El suicidio energético
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Como inicialmente las multinacionales desconfiaron de la región, permitieron la entrada y el afianzamiento de las empresas argentinas en Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia. Así la historia, a mediados de los años '90, el mayor potencial de negocio para las empresas petroleras argentinas no estaba en el país, sino en el resto de América latina.
Estas empresas, aun compitiendo entre sí, se constituyeron como una «legión argentina». YPF y sus centros de investigación, más los de las universidades de Cuyo y Comodoro Rivadavia, sinergizaron el esfuerzo colectivo, convocando a ingenieros, técnicos y especialistas argentinos.
La desnacionalización de YPF no solamente significó la pérdida de la principal empresa del país, sino la consolidación del proceso de liquidación y pulverización de un sector donde la Argentina tenía un liderazgo indiscutido en América latina. Se dice que hasta el rey de España llamó a nuestras autoridades para interceder a favor de la operación. Si así fuera, los españoles deberían felicitarlo, pues ha hecho lo que debe hacer un auténtico jefe de Estado ante un objetivo estratégico para su país: jugar su influencia en beneficio de la Nación.
• Devaluación
Cuando en medio de lo peor de la crisis, la más importante empresa privada que quedaba en manos nacionales, PeCom, del grupo Pérez Companc, recurrió a buscar ayuda por las nefastas consecuencias que la devaluación asimétrica produjo en su situación financiera, el Estado, en lugar de mostrar comprensión y ponerse de su lado, le dio olímpicamente la espalda. Si no podía ofrecerle una solución, porno estaba a su alcance, debió usar su influencia para ayudarla a encontrar una salida e intentar disuadirla de la alternativa de venta.
Es cierto, si ese apoyo trascendía, podía verse impopular. Nuestros líderes jamás actuaron con sentido de comunidad -lo que implica a veces tomar decisiones impopulares-, sino que egoístamente, se movieron en función de intereses politiqueros, cuando no, por otros aún más bajos. Del mismo modo, el haber vendido las reservas de hidrocarburo -o sea, petróleo y gas a futuro- para cubrir gastos corrientes del Estado es también un acto criminal. ¿Se toleraría que se vendan los cuadros de los museos o los parques y las plazas con fines inmobiliarios para pagar sueldos del sector público?
Al desarticularse el sector petrolero, casi 40 años de esfuerzo empresarial se tiraron a la basura. Sin la proyección latinoamericana -y en medio del actual desorden jurídico y financiero- el negocio se acota, pierde volumen en un mundo globalizado, y con el mercado local solamente puede terminar desapareciendo -por absorción- o mantenerse como una industria de cabotaje.
• Traslado
Del mismo modo, el incipiente desarrollo tecnológico que impulsaban YPF y otras compañías en la Argentina carece ya de sentido, o más claro, se ha trasladado a España y a Brasil, para ser llevado a cabo, como es lógico, por ingenieros españoles o brasileños. Y si algún espacio queda para técnicos argentinos, es sólo porque son buenos y baratos.
Mirar para atrás y llorar por los crímenes cometidos no soluciona nuestras necesidades energéticas de hoy ni de mañana. Tampoco esos errores estratégicos de nuestros dirigentes dan pie a que actuemos con venganza, violentando una vez más las prácticas de los negocios internacionales. La respuesta a las vitales necesidades energéticas de la Argentina -implica destapar un cuello de botella que condiciona nuestro desarrollo autosostenido- es sin duda alguna la inversión. Esta no se consigue por decreto; intentarlo es actuar contra natura. La inversión requiere dos condiciones: rentabilidad y garantías. Garantías de que se actúa de buena fe, de que una vez hecha la inversión, los gobiernos no cambien las reglas o suban los impuestos para escamotearles a los inversores la ganancia sobre la base de la cual arriesgaron su capital. Así de simple. No existe otra fórmula en el mundo, y si descubrimos una nueva, será el fruto de la genialidad argentina.
(*) El autor es copresidente del Foro Iberoamérica.




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