9 de septiembre 2004 - 00:00

EE.UU. ya sabe cómo se enfrenta a activistas

Está ahora claro que, desde la sorpresiva batalla contra las fuerzas de la antiglobalización librada hace ya cinco años en las calles de Seattle frente a las cámaras de la televisión del mundo entero, hasta hoy, la policía norteamericana parece haber aprendido bastante acerca de cómo manejar o enfrentar a las grandes manifestaciones públicas que tienen la posibilidad de volverse violentas.

Esta parece ser la enseñanza de lo recientemente sucedido en la ciudad de Nueva York, en oportunidad de la reciente Convención del Partido Republicano de los Estados Unidos. La policía local manejó acertadamente las manifestaciones de protesta que, en algún caso llegaron a incluir a unas 250.000 personas.

Desde que Buenos Aires ha sido transformada en una suerte de «protestódromo», dotado de un poco placentero espectáculo en el que se busca provocar, molestar y llamar la atención de los medios, parece oportuno repasar algunas de las razones en virtud de las cuales la policía de Nueva York pudo salir airosa de uno de sus más grandes desafíos de los últimos tiempos. Lo que es clave, cuando la ciudad busca ser sede de los Juegos Olímpicos de 2012.

• Medidas

Lo cierto es que quienes organizaron las protestas no pudieron interrumpir, como pretendían, la Convención republicana y no lograron tampoco obtener la ansiada cobertura periodística. No hubo además destrozos de ningún tipo.

Veamos cuáles son las principales medidas adoptadas en Nueva York, porque siempre se puede, salvando las distancias, culturas y personalidades, aprender algo de los demás.

Medidas previas a las manifestaciones


• La autoridad municipal advirtió, con meridiana claridad, que iba a hacer respetar la ley. Porque allí quienes juran «respetar y hacer respetar la ley» cumplen con lo prometido. En efecto, el alcalde local, Michael R. Bloomberg, en una conferencia de prensa especial señaló que «la ciudad daba la bienvenida a todos cuantos quisieran expresar su opinión en ella», pero aclaró -de inmediato- que «ello no se permitiría si se hacía a costa de las libertades de otras personas». Con el coraje que decir esto supone, porque significa estar dispuesto a hacer lo que se anuncia. Con compromiso, entonces, respecto de la gente frente a la que tiene la primera obligación, los residentes de Nueva York. Por ello, agregó: «Quiero advertir a cualquiera que crea que puede realizar disturbios o generar caos, que lo debe pensar de nuevo. Porque va a ser arrestado inmediatamente».

• Antes de las manifestaciones, se definieron prolijamente cuáles serían los trayectos en los que los manifestantes podrían desplazarse. Es decir, no en cualquier parte o donde se les ocurriera. Menos todavía, en el lugar en que mayor caos podrían provocar. Y, descartado de plano, hacerlo en las propias inmediaciones de la Convención contra la que protestaban, para evitar provocaciones. Además, debieron dejar las veredas libres y no interrumpir las intersecciones del tráfico. La policía no permitió tampoco el uso de tambores, con los que se aturde y confunde a la gente. Después de todo, nadie es dueño único de la verdad y hay, respecto de casi todo, opiniones diferentes. De allí que los valores a defender deban siempre incluir: el orden, el respeto, la tolerancia y el no dañar bienes ajenos o públicos, porque esto último es delito, aunque a algunos no les parezca.

• Las fuerzas policiales se equiparon debidamente, planificaron las cosas hasta el detalle con más de un año de anticipación, y tuvieron la dotación de personal necesaria. A manifestaciones numerosas, dotaciones más numerosas que lo habitual. La fuerza se demuestra, pero primero se muestra, cual disuasivo. Y se contó con equipos y responsabilidades policiales y municipales perfectamente asignados y distribuidos de antemano.

Medidas contemporáneas con las manifestaciones

Como veremos, la acción policial combinó métodos tradicionales con algunas técnicas novedosas.

• Centenares de oficiales policiales de civil se infiltraron entre los manifestantes e informaron constantemente acerca de lo que estaba ocurriendo.

• Todo se filmó, con detalle, desde el nivel de la calle misma y desde lo alto, es decir desde helicópteros y dirigibles que sobrevolaban constantemente la zona.

• La policía se desplazó en
motonetas tipo «italiano» a lo largo de la manifestación y en sus alrededores, equipada naturalmente con equipos de comunicación, que ya forman parte del «armamento» habitual de la policía en casi todo el mundo. La disciplina fue rigurosa, sin excepciones.

• Las órdenes policiales se impartieron con altavoces poderosos que, con tecnología militar, también producían ruidos de alto volumen con consecuencias especialmente penosas para los oídos, destinados a advertir a la gente de la presencia policial.

• Las detenciones se hicieron en gran número, tanto que unas 1.800 personas fueron detenidas y unas 1.200 de ellas en una sola noche. Varios centenares fueron procesadas por la fiscalía del conocido Robert M. Morgenthau, con excepción de aquellas que, por casualidad, estaban en el lugar y pudieron acreditar esa circunstancia.
Para facilitarlas, se utilizaron grandes redes de color naranja en las que se acorralaba, en las esquinas, a los manifestantes para esposarlos enseguida a todos, con esposas de plástico blanco.

• Cuando alguien incendió un muñeco de papel «maché», la policía extinguió de inmediato el fuego y procesó a quienes lo habían encendido.

• En algunos trayectos se obligó a los manifestantes a caminar de dos en fondo; cuando intentaron superar ese número se los detuvo, con «tolerancia cero».

A diferencia de lo que ocurre en otros estados, la policía de NuevaYork no recurrió nunca a la utilización de pistolas que disparan descargas eléctricas que desconciertan por un rato a quienes reciben su impacto, o elementos similares. Toda una lección. Hay reacciones que, por violentas, generan respuestas o reacciones provocadas por el miedo.

Para tener en cuenta, con las salvedades que imponen nuestras realidades. Pero queda claro que no se puede improvisar, ni actuar sin la decisión que cabe, cuando se sabe qué es lo que se intenta hacer.

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