Para los bancos centrales no son momentos de ocio. El alza de los precios de la energía y de los alimentos en los mercados internacionales obliga a un quiebre de rutinas. La inflación sopla en todos los continentes, y la directiva que resuena es una sola: ajustar las riendas para contener sus bríos.
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Junio comenzó como un mes de palabras duras. Y no quedó en promesas. Los bancos centrales de China, India, Indonesia, Filipinas y Vietnam están inmersos en la tarea. Otro tanto cabe agregar de Turquía y Sudáfrica. Chile, Colombia, Perú y Brasil comenzaron ya procesos similares, y el viernes se sumó México. Taiwán elevó sus tasas más de una vez y esta semana repetirá. Polonia, Hungría, Egipto e Israel están prestos a anotar incrementos los próximos días. La divisoria de aguas es clara: los banqueros de la periferia trabajan a destajo -Brasil, en dos aplicaciones, ya desplegó un punto completo de suba- mientras los del G-7 no avanzaron más allá del cambio de discurso. El calendario de reuniones -que se inauguró el jueves pasado con el cónclave del Banco Nacional de Suiza y prosigue, este martes y miércoles, en Washington- podría arrimar definiciones, pero no cabe esperar novedades de peso (que concilien el lenguaje agresivo con la acción concreta) hasta que el 3 de julio se congregue el Banco Central Europeo (BCE).
En Ginebra, las autoridades helvéticas batieron el parche de la inflación global (y elevaron la proyección doméstica a 2,7%), pero aun así prefirieron mantener las tasas cortas amarradas en el rango de 2,25%-3,25%. La Fed, esta semana, le copiará los pasos. Expresará su preocupación ( tiene más motivos que los suizos debido a que, en su esfera de influencia, mientras la inflación trepó a 4,2%, la tasa de interés está anclada en 2%), pero igual se abstendrá de abrir fuego. Ocurre que la crisis financiera impone cautela. Todavía la hemorragia interna no cesó, aunque las convulsiones como las de enero y marzo hayan salido de los primeros planos. En la medida que no se estabilizan los precios de la vivienda, la corrosión carcome el colateral inmobiliario y vierte su acidez sobre los balances de los bancos.
Hundimiento
Desde que la Fed, a cargo de Ben Bernanke, retomó el discurso áspero, las acciones bancarias se hundieron a pique y ya cotizan por debajo de los mínimos de marzo (en rigor son los pisos desde 2003). La buena noticia es que las entidades están mejor capitalizadas que entonces y que el salvamento de Bear Stearns disminuyó los riesgos percibidos de bancarrota. Así, quien quiera protegerse hoy de la eventualidad de un default bancario puede hacerlo a la mitad del costo que debía pagar a mediados de marzo. La mala noticia es que las pérdidas siguen fluyendo y, por ende, el esfuerzo de capitalización dista de haber culminado.
Los bancos ya se aseguraron más de 60 mil millones de dólares a través de la venta de acciones ordinarias y preferidas, pero otro tanto -Goldman Sachs considera una cifra de 65 mil millones- será necesario hasta superar el trance. Con los precios de sus papeles por el suelo, el costo de reforzar el patrimonio raya a gran altura. Como los aportantes de capital (desde que estalló la crisis en agosto último y empezando por los fondos soberanos) fueron cuidadosos en cubrir sus espaldas, toda nueva suscripción de acciones a precios inferiores automáticamente ajusta también el valor de su contribución. En consecuencia, un formidable riesgo de licuación pende sobre las cabezas de los accionistas minoritarios. Y se ejerce implacable en cada ocasión que una entidad acude a pertrecharse de recursos.
Así las cosas, el dilema de la Fed (y de los restantes bancos centrales del G-7) es sencillo de comprender. Sólo en junio, las acciones de los bancos se desplomaron 19% y, en las últimas semanas, terminaron arrastrando consigo a todo el universo de la Bolsa. El notable avance post Bear Stearns -y su correspondiente cuota de alivio- se consumió rápido. No se escucha, por cierto, el latiguillo tranquilizador de que «lo peor de la crisis ya pasó». La economía luce mejor que la Bolsa a juzgar, a trazo grueso, por la marcha de los indicadores, pero la mirada penetrante de la Bolsa -su conocida virtud de agudo predictor-siembra la cizaña de la duda sobre el futuro, a medida que el bálsamo del paquete de estímulo fiscal se vaya agotando hacia setiembre/octubre.
Si la Fed tuvo que alzar la voz en estas frágiles condiciones fue porque las presiones inflacionarias también aprietan y no dan respiro. Si las expectativas de inflación -mucho más calmas que la verdadera inflación registrada- llegaran a desenrollarse en los mercados, la Fed, sí o sí, debería abocarse a recuperar su control. Vale la pena reiterarlo (se consignó en una nota de la semana pasada): si la inflación actual se considerase permanente, las tasas largas de interés tendrían que empinarse entre un punto y medio y dos para mantener el mismo rendimiento real que hoy les prometen a los inversores. Acomodar tasas largas por encima de 6% no dejaría espacio para alentar muchas esperanzas. Ni la bonanza de las materias primas sobreviviría.
En esa encrucijada, la Fed posee menos margen de maniobra que lo que le conceden los futuros de tasas de interés. En su momento, instigados por la dureza de las palabras, estos contratos incorporaron una probabilidad en tres de que la Fed subiera las tasas esta misma semana. Y, para la reunión de agosto, llegaron a consignar en apenas 40% las chances de que las tasas se mantuvieran en 2% (con un fugaz escenario favorito en el que era igualmente probable que trepasen a 2,25% como a 2,50%). La realidad es más exigua. El horno no está listo para bollos. Y la Fed no querrá disparar una salva de artillería si piensa que trascartón deberá montarse a la ambulancia, como en marzo, para socorrer de prisa a los malheridos. Que la inflación aumente a caballo de los mayores precios de la energía y los alimentos pero que, a pesar de años de persistencia, las versiones núcleo (que excluyen esos componentes) se mantengan a raya, permite, se reconozca o no (como es el caso del BCE), un grado extra de libertad para dilatar las decisiones ríspidas. En esa inteligencia, antes que la Fed, se moverán los más impacientes.
Si la mampostería de los mercados de capitales no se desmorona, la semana próxima, el BCE sí cumplirá su palabra. Un aumento de 1% en los precios mayoristas de mayo en Alemania -que eleva la cuenta anual a 6%- es un aguijón suficiente para terminar de perforar la oposición de los mediterráneos.
También cabe esperar que Suecia e Inglaterra -esta última, quizás en agosto- acompañen con hechos su giro de retórica. Y, como se señaló al principio, no habrá que desdeñar el empuje de los bancos centrales de la periferia. Es allí, después de todo, donde todavía bulle la actividad económica y, por ende, donde se cocina la demanda más perseverante de energía y otras materias primas.
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