29 de julio 2004 - 00:00

Carrió y el acoso moral

La fascinación mediática que ejerce la señora Elisa Carrió no debería atenuar sus densos raptos de impunidad conceptual, que, sin embargo, pueden pasar -en medio de una alarmante desertificación del intelecto- por sabiduría. Algunos medios de hoy, por ejemplo, recogen sus celebrados desbordes acerca de la humillación y el maltrato cotidiano que practica el presidente Kirchner con sus colaboradores, tal como lo denunció el maltratado Gustavo Béliz. Entonces, la señora Carrió pretende explicar el perverso comportamiento del terrible Kirchner a través de la figura del «acoso moral». Y recurre al «libro de una francesa, Jean François Rodríguez» (ver Contratapa de Ambito Financiero del miércoles 28 de julio). Y se luce con la explicación honda de su formidable disparate. En realidad, «la francesa» se llama Marie-France Hirigoyen, es psiquiatra y «victimóloga», y es autora del exitoso, influyente y muy frágil «Le harcèlement moral», publicado en 1998 y oportunamente consumido con devoción.

Sin embargo, si Carrió leyera con precisión a la Hirigoyen, podría incomodarse con la siguiente afirmación: «Il est posible de detruire quelqu' un juste avec des mots, des regards, de sous-entendus: cela se nomme violence perverse ou harcelément moral». Es decir, según la Hirigoyen, se puede destruir a alguien con las palabras y los sobreentendidos. Que es exactamente un estilo lícito de actuación político-mediática donde se destaca la señora Carrió.

Por lo tanto -según esta línea de razonamiento-, es violencia perversa y hostigamiento moral lo que practica según la teoría de Hirigoyen- la señora Carrió con el acosado Kirchner.

• Imperdonable

En realidad, ocurre que la señora Carrió trata conceptualmente a la bartola a Marie-France Hirigoyen como trata, lo peor, a Hanna Arendt, a quien utiliza para amparar a su grupo político, y esto sí que es intelectualmente imperdonable. Sin embargo, en medio de la carencia, queda bien recurrir a la Arendt. Trátase de una baluarte del pensamiento antitotalitario que fuera doblemente iniciada por el maestro Heidegger, a quien, en cambio, no se puede mencionar sin previa justificación. Citar, inclusive, a Heidegger queda mal, incita a la desconfianza.

Uno de los aportes conceptuales más marketineros de la Arendt remite a su asfixiante idea acerca del riesgo de «banalización del mal». (En su tiempo, lo peor, el mal lo representaba el nazismo.) Para Carrió, en cambio, el mal se presenta con formato de corrupción, y por lo tanto, propone un nuevo «contrato moral». Y aquí sí puede rastrearse alguna indeseable influencia de la Arendt, ya que Carrió insiste en el hábito filosófico de banalizar el mal, aunque también banaliza el ejercicio de la acción política. Sin embargo, en medio del desierto, Carrió puede traficar intelecto con una información de solapas y quedar como una sabia, ante la fascinación impotente de los culturalmente desertificados.

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