25 de abril 2008 - 00:00

Graziano alerta sobre una guerra mundial comercial

Walter Graziano, quien desde las páginas de Ambito Financierofue pionero en recomendar la convertibilidad para salirde la híper del 89, advierte sobre una ola de proteccionismomundial.
Walter Graziano, quien desde las páginas de Ambito Financiero fue pionero en recomendar la convertibilidad para salir de la híper del 89, advierte sobre una ola de proteccionismo mundial.
Destacado economista en los años 90, Walter Graziano se convirtió a partir del nuevo siglo en inesperado y sorprendente autor de dos best sellers polémicos, llamados a la controversia: «Hitler ganó la guerra» y «Nadie vio Matrix», en los que trata sobre conspiraciones, sociedades secretas, organizaciones del poder mundial, magnicidios, el negocio del petróleo y la política internacional. Es más, uno de ellos fue blandido en TV por Hugo Chávez para criticar a Bush. Dialogamos con él sobre el suceso y contenido de sus obras.

Periodista: De la economía pasó a escribir libros sobre política internacional. ¿ Cómo fue ese cambio y por qué?

Walter Graziano: Más que cambio fue una evolución. Cuando escribí «Historia de dos hiperinflaciones», sobre la base de mis artículos en Ambito Financiero, no sabía gran cantidad de cosas de las que me fui enterando con el tiempo. No reniego de ninguna de las cosas que escribí antes. Simplemente tengo un enfoque distinto ahora del que tenía hace 15 o 20 años.

P.: En su libro habla de «el final de la globalización».

W.G.: Es que estamos en esa curva final. Esto va a ser una depreciación muy fuerte del dólar y a la larga va a haber países que van a pasar el cerco de la Organización Mundial de Comercio. Van a decir: « Pongamos un arancel y no dejemos que de vuelta nos metan el problema en casa».

P.: ¿Por qué para escribir su libro «Hitler ganó la guerra» buscó inspiración en la película «Una mente brillante»?

W.G.: El mismo día que vi esa película un amigo me dijo que en «The Economist» en los 90 había leído un artículo que decía que la familia Bin Laden había sido socia de la familia Bush y que el hermano de Bin Laden había muerto en los campos petroleros de la familia Bush de Texas. Cuando mi amigo me dijo eso, no lo creí, pero como ese día había visto una película donde me habían dicho que estaba científicamente comprobado que Adam Smith no estaba en lo cierto, me puse a investigar. Primero lo de Bin Laden, que me parecía una mentira enorme, pero encontré la nota de «The Economist» en Internet.

P.: ¿Qué le importó del cuestionamiento que se hace de la teoría de Adam Smith en «Una mente brillante»?

W.G.: Más allá de que eso genera la «Teoría de los juegos», demuestra que Adam Smith no tiene razón, que la competencia es un juego no cooperativo porque se supone que las empresas no cooperan, sino que compiten. En ese tipo de esquemas, la libertad total de los mercados sin ningún tipo de regulación no garantiza para nada el máximo bien general. En lo común, no siempre debe pasar, todo termina beneficiando a un determinado sector o determinada empresa que obtiene su máximo de beneficio con un mínimo beneficio para el resto.

  • Ideas viejas

    P.: Las teorías conspirativas en los últimos años hacen libros que se vuelven best sellers, como el «Código Da Vinci».

    W.G.: El «Código Da Vinci» está basado en el saber de sociedades secretas sobre los entretelones de la vida de Cristo. No son ideas nuevas, son ideas viejas que fueron ocultadas. Del mismo modo, yo hago muchas citas de libros que fueron silenciados durante mucho tiempo. Pensar que las guerras no se planean en secreto es pensar que somos ingenuos. Traemos de fábrica en nuestro microchip mental el eslogan: «No hay que creer en teorías conspirativas». ¿Por qué no? Los propios conspiradores nos metieron en la cabeza la idea de que no hay que creer en lo que ellos hacen. Me llama la atención enormemente que, por ejemplo, en toda la historia del siglo XIX, que fue un siglo en Europa y Estados Unidos donde la masonería y las sociedades secretas hicieron revolución tras revolución, en país tras país, no nos dicen prácticamente nada sobre eso.

    P.: En su «Matrix» usted dice que EE.UU. desde fines de los 70 viene con déficit de balanza comercial fuerte y muchas veces con déficit fiscal.

    W.G.: Reagan consiguió transferirles el problema a los japoneses, no ser vulnerable con la crisis del sudeste del Asia y que no lo afecten las otras que hubo. En el fondo el problema siempre fue el que estaba y ahora les vuelve a ellos, porque el problema en el fondo está gestado. El problema no es tanto el precio de las tasas, sino que el precio de las tasas fue anormalmente alto porque fue pagado por deuda con préstamos del exterior, sobre todo de China y Japón. Estos son países que les venden a EE.UU. productos y que después ahorran en el activo financiero de los norteamericanos. Esa entrada de capitales ha permitido que EE.UU. pueda financiar un boom de consumo interno y un boom de compra de casas que de otra manera hubiera sido imposible de suponer. El exceso de consumo de los norteamericanos les posibilitó que sus casas valieran oro y eso les permitió sacar segundas y terceras hipotecas sobre sus casas y seguir consumiendo más, cambiar el auto, viajar al Caribe, etcétera. Lo que a su vez necesitaba de más ingreso de capitales, con lo cual se creó un círculo perverso a fines de los 90 que se hizo más notorio cuando la tasa de interés baja a uno por ciento. Ahí era una tontera ahorrar y les daba a los norteamericanos la señal equivocada: «No ahorres, endéudate».

    P.: Usted sustenta tareas que son de temerarias a audaces. En «Hitler ganó la guerra», habla de una institución financiera que maneja el mundo anglosajón desde 1736, y que decidió la invasión de Vietnam, un desastre.

    W.G.: Vietnam hizo que las empresas de armas ganaran muchísimo pese a que haya sido un fracaso. Hizo que las petroleras norteamericanas se sacaran las dudas de cuánto petróleo había en el mar de China y permitió, con el estado de caos que se gestó en la zona, que el opio que se produce en la región, que es la fuente de la heroína, se comercialice de una forma mucho más fácil a países de fuera de la región. Fue un desastre para Estados Unidos como país, para las finanzas norteamericanas, para el orgullo de los norteamericanos, pero no para las grandes empresas de armas.

    Para ellas fue una panacea. Y fue un gran alivio para las petroleras, que pudieron saber qué hay y qué no hay donde estaba el comunismo chino en todo el mar.

  • Control global

    P.: Pareciera que son muchas cosas a las que se opone, que le disgustan.

    W.G.: No me gustan las pretensiones o las ínfulas imperiales, no me gusta que se apropien de los recursos naturales por la fuerza. No me gusta la creación de guerras al divino botón. No me gusta la permanencia en el tiempo del petróleo como la tecnología a la cual estamos sujetos todos, porque hay fuentes de energía más baratas. Lamentablemente, quienes quieren tener un imperio necesitan tener una forma de distribución de la energía, y de generación de la energía cara, mal asignada, escasa, como para poder manejar, claro. Si no, no hay manera de manejar a la gente. Creo que hay dos formas de control global, una es la financiera y otra es la energética. Con la financiera nada más no basta porque es necesario hacer que la energía sea escasa, cara, contaminante. Que esté ubicada en pocos lugares la fuente para hacer imposible prácticamente que surjan movimientos opositores a la forma de vida que hoy se aplica en Occidente. Vivir para trabajar y trabajar para vivir. Si uno tiene que ocupar 10 horas de su día para trabajar, uno está metido en el sistema que a uno le quieren imponer. Si uno no tiene que ocupar esas 10 horas, porque tuvo la suerte de que vamos a suponer, masivamente, haya un sistema energético que haga que los bienes de consumo sean lo suficientemente baratos como para trabajar unos pocos años, que no haya más necesidad de trabajar el resto de la vida, no habría tiempo. Porque no tienen el poder de hacer que uno haga lo que ellos quieren que uno haga, que es meterse y estar dentro del sistema, si uno pudiera estar de vacaciones permanentes, estaría fuera del sistema. Pero para poder estar de vacaciones permanentes, hacen falta dos cosas: ser rico y no querer hacer lo que hacen los ricos, que es estar dentro del sistema todo el tiempo para ser parte del control del sistema, y el reaseguro del sistema. Entonces es obvio que con dinero y nada más no se controla porque con dinero se controla el crédito, pero no se podría controlar que muchos pequeños propietarios decidieran salirse del sistema completamente y tomaran decisiones totalmente ajenas a lo que la elite que controla el sistema energético quiere, que es que estemos todos metidos.
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