16 de noviembre 2005 - 00:00

Fin del 1 a 1: ¿fue por incompetencia o traición dirigente?

No podemos enderezar la realidad sin comprender el pasado. Este escrito busca comprender las causales de la terrible crisis de 2001/2002. La opinión general atribuye a la convertibilidad, autoridades incompetentes o con objetivos contrarios al «interés nacional», exceso de gasto público, déficit fiscal, endeudamiento del Estado con fines electorales, etc., la raíz de nuestros males.

Una mirada abarcativa debería comparar nuestra evolución con la de otras naciones, en igual período. El cuadro compara la evolución del ingreso por habitante de la Argentina con las naciones vecinas, Colombia y México, en dólares corrientes. Las cifras contrarían a la opinión generalizada: la Argentina fue la nación de Sudamérica que salió mejor parada durante 1998-2001, el lapso de la crisis de la convertibilidad.

Entonces, sólo México, en América del Norte, amparado por las instituciones del NAFTA, pudo seguir avanzando y hoy los ingresos de sus habitantes lideran la región. Ninguno de los otros países sufrió «el cepo» de la degradada convertibilidad.

Con presidentes tan prestigiosos como Fernando Henrique Cardoso, en Brasil; Julio Sanguinetti y Jorge Batlle, en Uruguay; Andrés Pastrana y Alvaro Uribe, en Colombia, aguantaron recesiones todavía más severas que la Argentina, en el mismo lapso. Incluso Chile, conducido por Eduardo Frei y Ricardo Lagos y respaldado por superávit fiscales de larga data y reformas notables de su estructura económica, no pudo substraerse de una caída aún mayor a la Argentina.

Los datos presentados apuntan que, relativamente, no nos perjudicamos por la convertibilidad ni malos manejos, en 1998-2001. Pues las otras naciones sufrieron peor suerte. En realidad, nuestras naciones soportaron el doble castigo de una reducción extraordinaria de los precios de las commodities de exportación. De un índice de 107, en 1996, cayeron a 69,3, en febrero de 1999, según el FMI.Y, luego del default ruso, un terrible salto de las tasas de interés que, para las naciones emergentes, se elevaron de 17%, a principios de 1998, a más de 42%, en abril 1999.

No obstante, los comentaristas nos inculcan que nuestra caída fue consecuencia ineludible de la convertibilidad, malos manejos de la cosa pública y otros desórdenes propios. Su error es no indagar lo sucedido con nuestros vecinos que aplicaban políticas distintas. Claramente, si su devenir fue aún peor que el nuestro, la convertibilidad y las políticas nacionales no causaron la pérdida de ingresos.

• La caída

La adversa coyuntura externa, desde 1998, acunó un sentimiento de desconfianza agudizada, a lo largo de 2001, agravada por la prédica de los contrarios a la convertibilidad. Posiblemente, la propuesta de canasta de monedas, factor de convergencia y otras instilaron sentimientos de que se alterarían las reglas; los derechos y propiedades no serían respetados en el país. Finalmente, en diciembre de 2001, se impuso el «corralito» y se declaró el default de la deuda pública, agitando al sistema bancario y los ahorros.

Hay que recordar que el principal respaldo de los depósitos bancarios y las jubilaciones es la deuda del Estado. En enero de 2002, se devaluó la moneda, trastornando aun más los sistemas de pagos -»corralón»- y el régimen de propiedad privada, pesificación asimétrica, retenciones a las exportaciones, congelamientos de tarifas, sistemas preferenciales para deudores y confiscatorios para acreedores, etc. Estas graves perturbaciones al sistema económico no pudieron tener otra consecuencia que contraer fuertemente tanto la demanda como la oferta globales, expulsando a millones de personas del sistema productivo hacia la indigencia.

Si los agentes económicos no saben cómo cobrarán, ni qué hacer con su dinero, se reducen las oportunidades de vender y trabajar. El sistema monetario se desmorona; la propiedad se licua, contrayendosimultáneamente la demanda, oferta global y el empleosin necesidad de ningún cataclismo natural.

La Argentina asestó un mazazo feroz a su propio sistema de pagos, entre mediados de 2001 y comienzos de 2002, según relatamos arriba. Ese tremendo golpe diferencia a la Argentina, que experimentó la mayor caída de ingresos del mundo, en 2002. Esta experiencia resalta el valor de las instituciones, tema del libro «La Riqueza de los Países y su Gente», publicado recientemente.

Según el mismo, las diferencias de ingresos nacionales se originan en las asimétricas protecciones a los derechos individuales que consiguen las instituciones de cada país. Los eventos reseñados confirman la falta de frenos para evitar que los dirigentes sacrifiquen a la gente. De tal modo, la peor crisis de nuestra historia no fue consecuencia de la convertibilidad sino del ataque de los dirigentes a las instituciones de pagos, pisoteando los derechos individuales.

Sufrimos una crisis del sistema de pagos, provocada por la desaprensiva violación de las instituciones por parte de los dirigentes, influenciados por opinadores que postularon separar la economía real de la financiera, como si ambas no constituyesen un cuerpo único e indisoluble, sin posibilidades de evolucionar de forma separada. Como la falsa madre ante Salomón, ofrendaron sacrificar al cuerpo que debían custodiar, suponiendo se beneficiarían del disloque resultante. Nadie defendió efectivamente al mercado de largo plazo, la clientela de trabajadores y ahorristas en el país. En esta visión, la Argentina sufrió en realidad un default institucional.

La enseñanza subraya la im
portancia de esas instituciones.

Es irrefutable que ninguna otra nación sufrió tanto en 2002 como la Argentina, conducida hacia la caída más ruinosa de su historia por una conjunción de dirigentes políticos, empresarios oportunistas y opinadores aciagos. Esa crisis fue tan propia que ninguna otra nación sufrió el contagio habitual.

Luego tuvimos la recuperación más pronunciada, entre 2002-2005. De la mano del alza extraordinaria de los precios de exportación -hoy son tres veces mayores a los del piso mínimo de 1999- y la sustancial reducción de las tasas de interés del país, que elevaron la rentabilidad, en la Argentina. A pesar de lo cual todavía apenas generamos la mitad del ingreso logrado en el denostado 1998.

• Conclusiones


1. En 2002, sufrimos las consecuencias de violentar las instituciones. « Corralito», default, devaluación, «corralón», pesificación asimétrica, quiebre de la propiedad privada, redistribución de patrimonios. Todo ello ante la pasividad del Congreso, la Justicia y las fuerzas vivas.

2. Mientras no tengamos un buen diagnóstico, la Argentina no alcanzará su plena potencia. Son las instituciones que sostienen el valor de los derechos individuales las que afianzan el progreso de las naciones. Cuanto más débiles las instituciones, más pobre la gente y asimétrica la riqueza.

Dejá tu comentario

Te puede interesar