16 de diciembre 2004 - 00:00

El suicidio energético

De chico, estudiando geografía en las estupendas clases del profesor Gay, supe que éramos un país rico en recursos energéticos. Recuerdo luego mis charlas con Don Ricardo Grüneisen y su sabia definición de que la Argentina no era un «país petrolero», sino un «país con petróleo». Fueron circunstancias históricas y políticas las que permitieron que la Argentina tuviese el sector empresarial privado más importante de América latina -y de Iberoamérica- en el vital campo energético.

Ya Perón, en su segunda presidencia, a inicios de los años '50, abrió a la inversión internacional el área de la energía. Frondizi amplió la apuesta, con un importante y ambicioso programa de concesiones, adelantándose 30 años a lo que acabarían haciendo los otros países de América del Sur. Pocos años más tarde, Arturo Illia rompió unilateralmente contratos pactados por gobiernos democráticos que lo antecedieron, anulando las concesiones y embarcando al país en una sucesión de juicios y disputas internacionales. Las petroleras abandonaron el país, concentraron sus reclamos en procesos judiciales que resultaron costosísimos -pero que en la práctica nadie sintió, pues se pagaron con bonos- y liquidaron sus activos e instalaciones en la Argentina a un valor de oferta. No tenía sentido llevar a Medio Oriente máquinas y equipos usados, adaptados para el clima y las condiciones de nuestra tierra.

• Deuda millonaria

De esta forma, entró en el negocio petrolero una veintena de empresas medianas argentinas -muchas de ellas del interior- comprando los activos de las multinacionales a plazos convenientes y a una fracción de su valor de reposición. Lo cual resultó beneficioso para el país, como se verá. Pero no debe olvidarse que, como contrapartida, todos los argentinos asumimos una deuda millonaria por los arreglos judiciales internacionales.

A partir de entonces, estas empresas, a la sazón sin ninguna experiencia en el negocio energético, comenzaron un largo camino de aprendizaje y capitalización ( inicialmente, como subcontratistas del Estado). Como era un rubro -y sigue siendo hoy día- de ventabilidad exponencial, casi todas tuvieron éxito, consolidando un sector empresarial que a pesar de los brutales cambios de reglas y crisis de la Argentina, no solamente sobrevivió, sino que se constituyó en un aporte dinámico y fundamental para la economía del país, nada menos que en el vital campo energético.

Pocos años antes de la privatización de YPF, se produjo un cambio de paradigma en el negocio petrolero en América del Sur. Hasta entonces, los países de la región tenían reservado el negocio energético para sus empresas estatales. Debido a la incapacidad (financiera, operativa y tecnológica) para abastecer energéticamente con ese modelo a sus mercados, no tuvieron más remedio que abrir el sector a la inversión internacional. Y allí, en primera fila, estaban prestas las dúctiles empresas argentinas para colaborar en el proyecto, al que se sumó la eficiente y dinámica privatizada YPF.

Como inicialmente las multinacionales desconfiaron de la región, permitieron la entrada y el afianzamiento de las empresas argentinas en Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia. Así la historia, a mediados de los años '90, el mayor potencial de negocio para las empresas petroleras argentinas no estaba en el país, sino en el resto de América latina.

Estas empresas, aun compitiendo entre sí, se constituyeron como una «legión argentina». YPF y sus centros de investigación, más los de las universidades de Cuyo y Comodoro Rivadavia, sinergizaron el esfuerzo colectivo, convocando a ingenieros, técnicos y especialistas argentinos.

La desnacionalización de YPF no solamente significó la pérdida de la principal empresa del país, sino la consolidación del proceso de liquidación y pulverización de un sector donde la Argentina tenía un liderazgo indiscutido en América latina. Se dice que hasta el rey de España llamó a nuestras autoridades para interceder a favor de la operación. Si así fuera, los españoles deberían felicitarlo, pues ha hecho lo que debe hacer un auténtico jefe de Estado ante un objetivo estratégico para su país: jugar su influencia en beneficio de la Nación.

• Devaluación

Cuando en medio de lo peor de la crisis, la más importante empresa privada que quedaba en manos nacionales, PeCom, del grupo Pérez Companc, recurrió a buscar ayuda por las nefastas consecuencias que la devaluación asimétrica produjo en su situación financiera, el Estado, en lugar de mostrar comprensión y ponerse de su lado, le dio olímpicamente la espalda. Si no podía ofrecerle una solución, porno estaba a su alcance, debió usar su influencia para ayudarla a encontrar una salida e intentar disuadirla de la alternativa de venta.

Es cierto, si ese apoyo trascendía, podía verse impopular. Nuestros líderes jamás actuaron con sentido de comunidad -lo que implica a veces tomar decisiones impopulares-, sino que egoístamente, se movieron en función de intereses politiqueros, cuando no, por otros aún más bajos. Del mismo modo, el haber vendido las reservas de hidrocarburo -o sea, petróleo y gas a futuro- para cubrir gastos corrientes del Estado es también un acto criminal. ¿Se toleraría que se vendan los cuadros de los museos o los parques y las plazas con fines inmobiliarios para pagar sueldos del sector público?

Al desarticularse el sector petrolero, casi 40 años de esfuerzo empresarial se tiraron a la basura. Sin la proyección latinoamericana -y en medio del actual desorden jurídico y financiero- el negocio se acota, pierde volumen en un mundo globalizado, y con el mercado local solamente puede terminar desapareciendo -por absorción- o mantenerse como una industria de cabotaje.

• Traslado

Del mismo modo, el incipiente desarrollo tecnológico que impulsaban YPF y otras compañías en la Argentina carece ya de sentido, o más claro, se ha trasladado a España y a Brasil, para ser llevado a cabo, como es lógico, por ingenieros españoles o brasileños. Y si algún espacio queda para técnicos argentinos, es sólo porque son buenos y baratos.

Mirar para atrás y llorar por los crímenes cometidos no soluciona nuestras necesidades energéticas de hoy ni de mañana. Tampoco esos errores estratégicos de nuestros dirigentes dan pie a que actuemos con venganza, violentando una vez más las prácticas de los negocios internacionales. La respuesta a las vitales necesidades energéticas de la Argentina -implica destapar un cuello de botella que condiciona nuestro desarrollo autosostenido- es sin duda alguna la inversión. Esta no se consigue por decreto; intentarlo es actuar contra natura. La inversión requiere dos condiciones: rentabilidad y garantías. Garantías de que se actúa de buena fe, de que una vez hecha la inversión, los gobiernos no cambien las reglas o suban los impuestos para escamotearles a los inversores la ganancia sobre la base de la cual arriesgaron su capital. Así de simple. No existe otra fórmula en el mundo, y si descubrimos una nueva, será el fruto de la genialidad argentina.

(*) El autor es copresidente del Foro Iberoamérica.

Dejá tu comentario

Te puede interesar