El futuro que podemos construir

Opiniones

Debemos animarnos a levantar la voz del sentido común en cada pueblo, ciudad y rincón de nuestra patria.

Nos encontramos inmersos en una crisis impensada que conlleva una gran incertidumbre, aunque pareciera haber una coincidencia generalizada: lo que viene es peor. Sin embargo, también es momento de empezar a levantar la voz sobre algunas certezas y construir desde allí nuestro destino.

Nuestra dirigencia política, sin visión de futuro, nada nuevo ofrece al país. Ya hemos probado de todos los Partidos sin resultados y, más allá de que pareciera que unos enfrentan las distintas crisis mejor que otros, finalmente terminamos cada vez más pobres tanto material como espiritualmente.

Nuestro Estado, tal como lo conocemos, es impotente y aplasta con todo su peso a los que hacen grande el país: a aquellos que con tres, cinco o diez empleados trabajan cada día para crecer, producir y transformar nuestra tierra, sean comerciantes, profesionales independientes, industriales o changarines. De nuestros hermanos más pobres, el Estado se ocupa mal porque confunde subsidio con subsidiariedad y, abrumado, olvida lo más importante: la dignidad de su trabajo. Anula la riqueza de emprender que es la que desata e impulsa el progreso.

Sin embargo, tenemos un país extra ordinario en riqueza, y no solo económica sino también histórica, aunque haya quienes se esfuerzan por mancillarla.

Somos ricos en recursos: tierra productiva, minerales, agua, petróleo y gas, turismo, energías limpias en condiciones naturales únicas en el mundo, conocimiento (con premios nobel incluidos), tecnología, capacidad de generar energía nuclear, etc. Serían insuficientes estas líneas para detallar cada una de nuestras inmensas riquezas.

Y a su vez hay cosas frecuentes en países ordinarios de las que carecemos.

Carecemos de guerras, nos entendemos con nuestros países limítrofes y compartimos con ellos la misma raíz y modo de ser: en cualquier ciudad de Latinoamérica encontramos una Iglesia, la alcaldía o municipalidad en la plaza principal y siempre, en el corazón de cada pueblo, la Virgen que nos ampara y nos une.

Tampoco tenemos conflictos raciales ni religiosos y no hay, como nos quieren vender, una crisis de igualdad, sino de profunda injusticia. Desde 1813 - 150 años antes del famoso discurso de Martin Luther King- en este país comenzábamos a superar la esclavitud inspirados por un profundo espíritu de hombres libres, iguales y sin señorío de unos sobre otros.

Por más que intenten esmerilarla, tenemos identidad, somos hijos de España. Creemos en los valores cristianos (el bien, la belleza, la verdad, la fraternidad, la justicia, la caridad, la solidaridad) y todavía hoy somos millones los que profesamos la Fe.

Somos un pueblo profundamente trabajador, creativo e increíblemente abierto: hemos recibido inmigración de distintos pueblos que han hecho grande a este país y lo han tomado como propio, labrando la tierra, dándole vida y haciéndola productiva. Nuestros abuelos, bisabuelos o padres vinieron pobres a un país que prometía que, con trabajo, uno podía prosperar y ser libre. Y así sucedió. ¿Quién nos quiere ahora enseñar sobre diversidad?

También las ideas de libertad y de progreso son parte de nuestra identidad ¿Qué seríamos sin Sarmiento o Belgrano? Identidad que quedó plasmada en la Constitución a costa de vidas y peleas intestinas en este “belicoso pueblo del Rio de la Plata” que algunos quieren borrar de la historia hablando de Estado laico.

Somos un pueblo libre, que no prohíbe industria lícita alguna, y un país federal aunque hace décadas estemos gobernados como si fuéramos unitarios y la pandemia nos haya mostrado que los problemas del AMBA no son los del resto del país. ¡Abramos los ojos!

Somos muchos los que no aceptamos ideologías impuestas, propias del pensamiento único que establece lo “políticamente correcto”, promovidas por intereses de la “patria financiera”.

En este país no existe una supuesta guerra entre hombres y mujeres. Sufrimos desgarrantes injusticias en esta Argentina que duele, pero sabemos que con la “ideología” no se combate el odio ni la violencia. Menos aún, con la muerte (aborto) y división (género) que nos quieren imponer “ONGs” extranjeras disfrazados de manuales de buenas prácticas.

Somos muchos más los argentinos que queremos simplemente vivir en paz, sin prejuicio de nada ni de nadie, que queremos un país más justo, con trabajo, sin droga en las calles, con familias que puedan crecer sanas, con hijos buenos y felices. Somos mayoría los que nos sentimos sin representación de esta clase política, que impulsa una agenda de pocos, que nada tiene que ver con nuestras vidas.

Es mentira lo que algunos nos quieren hacer creer, y a veces, desanimados creemos: “No tenemos arreglo” o “No tenemos destino”. La impotencia nos la hizo asumir la clase política a fuerza de sus fracasos, que hicimos nuestros. La misma élite que hoy nos quiere enseñar qué se puede y qué no, cómo pensar, cómo soñar, e incluso, qué creer. Aquellos que se quieren meter en nuestras familias, en la educación moral de nuestros hijos; la misma dirigencia que a cambio de prebendas o simplemente por ignorancia quiere terminar con la cultura y la historia del país.

Nos han hecho creer que tenemos que dejar de creer que este país puede ser potencia, o tan siquiera, un país más justo.

Sin embargo ¿Recuerdan cuánto tiempo tardó San Martin en hacer su campaña libertadora? En 5 años libertó América sin necesidad de impuestos a la riqueza, lluvia de inversiones o expropiaciones salvadoras. Las inversiones fueron las propias. Logró tener un proyecto convocante y de futuro y dio su ejemplo y su vida por eso. Lo hizo con razón y corazón, en “bolas y a los gritos, como nuestros hermanos los indios”. Y formó la máquina guerrera más potente en el mundo (sí, del mundo) al superar todos los registros de la época.

Frente a la incertidumbre del futuro, hay una certeza que nos convoca: podemos ser artífices de nuestro propio destino.

Somos una mayoría fuerte, grande, cansada, harta de que nos roben el futuro y la vida de nuestros hijos, que necesita parir algo distinto para recuperar aquella grandeza de la que fuimos capaces.

Para eso, debemos animarnos a levantar la voz del sentido común en cada pueblo, ciudad y rincón de nuestra patria. Allí debemos recuperar la agenda de un proyecto convocante que se ocupe de la Argentina real.

Basta ya del conformismo sumiso o de la resignación sin pelea. Ya es hora. Argentina lo vale ¿Acaso de eso dudamos?

Ex director de ADA (Autoridad del Agua de la provincia de Buenos Aires) y ex jefe de Gabinete del organismo provincial para el Desarrollo Sostenible (OPDS)

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