Ucrania, el mundo y Argentina en dos planos de análisis

En el corto plazo, el acontecimiento militar en el norte de Europa ya se ha agregado a nuestra agenda propia, que contenía macroeconomía desequilibrada, indicadores productivos mediocres desde hace años, negociaciones con el FMI ya en la última instancia y problemas sociales.

Un edificio destruido en Ucrania tras la invasión rusa 

Un edificio destruido en Ucrania tras la invasión rusa 

Télam

Los acontecimientos en Ucrania (que no solo involucran a Rusia sino también a Belarus) podrían estar agregando un fuerte nuevo eslabón al formación de un nuevo sistema de alianzas mundial. Ya hace unos meses el presidente Biden dividía al mundo entre democracias y autocracias.

Mientras, a la vez, impactan en la coyuntura.

Hay, pues, dos planos marcados de influencia de tamaña crisis.

En el corto plazo, el acontecimiento militar en el norte de Europa ya se ha agregado a nuestra agenda propia (que incluía macroeconomía desequilibrada, indicadores productivos mediocres desde hace años, negociaciones con el FMI ya en la última instancia y problemas sociales). Como para recordarnos que lo que pasa más allá de nuestras fronteras no ocurre en realidad afuera y que ya no hay diferencia entre lejos y cerca en el mundo de hoy, estamos ya desde hace días midiendo la influencia de aquella guerra en nuestra coyuntura.

Podemos, así, hacer cuentas en relación al alza de precios de commodities agropecuarios que puede permitirle a Argentina cobrar más por tonelada exportada aun cuando la producción está afectada por el clima. Aunque a ello debemos tamizarlo porque también suben los precios de la energía, que Argentina debe importar y que había estado consiguiendo a precios muy ventajosos hasta hace poco. Y, a la vez, podemos preguntarnos -como cada vez que ocurren estas- si no se reiniciarán las condiciones para una discusión política (poco recomendable) entre la política y la producción.

Todo, además, agrega elementos en el problema de los subsidios a la energía y el combustible, que pueden quedar fuera de la reducción esperada si suben los costos locales por las cotizaciones externas. A lo que, adicionalmente, podemos añadir que el problema no se remite solo a la Argentina, sino a la negociación con el Fondo Monetario Internacional que no solo deberá acordar con el Gobierno un programa (que se espera incluya esa ahora dificultada baja de subsidios) sino que periódicamente acudirá a la revisión del cumplimiento de lo que se acuerde a partir de la primera firma.

Y -como si fuese poco- podemos preguntarnos también si los precios internacionales hacia arriba, además, generarán una adicional presión al alza de la inflación.

Pero hay otro punto de análisis, menos coyuntural, al que podemos acudir.

Los movimientos geopolíticos están marcando nuevas condiciones sobre la economía internacional.

Ahora, ante la avanzada en Ucrania, hemos visto que EEUU, el Reino Unido y la UE han reaccionado con sanciones económicas contra las acciones militares de Rusia.

Pero esto no es nuevo: la geopolítica acudiendo a la economía es algo que venimos viendo desde hace un tiempo ya. Empezando por las controversias entre Estados Unidos y China, pero advirtiendo que aquellas se completaron por fricciones ente China y la Unión Europea (que detuvo el avance de un acuerdo bilateral de protección de inversiones), o del gigante asiático con Australia (cuyas exportaciones a China fueron restringidas por temas políticos). A lo que debe agregarse aquella reformulación del NAFTA promovida por el entonces presidente Trump, y el Brexit que no solo supuso la salida del Reino Unido de la Unión sino la conformación de una política de “Global Britain” que está llevando al Reino Unido a ser el país que en los últimos 18 meses más tratados de libre comercio celebró en el planeta con nuevos socios (y no ya en la UE). Además, puede darse cuenta del proyecto AUKUS (Australia, Reino Unido y EEUU) que alteró la convivencia en el Pacífico, de la aparición de la discusión ambiental en la negociación entre Mercosur y Unión Europea, de la estratégica puesta en marcha de la más grande zona de libre comercio en el mundo en Asia (RCEP) y del pacto de hace algunos meses entre China y Rusia para abastecimiento entre los dos países.

Algo está ocurriendo en la formación de nuevos ejes geopolíticos. Y tiene relevante impacto en la economía internacional.

Lo atractivo de ello es que, a diferencia de lo que ocurría en el planeta en el siglo XX, además hay ahora una realidad paralela adicional, en el ámbito de la economía: ocurre que muchas empresas operan hoy a través de las llamadas nuevas geografías digitales (bien distintas de las físicas, y dentro de las cuales más que geopolítica hay una nueva economía de los intangibles como principal motor de producción). Internet se ha convertido en un nuevo continente que abandonó la vieja función de (meramente) permitirnos acceder a contenido y se transformó en un espacio en el que se negocia, se decide invertir, se forma conocimiento económico, se compra y vede, cobra y paga; y se activan alianzas entre empresas (las “global innovation networks” que refiere la WIPO). Y hasta se genera el telecommuting que grafica Richard Baldwin.

¿Cómo se conjuga la vieja realidad del poder político en un territorio y la influencia regional con una nueva economía supraterritorial?

Mientras, y por ello, la globalidad económica sigue firme. En 2021 el comercio internacional entre todos los países llegó al récord histórico de 28 billones de dólares y el stock de inversión extranjera directa operando en los países superó los 41 billones de dólares (también record); lo que muestra que esa economía global (cada vez más amparada en la tecnología supranacional) avanza mientras la política y la geopolítica hacen su juego.

¿Cómo convivirán ambas?

La realidad tradicional muestra, por un lado, en Ucrania, avances en el territorio como manifestación de poder; pero -por el otro- la nueva economía exhibe empresas en la nube y consumidores planetarios.

Se abre un inédito espacio entre ellas (ambas realidades) de aquí en adelante.

Es posible que un punto de encuentro entre ellas sea la generación de nuevas alianzas entre países que organicen sus condiciones de desarrollo de la nueva economía en base a parámetros comunes (dentro de esas alianzas). Y que el mundo tienda a conformar agrupamientos de países según sus modelos en materia de derechos individuales, autonomía empresaria, respeto de contratos, apertura económica, democracia política, derechos humanos, estado de derecho.

Algunos por un lado, y otros por el otro.

Y que ello consecuentemente lleve a países como el nuestro a la necesidad de ejercer algún esfuerzo diplomático mayor que el que se nos ha requerido hasta ahora.

La internacionalidad económica es difícil de revertir. Podrá haber en adelante grupos de países y regiones en comunidades internacionales, ejes de poder, fuerzas de integración de un lado y de otro, alianzas estratégicas suprafronterizas; pero las economías nacionales aisladas ya no pueden ser autosuficientes por razones tecnológicas, de demanda, de globalización del consumidor y de escala.

Nada, por ello, ocurre lejos.

Por un lado podemos hacer nuestras cuentas sobre el impacto en Argentina, el corto plazo, de la invasión Rusa en Ucrania. Pero, por el otro, conviene empezar a pensar en la futura acción argentina ante un nuevo escenario inminente, un mapa complejo que integrará la nueva economía global, indetenible, con desafíos geopolíticos.

Lo que requerirá una nueva agudeza diplomática e internacional.

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