25 de enero 2008 - 00:00

¿Anemia o recesión?

¿Cayó EE.UU. en una recesión? Las convulsiones de Wall Street sugieren -con énfasis-que sí. El fervor no es muy distinto del que regía en noviembre, pero las conclusiones no podrían ser más dispares. Lo que hoy se ve negro era, entonces, un cielo límpido, apenas inflamado por una estela de cotizaciones récord. ¿Cambió la realidad o se empañó el cristal con que se mira? Una lectura detenida de los indicadores económicos -que revelan sólo fragmentos de la realidad más reciente y están sujetos a revisión-informa un previsible cuadro de anemia. Sin embargo, el examen no justifica un agravamiento sustantivo del diagnóstico, más allá del estado conocido de debilidad. Para ser un destino inevitable -como escribió George Soros estos días-la recesión se demora más de la cuenta. Ya la curva de rendimientos de los bonos del Tesoro vaticinó el percance a mediados de 2006 y todavía vela por observar su cumplimiento.

En diciembre, las condiciones económicas se deterioraron en 23 de los 50 estados de la Unión, según la compilación exhaustiva de la Fed de Filadelfia. Ese trabajo -que, como se aprecia, captura las dificultades del momento-permite construir lo más parecido a una estimación mensual del PBI estadounidense, casi en tiempo real. ¿Su dictamen? La economía se las arregló para crecer 0,1% en diciembre y 0,5% en el último trimestre de 2007 (2% anualizado). Bajo esa óptica, no es el signo del cangrejo sino la pesadez del caracol lo que mejor define el andar de la macro.

No cabe duda que el muy pobre informe de empleo de diciembre, conocido a los pocos días de comenzar enero, encendió la antorcha de una renovada preocupación. Lo hizo en la Bolsa. También en la Fed. En el National Bureau of Economic Research -la institución no gubernamental encargada de oficializar los puntos de giro del ciclo económico-el comité pertinente dispuso volver a congregarse para escrutar los datos y, llegado el caso, consagrar el inicio formal de una recesión.

Que la economía haya podido esquivar las redes de una trampa recesiva no se debe, por cierto, a la ausencia fortuita de adversidades. Aun antes que la crisis inmobiliaria sentara sus reales, la fuerte apreciación del petróleo inauguró el primer shock que castigó los cimientos de la expansión. Los huracanes vendrían después. Y, trascartón, el eclipse de la bonanza inmobiliaria. De su mano, luego, brotaría la debacle de las hipotecas de baja calidad. La dinámica de una reacción en cadena se confirmó en agosto-setiembre cuando la crisis se propagó, vía una compleja red de derivados en acelerada descomposición, a los confines más diversos de los mercados de crédito. Nada más dañino, por cierto, que el descubrimiento posterior: los riesgos que el modelo de desintermediación había diseminado con profusión, cumpliendo a pie juntillas con los dictados de Basilea, resurgieron -como un bumerán perverso-en el seno de la primerísima línea del sistema bancario. Y es la sensibilidad sobre los bancos lo que gobierna el acendrado pesimismo del día. Se sabe ya que pequeñas y medianas compañías en auge tropiezan en acceder al crédito necesario para fondear sus prospectos de ampliación de negocios. La debilidad del mercado de trabajo de diciembre, por caso, no refleja tanto una pérdida acelerada de puestos de trabajo como un freno en la contratación.

  • Predicamento

  • Es teniendo ese trasfondo presente que la tesis de la recesión gana predicamento. Se dijo: una herramienta sensible de predicción -como la curva de rendimientos-ya había disparado su bengala de alerta aun antes de que estallara la primera desconfianza por los préstamos subprime. Las razones para el pesimismo -en una visión desapasionada-se han multiplicado desde entonces. Y tanto va el cántaro a la fuente, podría pensarse, que al final se rompe. Bajo presión y sin el maná del boom de productividad, es difícil argumentar en contra, hoy en día, de un neto predominio de las chances de una recesión. Pero, como todo choque lento de trenes, el destino no está escrito en piedra.

    La extrema capacidad de resistencia de la economía no debiera dejarse olímpicamente de lado. En agosto último, por caso, la primera fotografía del mercado laboral mostró una clara destrucción de empleo (tan marcada que Janet Yellen, titular de la Fed de San Francisco, abogó sin éxito por gatillar una baja de tasas como respuesta urgente). Las lecturas posteriores, sin embargo, corrigieron el signo inicial del reporte. El comentario viene a cuento porque las solicitudes de subsidio de desocupación -un indicador predictivo de la fortaleza del mercado de trabajo-han sufrido en las dos últimas semanas una impensada reducción. La propia debilidad del gasto de consumo de diciembre -y el fracaso parcial de las ventas navideñas-debe cotejarse con la robustez impresionante de noviembre. Es razonable esperar que un consumidor altamente endeudado se retraiga pero, en forma objetiva, es una decisión que no tomó todavía. Y nada lo ha forzado a hacerlo de prepo. De igual manera, es previsible que los bancos recorten su asistencia crediticia. Pero ni la facilidad con que han recompuesto su capital -licuando a los actuales accionistas-ni la disposición agresiva de la Fed para rebajar sus tasas de interés estaban en los cálculos apenas poco tiempo atrás y ambos tienden un provisorio puente de plata. En los hechos, de las cuatro variables centrales que el NBER considera para emitir un veredicto de recesión, sólo dos exhiben caídas -la producción industrial y los ingresos personales, netos de transferencias-y en ningún caso, pronunciada. Las ventas del comercio y la industria y el empleo todavía contabilizan avances. Si el estímulo fiscal llegase a tiempo, tal como está diseñado en los anuncios previos, los ingresos personales repuntarían. O sea, la realidad es ambigua. La pulseada continúa aunque los pronósticos hayan virado hacia lo sombrío. Pero el resultado efectivo no está definido. Más allá del amago de la Bolsa en tirar la toalla y la desesperación de la Fed por conjurar la situación aun a costa de perder jirones de prestigio.

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