Bella Ciao, tras 74 años Alitalia dejó de existir

Opiniones

A partir de noviembre, una nueva aerolínea, ITA (Italia Transporte Aéreo), reemplazará a la histórica Alitalia, luego de 74 años y varios intentos de rescates que no consiguieron mantenerla a flote.

Después de 74 años y varios rescates que no consiguieron mantenerla a flote, Alitalia dejó de existir. A partir del próximo mes de noviembre la reemplazará una nueva aerolínea, ITA (Italia Transporte Aéreo), compañía 100% del Estado Italiano - aunque bajo el ojo atento de la Unión Europea - , la cual contará con una flota de 52 aviones – prometieron 105 para 2025 - y cerca de 3.000 empleados – se elevará hasta los 5.700 en 2025 - de los 11.000 que había hasta su reciente disolución. A ello debe adicionarse el compromiso del Gobierno Italiano ante Bruselas de no inyectar más de 1.350 millones de euros hasta 2023; entre los cuales 700 millones se destinarán en lo que resta de 2021.

Más allá de lo expuesto, el punto más saliente del ‘renacimiento’ se relaciona con el hecho de que entre la antigua compañía y la nueva hay una total ‘discontinuidad económica’; lo que implica que ITA no heredará las deudas de Alitalia. Una ‘limpieza’ que pueda llevar a la interpretación de la psiquis sociológica como ‘el fin de una era de malas elecciones’. Una especie de convertibilidad luego de la hiperinflación de la última etapa del gobierno de Alfonsín: en aquel momento fue un cambio de denominación monetaria, quita de ceros, y cambio de modelo; para la actual nueva aerolínea italiana, una reconstrucción con otros modos, otras formas de hacer las cosas.

Recapitulando, termina una historia con unas primeras décadas exitosas, a las que luego le prosiguieron continuos fracasos en la gestión que han llevado a casi tres décadas de nulos beneficios. Muchos son los italianos que añoraban los últimos tiempos ‘La edad de oro de Alitalia’, contemporánea a los ‘30 años gloriosos del capitalismo’ posteriores a la Segunda Guerra Mundial: aquellos años en donde la reconstrucción, de la mano de un Estado de Bienestar, provocaron un boom económico en Italia que permitió que las familias pudieran por fin permitirse volar a lugares más allá de su terruño.

Pero ello no era todo: Italia era un país vencido que se recuperaba de las heridas de guerra. Y Alitalia llegó a representar la esperanza colectiva bajo la cual se transmitía un sentimiento de pertenencia: tener una compañía aérea estatal era una necesidad, un icono de orgullo nacional y patriotismo.

Pero todo ello ha cambiado en los últimos 30 años. A principios de los años 90’ comenzaron los problemas económicos que derivaron en procesos de privatización internacional por parte de otras compañías aéreas (Air France – KLM, Etihad Airways de Emiratos Árabes Unidos), capitalización a través de consorcios nacionales privados (Benetton) y nacionales (Correos Italianos y Ferrovie dello Stato, la empresa ferroviaria estatal) y, por supuesto, financiamiento por parte de los sucesivos gobiernos italianos (un salvataje de 1.800 millones en 2020, entre tantos otros que se realizaron previamente).

¿Cómo se llegó a este punto? Una racionalidad sin análisis exhaustivo, le ha dado a los neoliberales ‘letra suficiente’ para determinar responsabilidades y llegar al corazón del ciudadano medio: “Los contribuyentes italianos ya han tenido que gastar decenas de miles de millones de euros para mantener a flote una compañía muy mal administrada. Alitalia ha acumulado unas pérdidas de 11.400 millones de euros entre 2000 y 2020”. Difícil contrarrestar esta discursiva sin una explicación profunda, la cual seguramente quede empantanada en los medios hegemónicos y no llegará nunca con la claridad suficientemente requerida a una sociedad anestesiada y desesperanzada.

Más allá de ello, cuando se desmenuza la dinámica histórica nos encontramos con una compañía que no ha sabido adaptarse a la liberalización del mercado de la aviación que se produjo en Europa en la década del 1990’ – preludio de la profundización globalizadora con rostro oriental - y la consiguiente competencia que ello implicaba. En este sentido, Alitalia mostró poca resiliencia ante la llegada de las eficientes compañías de bajo costo - con tripulaciones más pequeñas, menores revisiones técnicas, y ofrecimiento de tarifas más competitivas -, los sindicatos que pugnaban por derechos contraproducentes para con el nuevo escenario de salarios a la baja, el lobby que implicó la potenciación del sistema de ferrocarriles italianos y europeos en general, y las presiones políticas de diversos partidos para tomar a la empresa como ‘bandera propia’ y mantenerla a flote a pesar de sus graves dificultades financieras estructurales.

Por supuesto, aunque no sea lo que más se menciona por lo refractario que implica asumir responsabilidades, hay que adicionarle la inoperancia, la corrupción, y la imposibilidad de Alitalia de desacoplarse a una macroeconomía italiana y europea aletargada, rezagada ante los mercados de la ‘alta productividad’ y aquellos ‘bendecidos con recursos estratégicos’. Mientras gran parte de Asia, Oceanía, África y América Latina han dado cuenta de ello, una Italia atrasada no puede terminar de lidiar con una gran crisis endógena propia de las heterogeneidades intrínsecas y los descalabros económicos y sociales derivados de una sucesión de gobiernos sobrepasados e incapacitados para dar respuestas coherentes y superadoras.

La consecuencia más visible es mostrar a aquellos que se encuentran del otro lado del mostrador, el hilo más delgado de este drama macro que se transforma en un trauma micro: los trabajadores de la compañía. Tal como lo expresara una empleada con 25 años de experiencia: “Nos hemos encontrado sin trabajo de un día para el otro; no tenemos edad para la jubilación y no sabemos qué haremos. Somos padres y madres de familia y existe miedo al futuro”. Inseguridad, inestabilidad, temor. Un capitalismo líquido siglo XXI bajo el cual, mientras unos pocos lo observan como la bendición de la frugalidad, la inmediatez, y la capacidad de adaptación al cambio, otros lo sufren como el fin de una vida de sustentabilidad económica y el pavor a perderlo todo; a caer empinadamente en su estatus social-económico ganado bajo una vida de trabajo en la aerolínea de bandera nacional.

En definitiva, la caída de Alitalia es un símbolo de la dificultad histórica e innata de Italia para hacer frente a la globalización y a la creciente competencia, como así también la ineficiencia e ineficacia de todos los actores involucrados que privilegiaron un negocio languideciente pero propio, antes que intentar potenciar el beneficio colectivo bajo una rentabilidad sustentable.

‘Adiós bella Alitalia” podríamos decir, haciendo honor a la afamada canción de resistencia antifascista. Aunque en este caso, la mejor manera de batir la nostalgia es generar un contexto donde la experiencia les sirva a los italianos para no volver a cometer los mismos errores; un “Renacer para no morir”, que permita dar un impulso sostenible en el tiempo. Y, en el mientras tanto, tomemos nota por nuestros lares ya que, de errores y malversación, tenemos sobrada experiencia.

Analista Internacional, Twitter: @CafuDiego

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