Vacunas: sálvese quien pueda

Opiniones

Tres de cada cuatro dosis de vacunas de Pfizer están comprometidas mediante acuerdos confidenciales y secretos firmados por los países de altos ingresos, dejando una porción muy pequeña de las dosis para los países en desarrollo.

Hace dos meses, Pfizer y BioNTech anunciaron un acuerdo para suministrar hasta 40 millones de dosis de su vacuna Covid-19 al COVAX (el Fondo de Acceso Global para Vacunas COVID-19). El mecanismo COVAX se creó con el objetivo de evitar una desigual distribución de vacunas, y funciona a través de un sistema de financiación que permite que 92 naciones con economías de ingresos bajos y medios tengan acceso a las vacunas, al menos para el 20% de su población. O sea, magro, con gusto a poco, pero aunque sea es algo.

Para lo que implicaría una lectura ligera, podría hasta parecer un número cuantitativamente relevante. Sin embargo, corresponde solo al 2% de las dosis (de un total de 2.000 millones) comprometidas en los acuerdos alcanzados por las mismas para 2021 y 2022. La respuesta a este escenario donde reinan las inequidades es sencilla: tres de cada cuatro dosis de vacunas de Pfizer están comprometidas mediante acuerdos confidenciales y secretos firmados por los países de altos ingresos, dejando una porción muy pequeña de las dosis para los países en desarrollo y las organizaciones humanitarias.

¿Sería utópico que las empresas compartan su tecnología para que todas las vacunas eficaces se puedan producir en cantidades adecuadas, y de este modo poder satisfacer la necesidad global, independientemente de las cuestiones de propiedad intelectual? Sí. ¿Es utópico pensar que se pueden subscribir acuerdos para que se establezcan los precios de las vacunas al costo de producción? Sí. ¿Es utópico soñar con que se trabaje redobladamente para que las vacunas puedan ser útiles en países donde es imposible mantener la cadena de frío? Sí. Pandemia, aniquilación de la humanidad (o póngale el nombre de la catástrofe que usted desee), nada cambia la puja de intereses inter-estatal y lógica de la acumulación a como dé lugar. ¿Está mal? Como siempre, es una discusión filosófica/ideológica sobre el sistema global que nos gobierna.

Lo que si podemos discutir es si Pfizer debe devolverle algo a la sociedad después de recibir una subvención de 375 millones de dólares del Gobierno alemán a través de su socio BioNTech, y un préstamo preferencial de 100 millones de euros por parte del Banco Europeo de Inversiones. Y ya no estamos hablando del repensar la historia de los inequitativos procesos de producción, donde se evidencian solo las migajas del efecto derrame de la distribución de vacunas. ¿Investigación y desarrollo con recursos propios? Porque no, si la mayoría de las empresas farmacéuticas son enormemente ricas y rentables. Y esperan ganar mucho más luego de esta gran crisis sanitaria global. Los Estados tienen bastantes problemas para hacer beneficencia con ellas. Pero bueno, estamos en pandemia y la ‘necesidad tiene cara de hereje’.

Un claro ejemplo es Israel, que ya ha inoculado a su mayor parte de la población; mientras que por el contrario, en Gaza y Cisjordania las dosis de la Sputnik y Moderna todavía se cuentan de a miles. O sea, hay 60 veces más probabilidades de ser vacunado en Israel que en Palestina. Y se sabe que en pacientes que ya sufren afecciones subyacentes como diabetes u otras enfermedades crónicas que no pueden ser tratadas de manera acorde por falta de recursos – como ocurre en diversas áreas desfavorecidas del mundo -, la letalidad se potencia.

Por supuesto, bajo este contexto la dinámica geopolítica también se ha potenciado a niveles más que interesantes: es que la pandemia ha generado un punto de inflexión para con los reacomodamientos estratégicos, sobre todo de las grandes potencias con ‘poder de fuego’ a nivel internacional. En este sentido, China, Rusia e India ya están poniendo vacunas a disposición de los países con los que quieren reforzar sus relaciones, a pesar de sus propias necesidades internas. Esta diplomacia de las vacunas llega lejos y más allá de Europa: se han observado en varios periódicos serbios que "presidentes como Putin están salvando a Serbia". China, por su parte, estira sus tentáculos a lo largo de su amplia Ruta de la Seda de la Salud. En el caso de la India, está enviando dosis gratuitas a Nepal, Bangladesh, Birmania, las Islas Maldivas, Sri Lanka, las Islas Seychelles y Afganistán. El propio Ministro de Asuntos Exteriores de India usa habitualmente el lema: "Actuar en el este. Actuar con rapidez".

Emmanuel Macron fue claro en este sentido: “Europa y Estados Unidos deberían asignar urgentemente hasta el 5% de sus suministros actuales de vacunas a los países en vías de desarrollo; de no ser así, China y Rusia ya se han ofrecido a llenar ese vacío”. Y este tema no es menor en nuestra región. En un mundo multipolar y con Estados de enorme poder en términos políticos, económicos y militares denominados ‘no occidentales’, las posibilidades de inoculación exceden al viejo paradigma que imponía la obligatoriedad de recurrir inevitablemente a la ayuda que pudieran proveer las otras ‘democracias capitalistas’ bajo el ala de la Doctrina Monroe.

Más allá de los tecnicismos morales, políticos y económicos, el escenario descripto conllevará, casi inevitablemente, a generar un boomerang sanitario que, como ocurre en otras áreas de la vida, las elites y los afortunados ciudadanos de los países más desarrollados a la corta o la larga también se verán afectados en términos de la salud pública de sus propias jurisdicciones. Es sabido que a la falta de recursos económicos y herramientas geopolíticas para la compra de las vacunas producidas oligopólicamente, los dilemas del subdesarrollo, de los “Estados Fallidos” en toda la amplitud del término, obstruyen la asistencia a las poblaciones más vulnerables (inseguridad, falta de transporte e infraestructura logística, inoperancia de los sistemas de salud, agua y saneamiento, todo tipo de Vacunagates, etc.). ¿Y los pobres de los países desarrollados? Suelen no ser tan pobres como los miembros del ‘planeta miseria’ que abunda en los mares del subdesarrollo; pero además, como señalara en su momento el economista griego Arghiri Emmanuel, la falta de solidaridad intra-clase se potencia con la lejanía geográfica y cultural. O sea, el pensamiento podría ser: “Si mi país tiene suficientes vacunas, por más que me llegué más tarde a mí porque soy pobre, en algún momento me tocará mi turno para vacunarme”.

Volviendo al dilema ‘incluyente’, como ocurre en las cuestiones de seguridad inter-clasista (donde vemos a las clases acomodadas refugiadas detrás de sus embelesados barrios cerrados, minimizando el contacto con la pobreza creciente), si la mayoría de los países de bajos ingresos continúan con pocas posibilidades de vacunarse contra el Covid-19 en 2021, el virus podría seguir mutando y propagándose a través de nuevas cepas, haciendo inefectivas muchas de las actuales vacunas en aplicación y desarrollo. Y una vez más, todos los Estados – y sus poblaciones - serían perjudicados, con más muertes y otra gran crisis económica (esto último es lo que a muchos más les importa).

¿Evaluará entonces Canadá el argumento de la autoconservación, y donará algo de su excedente de vacunas – cuyas dosis adquiridas multiplican por cinco a su propia población? Porque al asegurarte de que otros países también tengan acceso a la vacuna, estaría garantizando gran parte el éxito sustentable de la batalla contra el Covid-19. Pero ello es difícil. Porque por ahora, con nuestras mentes – y las de las elites dirigentes - encorsetadas en la lógica del individualismo, seguramente continuaremos viviendo bajo el reino cortoplacista del sálvense quien pueda.

(*) Analista Internacional. Twitter: @Cafudiego

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