La vulgaridad no constituye un exceso retórico accidental, sino un instrumento estratégico de dominación, despolitización y violencia simbólica. El uso sistemático del insulto, la agresión performativa y la jerga económica opaca produce un régimen de creencia antes que de conocimiento, sustituyendo la validación empírica por la adhesión afectiva.
Javier Milei y la naturalización de la vulgaridad en el neoliberalismo tardío
Este artículo analiza el papel estructural de la vulgaridad, la simplificación agresiva y el uso de un lenguaje económico pseudotécnico en el populismo de derecha contemporáneo, con foco en las performances políticas asociadas a Javier Milei en la Argentina y Donald Trump en los Estados Unidos.
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Este proceso es reforzado por plataformas digitales, ecosistemas de trolls y formaciones ideológicas propias de ciertas escuelas de negocios hostiles al pensamiento crítico. La vulgaridad opera como una tecnología de gobierno que erosiona la deliberación democrática, legitima la crueldad social y normaliza la degradación institucional.
Hipótesis
La hipótesis central de este artículo sostiene que la vulgaridad política -lejos de ser una anomalía comunicacional- constituye una racionalidad de gobierno funcional al neoliberalismo tardío financiarizado. En los casos de Javier Milei y Donald Trump, el lenguaje vulgar, violento y pseudotécnico opera como un dispositivo de disciplinamiento simbólico que desactiva el pensamiento crítico, sustituye el conocimiento económico por creencias performativas y legitima la degradación institucional.
¿Cómo y por qué la vulgaridad lingüística, la agresión discursiva y el pseudoconocimiento económico se convierten en tecnologías centrales de poder político en el neoliberalismo tardío, particularmente en los gobiernos y movimientos asociados a Javier Milei y Donald Trump?
Mientras algunos enfoques la reducen la vulgaridad a un rasgo estilístico o a una estrategia de proximidad, este articulo dialoga críticamente con dichas perspectivas y propone conceptualizar la vulgaridad como una forma de violencia simbólica organizada, funcional a la financiarización y al vaciamiento democrático.
La vulgaridad es el núcleo operativo del discurso político contemporáneo. En la Argentina actual, como en los Estados Unidos de Trump, la obscenidad verbal, el insulto sistemático, la agresión performativa y la jerga económica ininteligible no constituyen desvíos del orden democrático, sino su mutación autoritaria. Javier Milei no es simplemente un político “mal educado”; es la expresión concentrada de un régimen discursivo que desprecia el conocimiento, ridiculiza la evidencia y sustituye la razón pública por la fe.
La escena se repitió; aquel economista sin trayectoria académica sólida, repitió consignas huecas envueltas en tecnicismos vacíos, mientras redujo toda crítica a insultos, amenazas o acusaciones morales. No hubo debate, hubo escarnio. No hubo argumentos, hubo obscenidad. El lenguaje se volvió un arma para humillar, silenciar y despolitizar.
Este artículo no busca neutralidad estética ni equidistancia moral. Parte de una constatación empírica y teórica; cuando la vulgaridad se naturaliza, la democracia se vacía, y el pseudoconocimiento económico reemplaza al saber verificable.
Vulgaridad como problema político, no estilístico
Desde una perspectiva sociológica crítica, el lenguaje no es un instrumento neutral de transmisión de ideas, sino un campo de lucha donde se producen y reproducen jerarquías sociales, cognitivas y morales. Como mostró Pierre Bourdieu, toda práctica lingüística está atravesada por relaciones de poder que determinan qué formas de decir son legítimas y cuáles son descalificadas como ignorantes, impropias o irrelevantes. La vulgaridad, en este sentido, no es simplemente “hablar mal”, sino intervenir estratégicamente en el “mercado lingüístico” para producir efectos de dominación simbólica.
Esta intervención adopta una forma específica, la inversión del principio de legitimidad. Allí donde el discurso político moderno se apoyaba -al menos normativamente- en la racionalidad, la argumentación y la referencia empírica, el discurso vulgar se legitima por su capacidad de humillar, agredir y desorganizar cognitivamente al interlocutor. El insulto sustituye al argumento; la obscenidad, a la demostración; la violencia verbal, al debate.
Hegemonía, lenguaje y consentimiento
La vulgaridad política funciona como una tecnología hegemónica negativa. No busca elevar al ciudadano al plano de la deliberación racional, sino degradar el espacio mismo de lo decible. Al empobrecer el lenguaje público, se empobrece simultáneamente la capacidad de pensar alternativas, de formular objeciones complejas y de articular proyectos colectivos. La hegemonía ya no se presenta como dirección moral e intelectual, sino como saturación afectiva y disciplinamiento simbólico.
Este desplazamiento es clave, el poder deja de persuadir para imponer climas emocionales. El odio, el desprecio y la burla se convierten en formas ordinarias de relación política. En este sentido, la vulgaridad no es antihegemónica, como a veces se la presenta, sino profundamente funcional a una hegemonía que ya no necesita convencer, sino neutralizar.
Bourdieu conceptualizó la violencia simbólica como aquella forma de dominación que se ejerce con la complicidad de quienes la padecen, en tanto las categorías que estructuran la percepción del mundo social son aceptadas como naturales. La vulgaridad política opera precisamente en este registro. Al normalizar el insulto, la humillación y el desprecio, redefine los umbrales de lo tolerable y vuelve aceptable lo que, en otro contexto histórico, habría sido considerado inadmisible.
La crueldad discursiva se presenta así como sinceridad, la agresión como valentía, la ignorancia como autenticidad. Esta inversión semántica tiene efectos profundos porque desarma las defensas simbólicas de la ciudadanía y produce un habitus de resignación cínica. El ciudadano ya no espera coherencia ni verdad-varios datos del discurso son falsos.
Discurso, poder y control cognitivo
Desde el análisis crítico del discurso, autores como Norman Fairclough y Teun van Dijk han mostrado que el lenguaje político no solo refleja relaciones de poder, sino que las produce activamente. El discurso organiza el acceso al conocimiento, define quién puede hablar con autoridad y qué interpretaciones del mundo se presentan como legítimas.
La vulgaridad cumple aquí una función específica que consiste en bloquear la argumentación compleja. Al reducir el intercambio político a consignas agresivas y expresiones obscenas, se imposibilita la elaboración cognitiva profunda. Van Dijk ha señalado que el control del discurso es una forma central de control social, ya que moldea las representaciones mentales colectivas. En este sentido, la vulgaridad no empodera a “los de abajo”, sino que limita su horizonte cognitivo.
Fairclough, por su parte, advierte que la colonización del discurso público por lógicas mercantiles y autoritarias produce una degradación deliberada de los registros comunicativos. El lenguaje se vuelve performativo en un sentido empobrecido; no produce sentido, sino efectos inmediatos de alineamiento afectivo.
Populismo, transgresión y performance
Autores como Benjamin Moffitt, Pierre Ostiguy y Teo Aiolfi han mostrado que el populismo opera a través de performances que rompen normas retóricas, interaccionales y teatrales.
Sin embargo, este artículo propone un desplazamiento crítico. No toda transgresión es emancipadora ni toda ruptura de normas implica democratización. En los casos aquí analizados, la transgresión vulgar no amplía el espacio político, sino que lo clausura. La performance no revela verdades ocultas, sino que produce ruido, intimidación y confusión.
Aiolfi ha advertido que la noción de “alarde de lo bajo” resulta insuficiente si no se la vincula con los efectos materiales y simbólicos de estas prácticas. La vulgaridad no es simplemente una estética, sino una práctica de poder que redefine las reglas del juego político.
Finalmente, la genealogía de la vulgaridad política no puede desvincularse del contexto digital. Jan Blommaert ha mostrado cómo los flujos comunicacionales producen nuevas jerarquías lingüísticas y nuevas formas de desigualdad simbólica. Las plataformas digitales privilegian el contenido emocionalmente extremo, agresivo y simplificado, amplificando la vulgaridad como formato dominante.
En este ecosistema, el lenguaje vulgar del discurso de Milei no es un accidente, sino un activo algorítmico. La agresión genera interacción; la obscenidad, visibilidad; el conflicto, monetización. El resultado es una economía política del discurso donde la degradación del lenguaje se convierte en condición de éxito político.
Doctor en Ciencia Politica. Master en Politica Económica Internacional. Profesor de Finanzas en tiempos irracionales. YouTube: @DrPabloTigani, en X: @pablotigani
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