14 de enero 2005 - 00:00

Consejo de Seguridad: lo que vale pertenecer

En una nota publicada hace algunos días desde estas mismas columnas, mi amigo Andrés Cisneros se pronuncia -emocionadamentea favor de apoyar la candidatura de Brasil a miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Yo, confieso, no creo que sea cuestión de oponerse, o no, a ella. Aspiro a un país que sea capaz de, en cambio, ser también candidato a ese importantísimo asiento. Para mí, en esto está en juego nuestro «interés nacional». Alternativamente, aspiro a que un eventual asiento «permanente» o « renovable por cuatro años» o similar, sea compartido por la Argentina con Brasil, país con el que hemos tenido una alternancia histórica constante en materia de presencia en el Consejo de Seguridad, desde su mismo nacimiento. Y, como Carlos Ortiz de Rozas, no veo tampoco por qué no podría incluirse asimismo a algún otro país de la región que también tuviera vocación de «rotar». Pero ésta no es ciertamente la posición oficial argentina. Por ahora al menos, ella es «solamente apoyamos el aumento de nuevos miembros no permanentes». Bien distinto.

Con todo, no creo que sea momento aún para la polémica. Destaco, sin embargo, que las cartas -no excluyentesque ahora están sobre la mesa son las del informe del Grupo de Alto Nivel presentado el 2 de diciembre de este año. (Asamblea General, A/ 59/565).

Me gustaría, sí, que se comprendiera bien todo lo que en esta conversación hay efectivamente en juego.

• Un enorme privilegio

Los actuales miembros permanentes del Consejo de Seguridad tienen derecho de veto respecto de la agenda más delicada y sensible del mundo, la que tiene que ver con la paz y seguridad internacionales. Aparentemente los nuevos no lo tendrían. Pero sí estarían -permanente y constantementeinvolucrados en una conversación donde se puede dar y pedir. Siempre. Por ello, el cargo es un privilegio que tiene, además, un importante « leverage»
propio.

Hace algunos años, desde «La Prensa», llamé la atención acerca de otras ventajas importantísimas que se derivan del asiento permanente en el Consejo de Seguridad. Volveré a hacerlo.

En momentos en que la comunidad internacional se apresta a debatir intensamente acerca de la posible reforma de la composición actual del Consejo, es importante destacar que esa presencia se extiende mucho mas allá de su propio ámbito e inunda, en rigor, a la ONU toda.

Esto es así porque genera un verdadero efecto cascada que se proyecta sobre los más variados rincones de la organización.

Los miembros permanentes, de hecho, están en todas partes y ocupan todos los cargos posibles e imaginables de la organización. Sin empachos, ni restricciones o fronteras.

Sus respectivas «tasas de presencia y reelección» en los más diversos cargos, aunque poco conocidas, confirman claramente la situación apuntada. Alguna vez -no hace mucho-las calculamos específicamente en un extenso trabajo que se transformó en documento de las Naciones Unidas. (Documento A/ 49/ 965.) Lo que sigue, se basa en el mismo.

• La situación

En la influyente Comisión de Cuotas, los miembros permanentes tienen una tasa de presencia y reelección de 70%, contra una de 48% de los demás. En la apetecida Comisión de Derecho Internacional, de 100%, contra 10%. En la Comisión Consultiva en Asuntos Administrativos y de Presupuesto, de 70%, contra una de 41%, para todos los demás.

Los miembros permanentes, por lo demás, están siempre presentes en el Comité Científico de la ONU para el estudio de las Radiaciones Atómicas y en la Comisión sobre la Utilización del Espacio Ultraterrestre con fines pacíficos.

En el importantísimo Comité Especial de Operaciones para el Mantenimiento de la Paz, la misma situación; los miembros permanentes han sido siempre 5 de sus 34 miembros.

En la influyente Dependencia Común de Inspección, ellos tienen 5 de sus 11 miembros.

Más aún, en la Comisión para el Derecho Mercantil, en el Comité Consultivo sobre el Desarme, en el Comité Especial de la Carta, en el Comité de Información, en el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en el Comité de Derechos Humanos y hasta en el Comité de Relaciones con el País Anfitrión, ocurre lo mismo. Ellos tienen, sin ningún disimulo, 100% de presencia. Como si ello debiera necesariamente ser así. Eso está --ciertamente-dramáticamente lejos de la situación del resto de la membresía.

• El ámbito del Consejo

Los miembros permanentes han estado siempre en su seno. El resto de la membresía -en promedio-apenas 39% de las veces. La misma historia, entonces.

La situación es prácticamente igual en la Comisión de Estadística, en la Comisión de Población, en la Comisión de Derechos Humanos-Ex Representante

Permanente de la República Argentina ante la ONU y en la Comisión de Empresas Transnacionales. En la Comisión de Desarrollo Social, ellos estuvieron 80% de las veces, contra sólo 29% de los demás, o sea de los no permanentes. Algo parecido viene ocurriendo en el Comité de Programa y Coordinación, en el Comité de Estupefacientes, en la Comisión de Asentamientos Humanos y en la Comisión de la Condición Jurídica de la Mujer. Por doquier, entonces.

• La Corte Internacional

En la propia y trascendental Corte Internacional de Justicia, sin que nada así lo imponga en el plano del derecho, siempre están sentados juristas provenientes de todos los países miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Otra «yapa». Sin excepciones.

Con la importancia de la institución y lo difícil que resulta el acceso a ella para los juristas provenientes de los demás países, lo que acontece nos exime -obviamente-de comentarios.

• Un desequilibrio casi total

Como si lo anterior fuera poco, hay ciertamente mucho más.

Los miembros permanentes están sentados --siempreen la Organización Internacional de Energía Atómica. Y -excepto Rusia-en la Organización para la Agricultura y la Alimentación. Además, en la Organización Marítima Internacional, en el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia y en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Una inocultable constante de influyente presencia.

Algo muy parecido ocurre con la Unión Internacional para las Telecomunicaciones, la Organización Meteorológica Mundial, la Organización Mundial de la Salud y la Unión Postal Universal. Más de lo mismo.

De todo la anterior se desprende, con meridiana claridad, que acceder a un asiento permanente en el Consejo de Seguridad, y hasta la opción de poder compartirlo en eventuales esquemas de
rota ción, es un privilegio con consecuencias trascendentales. Es entrar en una suerte de «categoría» distinta. Antidemocrática, quizá. Pero bien diferente, por privilegiada.

Dejar pasar una oportunidad para ingresar al Consejo en ese carácter, si se concreta, sería, de alguna manera, elegir la postergación. Y ceder posiciones de liderazgo, renunciando hasta a tratar de compartirlas. La membresía permanente en el Consejo de Seguridad importa --reiterono solamente poder ingresar al grupo selecto que tiene en su poder el timón mismo de la agenda de paz y seguridad internacional. También una presencia constante y gravitante en todos y cada uno de los otros rincones de los órganos y mecanismos multilaterales de las Naciones Unidas.

De allí el enorme interés que la mera posibilidad de ese acceso suscita en otros países que la procuran prioritariamente. Sin descanso, ni concesiones.

Ojalá que algunos de nuestros responsables que en su momento miraran el tema con una suerte de pasiva indiferencia, ahora lo comprendan. Antes de que sea irremediablemente tarde. Con la firmeza de quien camina seguro, desde que -casi siempre-el acento y la conducta son lo que verdaderamente persuade. Y, por favor, con educación.

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