6 de agosto 2004 - 00:00

Apertura económica no debe dejar de lado a "perdedores"

En un país que se ha caracterizado por discutir sobre «pesas y medidas», resulta saludable el debate de ideas. Ese espíritu me inspira a continuar y profundizar el debate público con el doctor Artana que, si bien comenzó con una cuestión puntual referida al Mercosur, deriva ahora hacia temas más medulares, como el grado de apertura de la economía.

Quienes tenemos la responsabilidad sobre la política exterior argentina, procuramos -desde su vertiente comercial- la inserción de nuestros productos en el mercado mundial, conscientes de que cerrar la economía sería un mero reflejo pendular que sólo agravaría nuestros problemas. Sin embargo, mi coincidencia con el argumento central del doctor Artana no implica un acuerdo total con cada uno sus conceptos.

La integración económica es un eje central del programa de gobierno del presidente Kirchner, planteado desde nuestra región y fortaleciendo la institucionalidad del Mercosur para desarrollarla. Como nos interesa una apertura sustentable en el largo plazo, que aporte estabilidad y previsibilidad a la economía, no promovemos una apertura indiscriminada. Para que la apertura sea seria -y entonces sirva para tomar decisiones de inversión y consumo- debe ser estable (si cambia todo el tiempo, nadie la toma en cuenta). Cualquier política que pretenda ser estable, requiere consenso y consistencia. Una apertura abrupta e indiscriminada, como cualquier posición extrema, es muy difícil que genere consensos y sus detractores estarán preparados para revertir el proceso ante la primera dificultad.

De igual modo, una apertura que no guarde consistencia interna y externa, esto es: que no prevea la readecuación productiva de los «perdedores» (que por definición genera la competencia) y que no mantenga coherencia con el resto del programa económico, más temprano que tarde terminará revirtiéndose ante el estallido de esas contradicciones.

El doctor Artana afirma que, «comparado con países de igual tamaño», nuestra economía sigue siendo cerrada en virtud de su promedio arancelario y participación del comercio en el producto
. En el primer caso, un arancel promedio de 14% como el argentino no puede considerarse «alto» para el mundo en desarrollo: India, 31%; Rumania, 29%; México, 17%; Tailandia, 17%; Polonia, 14%; Corea, 12%; Colombia, 12%; Turquía, 10%, por tomar sólo una muestra representativa. En cuanto al «coeficiente de apertura» (exportaciones + importaciones como proporción del PBI), tomar la medición en los '90 no es significativo, dado que el atraso cambiario tiende a «inflar» el producto en dólares, y obviamente la participación del comercio externo aparece subestimada.

• Coeficiente actual

De hecho, actualmente el coeficiente de apertura asciende a 34,3%, un número razonable si se lo compara -por ejemplo- con 31,6% que registra Australia (país con el que compartimos determinantes «naturales» del volumen de comercio, como tamaño poblacional y geográfico, dotación y diversificación de recursos naturales, autoabastecimiento en alimentos y energía, distancia a los centros de consumo mundial) u otros países en desarrollo (Brasil, 25%; Colombia 34%). En segundo término, es tan cierto que la pérdida de empleo industrial que la Argentina registra desde mediados de los '70 no se debe a la apertura, según afirma Artana, como que la apertura no garantiza la recuperación de ese empleo.

Bien reconoce el solvente economista -que por haber tenido responsabilidad de gobierno junto a López Murphy, sabe lo que implica tomar decisiones- que difícilmente los fenómenos económicos y sociales observados sean unicausales.

En tercer lugar, se detiene Artana sobre la conveniencia de un arancel uniforme. Impecable desde un punto de vista teórico (promueve la eficiencia, no distorsivo, inhibe lobbies sectoriales) pero, nuevamente, no es la práctica habitual en el mundo
.

Es verdad que Estados Unidos y la Unión Europea tienen aranceles del orden de 5%. Pero ese promedio esconde escandalosos «picos arancelarios» en productos sensibles (alimentos elaborados, textiles y calzado, por ejemplo), fruto del «escalonamiento» (incrementar el arancel a medida que se avanza en la cadena de valor de un producto) que practican intensivamente estos países, y que los lleva a los mayores niveles de dispersión mundial en términos de estructura arancelaria. Es verdad que Chile cuenta con un arancel «casi» uniforme. Pero atribuir a este factor -e inclusive a toda su política comercial- el éxito económico trasandino de las últimas dos décadas, soslayando la solvencia macroeconómica y seriedad institucional que caracterizó a Chile desde la recuperación de la democracia, parece exagerado. Nosotros no tenemos un arancel uniforme, pero la pertenencia al Mercosur provee «previsibilidad» a nuestra política arancelaria extrazona y limita severamente el accionar de lobbies sectoriales.

Alcanzaría con preguntarles. En definitiva, la apertura no está en discusión. El Mercosur es la plataforma de despliegue de nuestra estrategia de inserción internacional y, así, se ha transformado en una política de Estado, una de las pocas que ostenta nuestro país desde que recuperó la democracia, sobreviviendo a cinco presidentes de diferentes ideologías y banderas partidarias. Mirando la agenda externa del bloque, es difícil catalogar de «cerrado» a un país que promueve activamente el regionalismo abierto como eje central de su política comercial externa, tanto en el ámbito Sur-Sur (Comunidad Andina, México, China, India, Sudáfrica) como en la esfera Norte-Sur (ALCA, Mercosur-Unión Europea).

En un mundo que no tiende hacia el libre comercio -o que lo hace con una lentitud exasperante-, los procesos de integración regional marchan a la vanguardia del proceso de apertura y, aunque no resulten óptimos desde el punto de vista teórico (ya que discriminan contra terceros mercados), constituyen un avance en el sentido correcto (de hecho, reducen el arancel efectivo y mejoran el nivel del acceso de nuestros productos). En el trayecto hacia una apertura definitiva, no debemos rasgarnos las vestiduras porque nos apartemos marginalmente del sendero óptimo teórico, muchas veces inalcanzable por cuestiones de economía política, interna y externa

Por último, tenga la plena seguridad el doctor Artana, y la sociedad en general, que quien hoy es canciller rinde culto a la transparencia de las políticas públicas.

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