiegler, Buchanan, Allais, Coase, Becker y Smith); y uno en literatura (Mario Vargas Llosa, 2010), estando integrada hoy por unas 700 personas de casi todo el mundo. Es interesante que, a pesar del aumento en la cantidad de integrantes, hace 34 años que no anota un nuevo Nobel en economía, lo que sugiere que hoy está lejos de tener la gravitancia que tuvo en los 80´s (“más” terminó siendo “menos”).
Acerca del viaje a San Francisco…
La idea sobre el Índice de libertad económica no fue de Friedman, sino que surgió por impulso de Michael Walker durante la reunión general de la Mount Pelegrin de 1984 (Cambridge, Inglaterra) donde el eje de la reunión fue el libro de Orwell. Walker, uno de los fundadores y director ejecutivo del Fraser Institute de Canadá, es quien convenció a Friedman de plegarse y fue el motor del proyecto. Es él -aunque no podemos obviar la influencia del economista en jefe del Fraser, Walter Block- quien generó la idea que había que medir a los países (su lema era “If it matters, mesure it”, “Si importa, mídelo”).
La cosa fue tomando forma y a poco de que se publicara por primera vez el índice “Economic Freedom of the World:1975-1995” en 1996, Friedman y Walker dieron una conferencia presentando el trabajo en San Francisco.
Entre 1986 y 1993, el Liberty Fund —que aceptó financiar el proyecto— organizó seis conferencias dedicadas al tema. En cada encuentro se presentaban alrededor de 15 ponencias y participaban poco más de 60 académicos de distintas disciplinas, con Friedman como una de las figuras centrales. Según el Handbook of Research on Economic Freedom (2024), la primera conferencia se realizó en 1986 en Napa Valley, California. Le siguieron Vancouver, en 1988; Banff, Alberta, en 1989; Sea Ranch, California, en 1990; Monterey, California, en 1991; y, finalmente, Sonoma, California, entre el 18 y el 21 de noviembre de 1993.
Sonoma queda a unos 70 km de San Francisco (donde vivían los Friedman), casi una hora de viaje al norte, así que por lo cronológico y geográfico esta podría ser la reunión a la que se refiere Bongiovanni.
Lo que desorienta un poco es que la foto que muestra el argentino con el matrimonio Friedman está fechada en 1995 en San Franciso, un año antes de la presentación del Índice y cuando no encontramos ningún evento en torno a él.
Hay que destacar que Bongiovanni y el otro argentino al que menciona fueron como parte del público, ya que no tenemos ningún argentino en la lista de los oradores que participaron de estos eventos (si un uruguayo, Ramon P.Diaz y dos guatemaltecos, J.F. Bendfelt y H. Maul).
En 1995 murió Don Lipsett, por lo que es muy probable que Decatur haya cerrado entonces, si no lo había hecho antes. Su viuda, que tenía 60 años y falleció en 2020, habría transferido en algún momento entre ese año y 2012 los derechos al instituto que hoy comercializa las corbatas. En 2012, la revista GQ publicó una nota en la que señalaba que el Leadership Institute vendía ocho modelos, a u$s35 cada uno. Actualmente, el instituto ofrece diez versiones, todas confeccionadas en 100% seda y mucho más angostas que las de los años 80, que llegaron a tener un ancho de 9,5 centímetros en la base.
Antes que el Institute tomara la posta, en una entrevista de junio del 92 con el vicepresidente de la Fed de Minneapolis, Friedman nos habla que era el Fraser Institute -con el cual estaba vinculado por la creación del Índice de Libertad Económica desde 1984- quien producía las corbatas, lo que sugiere que las que usaba por entonces eran las canadienses.
Al Fraser lo fundaron Walker -quien fue su director ejecutivo hasta 2005- y el empresario T. Patrick Boyle el 22 octubre de 1974 en Vancouver (Canadá); cofundador: Antony Fisher, el del IEA británico (recomendable: la nota de Chafuen en Forbes, del 27 de noviembre de 2013 sobre Fisher, que permite comprender el rol central que tuvo en esta historia de las corbatas).
No sorprende entonces que casi desde un principio y en paralelo con Decatur- comenzaran a comercializar una versión de la corbata Adam Smith que se convirtió en el símbolo de quienes estaban vinculados a la entidad. Entre esos “vinculados”, Hayek, parte del equipo editorial inicial, junto a James Buchanan, George Stigler y Gary Becker (en total tuvieron 7 premios Nobel; acá si podemos hablar de una entidad que “creó” Premios Nobel).
La corbata que usa Hayek en su entrevista con “Meet the Press” de junio de 1975 (en general prefería el moño), posiblemente haya sido una de estas o las del IEA, donde si bien nunca tuvo un cargo, le publicaron “Confusion of Language in Political Thought”(1968), “A Tiger by the Tail” (1972), “Economic Freedom and Representative Government” (1973) y “Denationalisation of Money” (1976), dio varias charlas y es donde tuvo su primer encuentro con Margaret Thatcher.
Los hechos apuntan entonces a que las corbatas que obtuvieron “los nuevitos” -muy probablemente- en la conferencia de Sonoma en 1993 fueran distribuidas o vendidas por el Fraser Institute, no una compra a Decatur, costeada de manera personal por Friedman.
Buscamos evidencia de que alguna vez el economista regalara algo a alguien, tras alguna conferencia o alguna de sus charlas, sin ninguna suerte (aunque dijo haber recibido una vez una corbata de regalo), porque lo que cuenta el jefe de la Fundación Libertad apuntaría a ser un hecho excepcional, que habla de la cata de quien lo relata.
Cuando vemos la foto de Bongiovanni con Milton y Rose Friedman, la corbata del yanqui es muy distinta a la que recibió nuestro Presidente, no es la corbata de Friedman.
La evidencia apunta entonces a que la corbata de Milei jamás fue usada por Milton Friedman, que no fue un regalo personal sino una acción institucional de Fraser (o venta de Fraser, según se desprende de las palabras del Presidente que su amigo podría haberla comprado), muy probablemente en la conferencia de Sonoma de 1993, que no fue un acto personal sino que en el mejor de los casos podría haber sido una acción grupal de Friedman -el potencial vale porque no hay foto o segundo testimonio sobre el evento- hacia los asistentes junior de la conferencia que formaban parte del público.
Para lo que le toca a nuestro primer mandatario, casi podríamos decir que mejor, porque si Murray Rothbard o Ludwig von Mises se levantasen de sus tumbas, ante lo que sería para ellos el imperdonable sacrilegio de ensalzar a Adam Smith y Milton Friedman, seguramente lo correrían a patadas.
No todo está perdido
Que el Presidente no hay tenido suerte con su corbata de Adam Smith, a pesar del esfuerzo puesto, no significa que todo esté perdido y otro fetiche no le genere más ganancias.
Donald Trump es un hombre de “manías” y en corbatas suele usar la rojo escarlata de su propia colección (hecha en China), que vende Macy´s en u$s125 (a veces se juega por la azul, la lila o la púrpura) o alguna de Italo Ferreti (arriba de u$s250).
Pero quien quiera crear la sensación de “pertenecer” (al círculo íntimo de Trump), en lugar de mirar tan alto, debiera hacerlo hacia abajo.
El presidente norteamericano tiene debilidad por los pies, o mejor dicho por los zapatos. Trump suele reglar a sus visitantes gorras MAGA, monedas presidenciales, fotos autografiadas o alguna de las lapiceras con las que firma decretos y leyes. Pero ningún otro artículo es un símbolo de status tan alto, de “pertenecer” como portar un par de zapatos oxford negros (marrones, jamás).
Entre las extravagancias de Trump frente a sus más cercanos, está adivinarles el tamaño del calzado y luego preguntarles si acertó o no. Pero no acaba ahí. En un evento en el Kennedy Center durante diciembre pasado, Trump miró los pies de sus acompañantes y les espetó: “Marco (por Rubio), J.D. (por Vance) ustedes muchachos tienen unos zapatos de mier…”, sacó de la nada un catálogo y les preguntó las medidas de calzado: Rubio 11.5, Vance 13 y había alguien más que dijo 7. “El presidente se recuesta en su silla y dice: 'Sabés que podés decir mucho sobre un hombre por el tamaño de sus zapatos' (los rumores hablan de que por alguna razón, Rubio usaría zapatos sobredimensionados)", contó J.D.
La pregunta no es inocente. Una semana después, los interrogados suelen recibir una caja, muchas veces firmada por Trump o acompañada de una tarjeta de agradecimiento que él mismo paga de su bolsillo. En su interior hay un par de zapatos de Florsheim, la tradicional zapatería de Chicago fundada en 1892. Trump y Rubio ya recibieron unos cuatro pares cada uno. También tienen los suyos el secretario de Transporte, Sean Duffy; el de Defensa, Pete Hegseth; el de Comercio, Howard Lutnick; el director de Comunicaciones, Steven Cheung; el jefe del staff presidencial, James Blair; el encargado de los discursos, Ross Worthington; el fallecido senador Lindsey Graham y el periodista Sean Hannity. Y la lista sigue.
Trump no es el primer presidente que los prefiere, Harry Truman los usaba y son los que calzó Michael Jackson en su famosa “caminata lunar”.
El presidente norteamericano es alguien que se mueve permanentemente entre lo “kitsch” de sus años con Ivana, en los 80´s, y la sobriedad y elegancia de su actual esposa Melania. En febrero de 2024, durante la campaña presidencial estaba “apretado” de dinero, así que lanzó un perfume (con el que no le fue muy bien), una biblia (a u$s60, recaudó u$s1,3 millones) y -siempre oportunista- su propia línea de zapatillas, las Never Surrender High Tops, doradas, con la bandera norteamericana y una gran T (se vendieron unas 1.000 en u$s339).
Donald pareciera no tener límite en lo que gasta para vestirse (los trajes de Brioni, que son sus favoritos, rondan los u$S10.000 -arriba de u$s 6.000 los “de perchero”- y las camisas hasta u$S 1.700 -u$S650 las más baratas-), hablamos de alguien que “se pone encima” ropa por más u$s12.000 (nunca menos de u$s7.000), pero en zapatos hoy su filosofía es diametralmente opuesta. Optó por la comodidad y la elegancia por encima de todo.
Un par modelo Oxford negros, en alguna de las grandes zapaterías del mundo arranca en u$s1500 (John Lobb, Gaziano & Girling, Stefano Bemer) hasta superar los u$S10.000 si son a medida. En el negocio que tienen Lobb sobre Maddison Ave. en Nueva York, los Oxford van de u$s2.100 a u$s2.900, los de Berluti, a unos pocos metros, son algo más baratos de u$S2000 a u$s2.500. Los zapatos de Florsheim, que se pueden comprar por correo o vía Amazon (con envío gratis), van de u$s80 a u$s140.
Esto es menos de lo que cuesta un modelo similar en alguna de las zapaterías más prestigiosas de Buenos Aires, donde el modelo Oxford negro más barato arranca arriba de los u$s150.
En una nota con Fox News de comienzos de marzo, Trump aclaró: “Nunca me gustó que los miembros del gabinete caminaran en zapatillas. Las zapatillas son maravillosas, pero no quiero que los integrantes de mi gabinete usen zapatillas, así que les conseguí un par de zapatos, es un regalo de Donald Trump”, “Parece que funcionó muy bien. Ahora todos lucen con buena pinta y bien” (el “rur run” en la Casa Blanca es que nadie se atreve a no usarlos).
No es que la cuestión le preocupe demasiado a Javier Milei, que, si bien lo hemos visto alguna vez acompañando sus trajes con zapatos, prefiere usar cada vez más sus “Nike Get Fitter Air Zoom SuperRep 3 negras” (poco menos de u$s100 en Buenos Aires, arriba de u$s 60 en Nueva York -en lo personal me quedo con las Arc´teryx, o mis fieles Salewa-).
Nuestro Presidente lo sabe: “There is no Free lunch”. Así que mientras siga usando las zapatillas (Volodimir Zelenski y el Primer Ministro de Albania, Edi Rama, usan zapatillas), más allá de las expresiones verbales de amistad y afinidad, la puerta para realmente “pertenecer” al círculo íntimo de Donald Trump, le va a seguir cerrada.
Que alguien le regale un par de zapatos.

























































