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Salvar a los sistemas financieros, como el gobierno de Bush está tratando afanosamente en estos días, tiene la externalidad positiva de mantener vivos a los bancos que intermedian y permiten el nexo entre los depositantes (los que ahorran) y las empresas que toman crédito (los que «desahorran»). Romper ese vínculo implica el colapso económico. Obvio que hay mucho espacio para discutir en el futuro hasta cuánto «pedal-» se les permite tener a los bancos, los requerimientos de capital mínimo, la supervisón, etcétera. Pero comparar esto con la compra que hará nuestro Estado (o sea, todos nosotros) de una empresa como Aerolíneas que está fundida y es una vergüenza el servicio que presta (similar al que nuestros trenes subsidiados dan a los «humanovacas») es de una gran ignorancia o de mucha mala fe.
Luego, lo que está pasando con el sector de exportables de la Argentina es digno del libro Guinness de los récords..., del terror. Con precios internacionales jamás vistos del trigo, petróleo, gas, carne, leche, quesos; productos que además son fuente invalorable y casi inagotable de divisas, hay caídas en la producción doméstica de todos ellos. ¿Por qué? Por el desastre que los Kirchner le están mandando a hacer al secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, ahora apoyado desde la ONCCA por el pingüino Ricardo Echegaray, con las prohibiciones para exportar, los cierres de registros de exportación, los controles de precios, las intervenciones de mercados como el de Hacienda de Liniers y el Concertador de Frutas y Verduras. O sea, la intervención del Estado en la Argentina destruye a la actividad privada eficiente que puede competir con el mundo. El gobierno norteamericano, con el salvataje que está implementando de su sistema financiero, está haciendo todos los esfuerzos posibles para salvarla.
Es más, ese Estado argentino brillante, luminoso y «articulador de lo público y lo privado» al cual alude la Presidente con admiración es el mismo que ha llevado el gasto y la deuda pública a niveles tan altos que sólo tres años y medios después de la reestructuración de la deuda más salvaje que recuerde la historia humana para un país de alguna relevancia en el mundo, hemos recibido dos bajas de las calificadoras de riesgo y el mercado comenzó a sospechar que podemos defaultear la deuda otra vez. De nuevo, digno del libro Guinness de los récords..., del terror.
Resulta gracioso y trágico al mismo tiempo, recordar que cuando en 2003 la Argentina crecía a tasas chinas rompiendo todos los contratos firmados trabajosamente durante una década y a la inversa, Brasil entraba en recesión por hacer un ajuste fiscal para evitar un default, las voces que se reían de este lado del Plata del mayor socio de Mercosur inundaban los micrófonos de las radios y la TV local y los hacían quedar a los brasileños más cipayos que a Menem en los 90. Hoy, de vez en cuando, nosotros les importamos energía eléctrica a ellos, Brasil es investment grade y se sienta casi regularmente con los siete países más ricos del globo a debatir sobre los grandes problemas del mundo. El que ríe últimoríe mejor. Y cuidado de tanto gozar a los demás por sus desgracias de corto plazo porque casi todos nos terminan pasando el trapo en el largo plazo. En los primeros años de modelo productivo, parecía que los estropicios que Kirchner cometía como la destrucción del crédito público, el pisoteo de los contratos con las privatizadas y el penalizar la venta de alimentos al mundo al punto de prohibirla, increíblemente aceleraban el crecimiento de la economía. Era de no creer. Alicia en el país de las maravillas. Hoy, a pesar de las sensatas señales que Cristina de Kirchner está dando sobre el tema de la deuda, la desaceleración del gasto público, la negativa a acelerar el ritmo de devaluación para no acicatear más a la inflación, parecería que no sirven de nada: hay clima de default, el riesgopaís sube, la tasa de interés vuela, la economía se enfría, hay sindicatos que piden aumentos sediciosos de salarios, el campo le para de nuevo. Todo mal. Lo mismo que antes, pero al revés.
¿Faltará mucho para que a los EE.UU. les toque reírse de nosotros?




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