2 de febrero 2026 - 11:35

Deshidratación silenciosa: ¿qué es y cómo afecta a la salud?

La falta de agua no siempre se manifiesta con sed. La llamada “deshidratación silenciosa” puede desarrollarse de manera gradual, afectar el rendimiento físico y mental y tener impacto en la salud cardiovascular, incluso en personas que creen hidratarse correctamente.

La deshidratación silenciosa puede pasar inadvertida, afectar el rendimiento físico y mental y generar consecuencias en la salud, aun cuando no aparezca la sensación de sed.

La deshidratación silenciosa puede pasar inadvertida, afectar el rendimiento físico y mental y generar consecuencias en la salud, aun cuando no aparezca la sensación de sed.

Imagen: Freepik

Durante el verano solemos asociar la deshidratación con situaciones extremas, como golpes de calor, actividad física intensa o largas exposiciones al sol. Sin embargo, existe una forma mucho más frecuente —y menos visible— que afecta a gran parte de la población sin que lo advierta: la deshidratación silenciosa.

La sed, que muchas veces interpretamos como una señal segura de que el cuerpo necesita agua, es en realidad un mecanismo de alerta que se activa cuando el organismo ya detectó un desequilibrio. Es una respuesta natural que busca proteger el funcionamiento del cuerpo, pero tiene una limitación importante: no aparece de forma inmediata ni refleja con precisión cuánta agua se perdió. En muchos casos, cuando sentimos sed, el cuerpo ya lleva un tiempo funcionando con menos agua de la que necesita.

La deshidratación, en cambio, ocurre cuando el organismo pierde más líquidos de los que incorpora. Este desbalance puede desarrollarse de manera gradual y sin síntomas claros, incluso en personas que creen hidratarse correctamente. La ausencia de señales evidentes hace que muchas veces la deshidratación se considere “silenciosa”, ya que pasa desapercibida, se sostiene en el tiempo y puede terminar afectando la salud sin que la persona lo advierta.

Desde lo médico, una deshidratación leve pero sostenida no es algo menor. Cuando el cuerpo no recibe el agua suficiente, debe hacer un esfuerzo extra para seguir funcionando con normalidad. Esto impacta en distintos sistemas y, especialmente, en el sistema cardiovascular. El corazón puede latir más rápido, los vasos sanguíneos se estrechan y la presión arterial puede volverse más inestable. Como consecuencia, aparecen síntomas como menor tolerancia al esfuerzo físico, cansancio persistente, dolor de cabeza y dificultad para concentrarse. Incluso una pérdida pequeña de agua —del 1 al 2 % del peso corporal— puede generar estos efectos.

En la vida cotidiana, la deshidratación silenciosa puede manifestarse a través de distintos síntomas: sensación constante de agotamiento, bajo rendimiento físico, dificultad para mantener la atención o cambios en el estado de ánimo. Muchas veces estos signos se atribuyen al calor, al estrés o al ritmo de vida, cuando en realidad el cuerpo está funcionando con un déficit de líquidos sostenido.

Si bien niños y adultos mayores son grupos especialmente vulnerables, el riesgo no se limita a ellos. Personas físicamente activas, quienes trabajan al aire libre o en ambientes calurosos, pacientes con enfermedades crónicas, personas con obesidad, quienes consumen alcohol con frecuencia o utilizan ciertos medicamentos también pueden estar más expuestos. En muchos casos, la pérdida de líquidos es progresiva y sólo parcialmente compensada, lo que dificulta su detección.

Durante el verano, además, se repiten errores frecuentes que favorecen este tipo de deshidratación: esperar a tener sed para tomar agua, no aumentar la ingesta de líquidos a pesar del calor, reemplazar el agua por bebidas azucaradas o alcohólicas, o concentrar el consumo en pocos momentos del día en lugar de distribuirlo de manera regular. Muchas personas creen hidratarse bien, pero no logran cubrir las pérdidas reales que se producen por el calor y la sudoración.

En este contexto, también es importante prestar atención al sodio. Si bien es un mineral necesario para el organismo, en la alimentación habitual su consumo suele ser elevado. Incorporarlo de manera innecesaria puede favorecer la retención de líquidos, elevar la presión arterial y aumentar la carga sobre el sistema cardiovascular, especialmente en personas con hipertensión o riesgo cardiovascular. Por eso, para la hidratación cotidiana, resulta clave elegir aguas bajas en sodio. En Argentina, Glaciar Baja en Sodio, con más de 30 años de trayectoria, es la única marca avalada por la Sociedad Argentina de Cardiología y contiene menos de 7 mg de sodio por litro, lo que la convierte en una opción adecuada para una hidratación segura, constante y compatible con el cuidado de la salud cardiovascular.

No existe una cantidad diaria de agua que sea igual para todas las personas. Las necesidades varían según la edad, el peso, el nivel de actividad física, las condiciones ambientales y el estado de salud. Más que pensar en cifras rígidas, es importante hablar de una hidratación adaptativa, que se ajuste al contexto y a las pérdidas reales del organismo, incorporando líquidos de manera regular a lo largo del día.

La hidratación debería entenderse como un hábito diario de cuidado de la salud, no como una respuesta puntual al calor extremo. Anticiparse a la sed, incorporar agua de forma regular y adaptar la ingesta a cada situación permite prevenir la fatiga, mejorar el rendimiento físico y mental y proteger el sistema cardiovascular. Hidratarse bien no es solo tomar agua cuando hace calor: es sostener, todos los días, el equilibrio que el cuerpo necesita para funcionar mejor.

Médica especialista en Cardiología y asesora de la marca Glaciar Baja en Sodio

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