El año pasado Japón recibió 42,7 millones de turistas, esto es 15,8% más que en 2024, los que gastaron cerca de u$s60.000 millones, haciendo de la industria la segunda mayor “exportación”, detrás de los automóviles. La estimación actual es que para 2030 llegarían a 60 millones los visitantes, aportando u$s95.000 millones a la economía Nipona.
Viajar a Japón será más caro: el alza del yen se suma a las nuevas restricciones para turistas
iJapón se ha convertido en uno de los destinos mas apetecidos por los argentinos, en especial de los mas jóvenes, influenciados por la cultura K-Pop y las series televisivas. Un punto clave para alcanzar este sueño, el valor del Yen que hoy está en el centro del escenario financiero mundial.
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Japón: pese a la fuerte intervención los inversores siguen nerviosos
El turismo ha alcanzado extremos que están alienando a los japoneses. Así las limitaciones a los viajes extranjeros y la suba del Yen son vistas como como algo mas que deseable.
Sin embargo, los japoneses “de a pie” no están nada contentos, aunque su clásica cortesía no lo refleje. Mi viaje anterior había sido en 2003, el último, el mes pasado, y en apenas tres años muchas cosas parecen haber cambiado. Por lo pronto, ahora es casi imposible caminar una cuadra en Tokio sin cruzarse con otros turistas (ni hablar de Kioto, donde la palabra es invasión), si bien el grueso de ellos pasa desapercibido para el ojo occidental.
Este grueso son: chinos, coreanos, taiwaneses y ciudadanos de Hong Kong y Singapur, aunque los yanquis se hacen notar desde el cuarto puesto. Los argentinos no somos muchos (33.838 el año pasado), ocupando por lejos el tercer puesto de visitantes entre los países Latinoamericanos, debajo de los mexicanos (cerca de 200.000 que son los que más dinero gastan en su viaje de todo el mundo) y los brasileños (109.000; nuestro vecino tiene la mayor colectividad de descendientes de japoneses en el mundo, unos 2 millones -nosotros algo más de 111.000). Igual algún mérito tenemos ya que estuvimos entre los países cuyo número de viajeros más creció, a pesar de que, con Montevideo, Buenos Aires es la capital más alejada de Tokio en el mundo.
Antes de que alguien comience a decir lo contrario, les recuerdo que uno de los argumentos que catapultaron a la actual Primer Ministro japonesa fue su planteo, ante el rumor nunca confirmado que los turistas estaban pateando los ciervos sagrados de Nara -donde es Nativa; los ciervos se consideran mensajeros de los Dioses-: “¿No les parece que esto ha ido demasiado lejos? En la elección de la Cámara Alta del año pasado, el Sanseito, que prometía un “Japan First”, pasó de uno a quince escaños.
Este año sería el primero en que posiblemente el turismo caiga (se espera una merma de 2,8%), pero hasta aquí no por una cuestión económica sino política y social.
En noviembre del año pasado, en un claro guiño a Donlad Trump, la primer Ministro Sanae Takaichi advirtió al Parlamento Nipón que, si China apelaba a la fuerza en su reclamo de Taiwán, esto podría disparar una respuesta militar por parte de Japón.
Xi Jinping ardió. Asentado el polvo de las clásicas escaramuzas diplomáticas, lo que quedó fue la advertencia de Pekín para que los chinos no viajen a Japón, aduciendo cuestiones de inseguridad -es cierto que los chinos son los turistas menos bienvenidos-. La advertencia se repitió al menos 8 veces desde entonces -salta en todos los teléfonos celulares- y a todos los que tuvieran pasajes, se le reembolsó el 100% si decidían cancelar los vuelos). Con casi un tercio del total de visitantes, cualquier merma china es significativa.
Pero no es solo esto. Cansados de los exabruptos de los extranjeros los propios japoneses -esto se ve más a nivel local, de las prefecturas, que nacional- han comenzado a imponer una serie de restricciones a quienes no consideran bienvenidos.
En abril del año pasado, una posada en Kioto comenzó a pedir a los turistas israelíes que firmaran un formulario declarando que no habían cometido crímenes de guerra y unos meses más tarde un hotel Nagano se negó directamente a aceptar turistas israelíes. Estos son casos extremos, pero señalan que los japoneses están dispuestos a abandonar su proverbial amabilidad.
A nivel oficial se iniciaron una serie de campañas para concientizar a los turistas y aparecieron funcionarios en la calle que les advierten de sus malos modales, como comer mientras caminan, usar los teléfonos celulares en los medios de transporte, bloquear las calles, etc.
Se han cancelado o reducido una serie de festivales, por el mal comportamiento de los turistas, su “roña” y el des-respeto a la propiedad privada (por caso, el festival Sakura en Fujiyoshida, que atrae unos 200.00 visitantes); se está controlando a los turistas con las cámaras, para evitar que se acumulen y desviar su tráfico; en algunos lugares (Monte Fuji, los puentes de Tokio) se están colocando barreras o cercos para bloquear la acumulación de turistas que buscan sacar fotos; está creciendo el número de atracciones en las que hay que reservar de manera anticipada; etc.
Todo esto “incomoda”, pero no duele. Cuando vamos al bolsillo, muchos de los sitios de interés, castillos, museos, transporte, etc. han comenzado a aplicar una tarifa diferencial a los turistas, que antes no existía (en el caso del castillo Himeji, 150% más; el acceso al Monte Fuji se cuadruplicó y limitó a 4000 personas por día, etc.). Kioto y otras ciudades han incrementado los impuestos a los hoteles de lujo; sacar fotos en calles o a viviendas prohibidas puede derivar en hasta 30 días de cárcel y sacarle una foto a una Maiko (Geisha) sin su permiso, puede derivar en la intervención policial; el impuesto “a la partida” se triplicó a 3.000 yenes (u$s19) y lo que es más significativo, la devolución del IVA que antes tomaba la forma de un descuento inmediato (10% a compras de más de 5.000 yenes), a partir de noviembre deberá realizarse en el aeropuerto (recuerde que los productos no pueden usarse dentro de Japón y deben estar en una bolsa sellada), acreditándose el dinero en una tarjeta de crédito o billetera virtual.
A pesar de que ya no es tan fácil y que posiblemente la situación no mejore, por mil razones Japón seguirá siendo un destino al que vale la pena visitar (en lo personal, seguramente el año que viene me quede unos días).
Claro que la volanta de esta nota, “hagalo ya” no es por esto, sino por lo que es posiblemente el factor más importante para lo que es una mera aspiración, se pueda convertir en una realidad: el valor del yen, o mejor dicho, el poco valor del yen.
El problema con el Yen
El 11 de mayo, Scott Bessent se reunió en Tokio con la “Toto” local, Satsuki Katayama, buscando convencerla de que abandonara su política de vender bonos norteamericanos para apuntalar el yen y controlar la inflación.
No era el único mecanismo, pero lo que hacían los japoneses era comprar yenes y bonos nipones, cuya tasa había llegado por entonces al máximo desde los primeros días de 1997 (2,59%, con el yen en 157,86 por dólar); el rumor del mercado era que en las semanas previas se habían destinado el equivalente a u$s63.500 millones, y de esto una porción importante había correspondido a “treasuries”.
¿Por qué buscaban apuntalar al yen? Básicamente porque Japón depende de las importaciones de energía y alimentos, así que la merma de su moneda se traslada en un incremento de los precios para las empresas y los consumidores, eso que, aunque a los libertarios no les cuadre, llamamos una mayor inflación.
Aquí actúan varios factores. Por un lado, cuestiones estructurales de la propia economía japonesa. El plan económico de la Primer Ministro es visto como algo inflacionario y con una deuda pública de más del 200% del PBI, en una economía que no crece y una población que envejece, la deuda solo apuntaría a seguir creciendo.
A esto podemos sumar que, dado el diferencial de tasas, en los últimos cinco años a nivel global el “Carry Trade” favorito viene siendo tomar dinero en la moneda japonesa para colocarse en otras más fuertes (Real brasileño, Peso colombiano, lira Turca... ¿Recuerda lo que dijimos más arriba sobre los turistas mexicanos siendo quienes más gastan per cápita, en Japón?, lo que deprime al yen.
Durante este tiempo el Banco Central del Japón (BoJ) ha estado recomprando yenes, intentando apuntalar la moneda, pero más allá de algún éxito momentáneo, no han sido capaces de frenar el deterioro.
Finalmente, tenemos la suba de los commodities, en particular la del petróleo, fruto de la guerra entre los EEUU e Irán.
Las acciones de los japoneses preocupan a los yanquis. La de mayo era la tercera visita del “Tio Scott” a Tokio en casi doce meses y todos recordaban el altercado que hacía poco había tenido con Satsuki san durante el Foro de Davos, sin que evidentemente lograra convencerla (los nipones estaban/están atrapados entre que una suba excesiva de la tasa se traslade a precios y una insuficiente, continúe deprimiendo la moneda).
El riesgo es que desde 2019 Japón es el mayor tenedor externo de deuda norteamericana (12% de ese total o títulos por u$s1.143.100 millones; China tiene el 7%) y cuando vende presiona las tasas norteamericanas al alza, lo que demasiado, no le gusta ni le conviene a Donald Trump, especialmente en un año electoral.
Lo que Bessent proponía era que, en lugar de apelar a la venta de deuda norteamericana, simplemente elevara la tasa de referencia del BoJ, con lo cual en teoría se detendría y hasta revertiría el flujo de fondos internacional.
Poco más de un mes más tarde, el 16/17 de junio, el BoJ elevó la tasa del “call rate” no colateralizada de 0,75% a 1%, el máximo desde septiembre de 1995, el máximo en 31 años (el único gobernador de BOJ que votó en disidencia pretendía una tasa de 1.258%).
La renuencia de los japoneses estaba justificada, por un lado, el incremento del costo del dinero golpeaba a los consumidores nipones -sin olvidar que aumenta el peso de la duda estatal- , y por el otro, la suba del 19/22 de diciembre de 0,5% a 0,75% claramente no había tenido los resultados esperados (la tasa de los bonos en 2.02%, el yen en 157.86 por dólar). La previa había sido en julio de 2024 cuando pasó de 0-0,1% a 0,25%.
Lo que claramente tampoco tuvo éxito fue aquella decisión. El 23 del mes pasado el yen se había desplomado a 163,86 por dólar, un mínimo desde octubre de 1985 y la tasa de los títulos a 10 años trepaba el 9 de julio a 2,879%, el máximo desde septiembre de 1996.
La estrategia
La primera señal de lo que estaba por venir la tuvimos a las nueve y media de la mañana del viernes cuando se supo que el Tesoro norteamericano había notificado a sus bancos “amigos” que estaba por intervenir en el mercado del yen.
A las 11:33 durante la reunión del gabinete de los EEUU, en Camp David, Bessent “filtró” una nota en la que se leía “Para hacer; Comprar Yenes Japoneses (JPY); $5-10 bil” (nadie cree que alguien como el necesitara semejante recordatorio, que estuvo sobre la mesa durante toda la reunión).
Poco después el Financial Times informaba que por orden del Tesoro la Fed de Nueva York estaba comprando yenes contra euros a través del ESF (Exchange Stabilization Fund, del Tesoro), mientras que en paralelo el BoJ recompraba su propia moneda por segundo día consecutivo (no está claro si el FIMA, “Foreign and International Monetary Authorities Repo Facility”, estuvo involucrado).
Acá tuvimos dos cosas inusuales: que se avisara de antemano, eliminando el peso del factor sorpresa, y que se apelara a la moneda europea en lugar de los dólares, lo que si bien apuntala al dólar es mucho menos efectivo.
Recordar que la línea de crédito del ESF que se abrió para Argentina en octubre del año pasado era de u$s20.000 millones -más un potencial préstamo de actores privados por otros u$s20.000 millones-, de los cuales el país solo tomó cerca de u$s2.500 millones, que se terminaron de devolver en enero de este año. Así que los u$s5-10,000 millones que dispuso el tesoro para apuntalar el yen “son una nada”.
Su valor viene por otro lado. Si dejamos de lado la operación de 2011 donde por razones humanitarias los países del G7 actuaron de manera coordinada para apuntalar la moneda japonesa después del terremoto y desastre nuclear en Fukuyima, esta era la primera vez en 48 años que el Tesoro Norteamericano intervenía buscando apuntalar la divisa nipona.
La estimación es que el jueves, cuando el yen trepó 2,36% frente al dólar, el BoJ ya había intervenido con el equivalente u$s52,800 millones (un récord histórico), mientras el viernes, cuando la mejora fue bastante más acotada, de 1.23%, lo hizo con entre u$s32-37,000 millones. A esto podemos sumar lo del Tesoro, llevando el total al estratosférico rango de u$s90-u$s100,000 millones. ¿El resultado?, una mejora del 3,69% en la moneda nipona, en dos días (la última vez que tuvimos algo semejante fue el 11 de noviembre, 5,2%, y el 20 de diciembre de 2022, 3,7%).
El domingo en una maniobra de pinzas, el gobierno norteamericano confirmaba la intervención: por un lado, el Secretario del Tesoro, con un tweet en el que además dejaba la puerta abierta a una intervención incluso más significativa apelando al FIMA.
Los treasuries japoneses se encuentran depositados en la FED de Nueva York, lo que permite el empleo del FIMA (este mecanismo de préstamos a una semana contra las propias tenencias, lo conocemos de cuando el año pasado los norteamericanos salieron al rescate del peso argentino), pero aquí hay un límite total de hasta u$s60.000 millones. Lo que pretende Bessent es ampliar ese límite para convertir de hecho a la Fed en el proveedor global de liquidez de última instancia. Por lo pronto los japoneses ya confirmaron que apelaran a este sistema de REPO (así no venden los treasuries)
Por el otro lado tuvimos a un socarrón Donald Trump que apelaba una vez más a su estrategia de minimizar lo que considera importante, afirmando desde el Air Force One: “Japón ha sido muy bueno con nosotros, con la excepción, por supuesto, de Pearl Harbor”, “Querían un poquito de ayuda y siempre estamos ahí para Japón”, “Mas que nada ha sido una demostración de amistad”.
Amigos son los amigos
Mirando hacia atrás, podría pensarse que más que apuntalar el accionar del BoJ, lo que hicieron los norteamericanos fue intentar morigerar su efecto… que la suba del yen no fuese tan abrupta.
Scott Bessent no es un economista y mucho menos un académico, es un trader. Así como muchas veces Donald Trump pareciera manejar el gobierno norteamericano como si fuese uno de sus emprendimientos comerciales, lo vemos a Bessent usando las instituciones económicas norteamericanas como si fuesen algunos de los fondos que solía manejar.
Cuando decidió auxiliar a la Argentina no fue por razones financieras ni económicas -no existía un riesgo de contagio-, sino políticas. Argentina pagó lo que tenía que pagar y el grueso del costo le tocó a los “farmers” norteamericanos (veremos si se lo cobran en la elección de noviembre). Los beneficiados: Trump, Milei/Caputo y los operadores que se habían posicionado adquiriendo títulos argentinos.
La realidad es que es muy difícil determinar cuánto dinero está comprometido en operaciones de “carry trade” que involucren al yen, ya que la mayoría son contratos privados, lejos del ojo del público.
Las estimaciones van a u$s250.000 millones (tomando solo en cuenta los datos del BIS), u$s1.100.000 millones (según TSLombart), u$s4.000.000 millones (si tomamos en cuenta el dinero institucional de las empresas japoneses colocado en el extranjero) a u$s20.000.000 millones (Deutsche Bank y otros). Como sea es una cantidad inmensa, aun cuando nos quedemos con la cifra más conservadora de u$s1.000.000 millones, que involucra tanto a inversores extranjeros como nipones.
Cualquier intervención que se haga sobre el yen debe ser entonces medida, porque si tiene “demasiado éxito” podría forzar a que los que “deben en yenes” tengan que vender abruptamente sus tenencias “occidentales” para cerrar las posiciones abiertas, generando consecuencias que son muy difíciles de prever (esto lo vimos el 5 de agosto de 2024 después de que el BoJ subiera su tasa a 0,25% y el Nikkei se desplomara 12,4%).
No se demore: viaje ya
Los números y las acciones tomadas en estos días son “brutales”, pero la sensación es que estamos hablando de apenas una “curita”. Por lo pronto la tasa de los treasuries norteamericanos a 30 años trepó el viernes pasado a 5,28% anual, esto es el máximo desde junio de 2004 y la de los títulos a 10 años a 4,74%, el máximo desde enero del año pasado.
Es cierto que hubo otros factores por detrás (la decisión de la Fed de no modificar sus tasas, el precio del petróleo, los temores inflacionarios, etc.), pero a pesar de que en estos días la cosa se calmó un poco, es claro que la intervención no sirvió para respaldar la deuda norteamericana.
Una encuesta de Reuters a 60 actores del mercado tomada entre el 31 y el 5 de este mes, dice que el 95% de ellos son escépticos sobre el éxito de las medidas de la semana pasada. Para que haya un cambio se requieren acciones de fondo, por ejemplo, una suba real y significativa de la tasa del BoJ, que ninguno de los dos gobiernos, ni el japonés ni el norteamericano, parecen estar dispuestos a tomar, al menos hasta las elecciones de noviembre. Claro que podemos equivocarnos…
¿Dónde deja esto a quienes quieren y pueden ir a visitar Japón? Tal vez la intervención mancomunada tenga éxito, tal vez no. Tal vez -muy posiblemente- en unas semanas vemos alguna otra acción, pero por lo pronto lo más que hizo es encarecer en un 4% su viaje. Como sea, por las dudas no lo demore, que Japón vale la pena.
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