En una nota publicada el martes 20 de julio en Ambito Financiero, Daniel Artana afirma que los mecanismos adoptados para solucionar la situación planteada por la importación de electrodomésticos brasileños constituyen la «peor opción». En particular, el economista afirma que los acuerdos de restricción voluntaria celebrados entre los productores de heladeras y cocinas de ambos países para reducir los volúmenes exportados hacia la Argentina, son la más perversa de las prácticas proteccionistas. Dicha aseveración no se corresponde con los hechos. La realidad reclama una interpretación más ajustada, desprovista -en la medida de lo posible- de visiones dogmáticas. Plantear la discusión en términos de « proteccionismo si o no» -tal como lo hace Artana- es sencillamente confundir el eje del debate. No es la peor opción para el gobierno. Las medidas adoptadas no deben entenderse como una inclinación hacia el proteccionismo, sino como una intervención puntual del Estado para «nivelar la mesa». En ese sentido, es importante destacar que el sistema de licencias no automáticas está permitido por la Organización Mundial del Comercio (OMC), cuyas reglas rigen el comercio internacional. Por otra parte, Brasil cuenta con un régimen similar -mucho más comprensivo que el argentino, ya que abarca miles de productos- que, sin embargo, no ha sido cuestionado por los exportadores nacionales, puesto que no configura una restricción comercial efectiva. Si el gobierno nacional hubiera optado por aplicar aranceles al comercio con Brasil, se habría dañado fuertemente la consolidación del Mercosur, en tanto los tratados constitutivos del bloque explícitamente los prohíben. De ese modo, se ha adoptado un sistema de licencias que es permitido por la OMC y que ya es aplicado por algunos países de la región. En el caso de los televisores provenientes de la Zona Franca de Manaos, por ejemplo, se ha iniciado una investigación para la aplicación de una salvaguardia, porque la normativa Mercosur permite la utilización de este instrumento para los productos provenientes de zonas francas.
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No es la peor opción para el sector privado. Desde el año pasado la economía argentina ha retomado un sendero de fuerte crecimiento, acompañado por un gran aumento de las importaciones, que generó en ciertos casos puntuales dificultades coyunturales derivadas del aumento inusual de las compras desde Brasil.
También es relevante indicar el hecho de que el fuerte aumento del consumo local generó una importante presión para que las empresas nacionales aumentaran su nivel de producción. En condiciones normales, la adaptación del sector productivo a incrementos de la demanda es más veloz, pero las condiciones de la economía argentina distaban mucho de ser normales luego de la prolongada recesión iniciada en 1998, que se prolongó hasta 2003. Otro problema, no menor, está dado por la restricción crediticia en un contexto de default de deuda del Estado. Es decir que, bajo estas circunstancias, los productores locales necesitan más tiempo del normal para reactivar la producción, tornando necesaria la aplicación de mecanismos puntuales que contemplen esta situación.
El acuerdo entre los sectores privados de la Argentina y Brasil no debe entenderse como una medida de protección, sino que es parte de la estrategia del Mercosur que estamos diseñando, la de la complementación y la especialización industrial. Los acuerdos sectoriales constituyen una herramienta fundamental para la creación de comercio en el mercado ampliado, y es normal que estos acuerdos incluyan, de manera circunstancial y temporaria, restricciones voluntarias a la exportación. No es la peor opción para los consumidores. No necesariamente un acuerdo de esta naturaleza favorece un alza de los precios, como asegura Artana. Y menos aún cuando los cupos negociados representan el nivel actual de consumo y el acuerdo prevé un monitoreo permanente en caso de que así no fuera.
Finalmente, y contra toda evidencia, el autor de la nota a la que aquí aludimos sostiene que las medidas adoptadas ponen de relieve un «retroceso en la consolidación del Mercosur». A propósito, conviene recordar que la integración regional es un proceso: un proceso complejo que demanda acciones concertadas en una diversidad de áreas, y en cuyo marco las discusiones de intercambio de productos industriales son sucesos normales entre socios que comparten relaciones comerciales intensas. Sus frutos se miden en términos de décadas, no de cinco o diez años.
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