CUENTOS DE LA PANDEMIA VIII: "La tormenta"

Opiniones

Morfando mañana, tarde, noche y madrugada, resuelta a esperar el lento transcurrir de la vida. Cerré los ojos, apreté los párpados y, repentinamente, todo cambió de color.

CUENTOS DE LA PANDEMIA es una sección de Ambito.com donde se publican cuentos breves, historias, relatos, crónicas o ensayos de ficción, vinculados a la pandemia del coronavirus Covid-19.

Ya venía mal. La muerte de mamá el año anterior me había embarcado barranca abajo. La soledad fatal y el estrés sin sentido, hacía lo propio.

Había abandonado la ofi. Mi socia, Julieta, me mandaba mensajeros con flores o bombones y, de paso, me sacaba alguna firma. No había caso, nada me importaba ya. Prozac y tele. Si estaba viva era por empatía con esos gestos. Y por Manuel, mi hijo. En el fondo de alguna célula despierta de mi anatomía sentía que no podía hacerle eso al nene. Y, sin embargo, se lo estaba haciendo.

Ahora, encima, el barbijo me asfixiaba. Mi encierro decretado de antemano se había enardecido con el asilamiento obligatorio. Cuando salía a la calle, para ir al chino o a la carnicería, sufría ataques de pánico. En esas ocasiones, Clonazepam y las facturas eran lo único que me calmaba. En dos meses aumenté cinco kilos. Estaba rolluda, panzona y culona. Un asco. Las tetas se me habían caído de golpe. Como las ganas de pelearla.

Manuel no me aguantaba, pobre. Ni yo misma lo hacía. Pero no se iba. Así de leales éramos. No tenía un compañero de vida, pero tenía a Manuel. Y no lograba valorarlo. Un día insistió en sacarme a caminar al parque Lezama y solo accedí porque lo vi destrozado. Fuimos, tomados del brazo, desde el museo histórico hasta la estatua de Pedro de Mendoza y le pedí regresar. No había sido tan grave. Con él podía salir. Sola ni en pedo.

Empezó a meterme, sin que me diera cuenta, una rutinita. Caminata todos los lunes y jueves a la mañana por el parque. Ampliamos el trayecto. De Pedro de Mendoza nos metíamos en el pasillo de Rómulo y Remo y de ahí para abajo hasta la calesita. De vez en cuando nos sentábamos en un banco y mirábamos a las palomas que esperaban a sus viejitos sin darse por enteradas de la cuarentena. Una mañana me subió a la calesita y sentí el viento fresco de mi niñez resbalando sobre mi rostro. Junto con la sal de mis lágrimas. Lágrimas, esta vez, no de angustia. De nostalgia.

Cuando Manuel no estaba, mi rito seguía consumiendo series pedorras, novelas colombianas y Rial. Harinas y Coca Cola. Antidepresivos o ansiolíticos, según ninguna regla.

Solo quería que el tiempo pasara. Y que Dios se apiadara de mí alivianándole la tarea a Manuel, haciéndome el sufrimiento perpetuo aunque fuera un poco más llevadero. Pero ni diosito ni mi virgencita parecían prestarme atención. Con tantos quilombos en el mundo, guerras, pandemias o hambrunas, lo mío era una nadería.

Seguí morfando mañana, tarde, noche y madrugada, resuelta a esperar el lento transcurrir de la vida anhelando, tal vez, mechar por alguna hendija distraída alguna mueca levemente digna en el medio de esa derrota cotidiana e inevitable que eran mis días. Pero no lo lograba. Salvo por las caminatas con Manuel, alguna caricia de Julieta o alguna comidita que preparaba mi nuera, el llanto era mi única verdad.

El tiempo fue pasando. Muy despacio. Pero no sanó las heridas.

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Cuentos de la Pandemia VIII: La tormenta (Ilustración  Nadia Isoardi)

Cuentos de la Pandemia VIII: La tormenta (Ilustración Nadia Isoardi)

Cada sol que moría en el horizonte era un chorrito de alcohol que alimentaba el fuego. No acertaba un pacto con la diaria, no existía conciliación con lo nimio, no había tregua posible con el metro cuadrado que me rodeaba.

Manuel, además, estaba trabajando. Era heladero en Calabria de Barracas. El de Montes de Oca y Olavarría. De todos modos, plata no nos faltaba pero el pibe estaba bien criado y quería tener lo suyo. Lorena, mi nuera, me fue haciendo bastante compañía e intentaba, vanamente, cortarme mis largos bajonazos. Cocinaba rico la pendeja. Pero yo no me lo permitía disfrutar.

Me acordaba de los pasillos de tierra, de los parques de diversiones gratuitos y de los hospitales públicos de mi niñez y mi adolescencia. Repasaba, una y otra vez, la larga agonía de Roberto en el hospital Rivadavia. El papá de Manuel, había sido mi anteúltimo gran amor. Su muerte temprana aún me seguía desgarrando las entrañas.

Manuel, gracias a Dios, no tuvo que padecer penurias o escasez. Le había podido dar un presente afincado en una zona de confort por la cual yo ya no era imprescindible. Al contrario, a esta altura, resultaba totalmente prescindente. Es más, entendí que mi paso al costado ya no era una opción. Era una urgencia.

Había llegado el final. Mi final.

Lo resolví y comencé a planearlo. Tampoco quería que fuera un final intrascendente. Habría carta. Pero antes debía establecer el registro, el tono de mi epílogo, tenía que darme el gusto de hacer algo más literario, ya que podía elegir mi último párrafo.

Increíblemente, planeando mi ocaso me sentí después de mucho tiempo animada. Y no voy a mentir. Eso me hizo dudar. Apenas. Efímeramente. Pero dudé. Había que actuar rápido porque entraba en un terreno vidrioso.

Finalmente lo había zanjado. Ya lo tenía. Una conclusión a la altura de una trayectoria que, al menos, no había sido ordinaria. Pero primero lo primero. Antes la carta póstuma. Mis últimas palabras. Breves. Para Manuel.

Tomé mi libreta de todos los días. La de las compras. La de los pendientes. La de los números de teléfonos sueltos e inconexos. La de mis poemas clandestinos. Iba a tomar una lapicera cuando me topé con mi letra precisa y redonda.

A Martín, leí y me tembló todo. Lo fui repasando y la conmoción me embriagó. Me sentí mareada y con ganas de vomitar. Casi no recordaba lo que este hombre había inspirado en mí. Sólo tenía claro el abismo sentimental que me abrazaba desde entonces. Pero el camino previo, la ruta sin acantilados me resultaba más borrosa, aunque, ahora lo veía más claro, mucho más placentera.

¿Cómo estaría pasando este tiempo Martín? Porque estaba segura que estaba vivo. Achacado pero vivo. Y también que estaba solo. No tenía ningún indicio y tampoco ninguna duda. Era muy jodidamente cabrón como para que alguien lo aguantara.

Pero qué buen tipo era Martín. Y tan atento. Y tan dulce. Su aparición fugaz en mi vida había labrado un surco. Pensar que nos habíamos distanciado en el 2008 por política. Yo no me bancaba que fuera tan contrera. Y él decía que yo era muy zurda.

Cerré los ojos, apreté los párpados y, repentinamente, todo cambió de color. Lo gris se tornó azul. Despegué las pestañas de a poco y era verdad. Todo azul, como el cielo detrás de mi ventanal al sur. La tormenta comenzaba a amainar.

Busqué en un viejo índice. Ahí estaba. En la misma “M” de siempre. Me apresuré a buscar el aparato y marcar. No fuera cosa que me arrepintiera.

–Diga, ladró Martín después de tres tonos, y yo sentí que volvía a nacer.

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Cuentos de la Pandemia VIII: La tormenta (Ilustración  Nadia Isoardi)

Cuentos de la Pandemia VIII: La tormenta (Ilustración Nadia Isoardi)

Para leer más:

CUENTOS DE LA PANDEMIA I: "Clase a distancia en cuarentena"

CUENTOS DE LA PANDEMIA II: "La Rabia"

CUENTOS DE LA PANDEMIA III: "Qué día es hoy"

CUENTOS DE LA PANDEMIA IV: "Retorcijones"

CUENTOS DE LA PANDEMIA V: "La casa de los sordos"

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