8 de julio 2005 - 00:00

Como Atocha

El 11 de setiembre marcó el principio de una época,esto es, de las condiciones del mundo y de las prioridades a tener en cuenta. Cuando terminó la Guerra Fría, Occidente se quedó sin un enemigo único, visible, cuya derrota podía verificarse en la implosión de la Unión Soviética y el fin del comunismo como alternativa al capitalismo.

Disfrutamos de diez años sin un enemigo planetario y las prioridades pasaron a ser la globalización económica y las integraciones continentales. El atentado a las Torres Gemelas retrotrajo la situación a un esquema de prioridades encabezado de nuevo por la seguridad, no más por el desarrollo.

• Especulación

El primer golpe fue a los propios EE.UU. El segundo fue a un aliado en Irak, con el atentado de Atocha. El tercero, a otro aliado, ayer en Londres. La mayoría de los estados del mundo parecen tratar de permanecer afuera, como no vinculados al conflicto. Sus cancillerías especulan que, como esos países no participaron en Irak, el conflicto no se extenderá a ellos.

Pero Irak, acierto o error, según se mire, no es la causa profunda de esta guerra, que reside en otra parte, y corremos el peligro de terminar como el poema que se atribuye a Brecht: «Pero ya es tarde: ahora vienen por mí». La única manera de combatir eficazmente a los terrorismos es privarlos de refugios, de santuarios, de países en los que sus miembros e instalaciones puedan mimetizarse con la población en general, que los tolera.

Lo que hoy está faltando es celebrar un compromiso indestructible con los sectores moderados y convivientes de los estados no occidentales a donde los terroristas regresan y subsisten escondidos hasta la siguiente oportunidad. Son esos sectores los grandes ausentes del cuadro, y ningún periodista corre a entrevistar a los líderes sociales y religiosos de esas sociedades para que se pronuncien públicamente contra el terrorismo. En los próximos días se repetirá el desfile de condenas provenientes de cientos y cientos de dirigentes y figuras representativas dentro del mundo Occidental, pero muy pocas, si alguna, de sus similares de otras culturas. Si nosotros fuimos y seguimos siendo capaces de erradicar a nuestros propios fanáticos, resulta legítimo reclamarles que ellos hagan lo propio con los suyos.

Dejá tu comentario

Te puede interesar