Cómo funciona la Inteligencia Artificial en la Justicia federal y el fuero civil

Opiniones

Dependencias del Poder Judicial de la Nación ya dieron un paso en la transformación digital de sus quehaceres. Cómo enfrentar el atraso general de la Justicia en procesos burocráticos cotidianos.

Apenas comenzaba este año cuando nos enteramos de que dos juzgados civiles nacionales se animaban a incorporar procesos de automatización en áreas sensibles para la sociedad: jubilaciones y sucesiones.

Si bien se mira, la trascendencia de la noticia no está dada por la incorporación de tecnologías de la información y la comunicación (TIC) con algo de inteligencia artificial (IA) a los procesos judiciales. Dados los avances constantes en esa materia, no habría por qué sorprenderse de que uno de los poderes del Estado utilizara recursos con los que convivimos a diario y nos simplifican la vida pensando, escribiendo, decidiendo y hasta recordando por nosotros.

Lo destacable es que dependencias del Poder Judicial de la Nación hayan dado un paso en la transformación digital de sus quehaceres. Y es razonable que llame la atención, porque los múltiples desarrollos tecnológicos que la Justicia va implementando en Argentina, tienen lugar, habitualmente, en las provincias o jurisdicciones locales, pero nunca allí donde se cocinan estofados más espesos.

No obstante, en materia de derecho civil y cuestiones procesales, hay experiencias como la del Juzgado Civil y Comercial N° 11 de Morón -dependiente de la Justicia bonaerense- que llevan la delantera en lo que a transformación digital refiere.

Gabriela Gil (56) es la responsable de ese organismo, y trabaja en el desarrollo de soluciones digitales junto con Hernán Quadri (46) Secretario de la Cámara Civil, Comercial y Familia del mismo Juzgado.

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Gabriela Gil y Hernán Quadri

Gabriela Gil y Hernán Quadri

Por momentos, escucharlos es como entrar en otra dimensión, y ellos lo saben. Porque ciertas descripciones, y algunos argumentos que necesitan esgrimir para justificar el atraso general de la Justicia en procesos burocráticos cotidianos, serían rechazados sin miramientos por cualquier milennial.

Sólo un periodista que pasó los 40 y se dedica a investigar fenómenos como el cambio de lo analógico a los digital y, con ello, la Cuarta Revolución Industrial de la mano de la IA, puede tener la paciencia que requiere tirar la cinta hacia atrás -cuánto olor a naftalina en la metáfora- y no perder de vista que las instituciones que sostienen la democracia tienen su cultura, sus rituales y tradiciones. En palabras de Quadri: “Nuestras reglas del juego, que son los códigos procesales, están pensados para el expediente en papel y con mentalidad del mil ochocientos”.

Resumiendo, la Justicia no es, precisamente, nativa digital. Al poner las cosas en esa perspectiva, entonces, es posible apreciar el valor de cada paso, por pequeño que parezca, hacia la eficiencia tal como la detallan, en esta charla, Gabriela y Hernán, cuyo trabajo no presenta atraso alguno aún con los desajustes que impone el COVID.

Sin embargo, promediando el verano, mientras converso con ellos una tarde en Buenos Aires -aprovechando que hemos vuelto a temperaturas normales- algunas reflexiones medulares son insoslayables: el poder y la discrecionalidad de los jueces argentinos, las resistencias a la tecnología con sus fantasmas, y “la terquedad de los escribanos” -Gil dixit- quedan como títulos en el aire de la charla. Veamos.

Periodista: ¿Cómo empezaron a implementar herramientas digitales en el juzgado a tu cargo?

Gabriela Gil: Bueno, digamos que la necesidad tiene cara de hereje. Nosotros trabajamos en un fuero con gran demanda, en el primer cordón del conurbano, donde la litigiosidad crece constantemente, y sin embargo nuestra estructura es de hace 30 años. Entonces la verdad es que hace tiempo, por ejemplo, tenemos un sistema informático llamado Augusta, al que le van incorporando progresivamente funciones de automatización, y vimos que el programa permitía algunos procesos que no se usaban.

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Lo que hicimos fue empezar a sacarle provecho a ese software, por ejemplo, para firmar sentencias y notificar a las partes en el mismo acto, con un clic; sin perder nunca de vista que toda mejora en el proceso judicial tiene que impactar en la experiencia de acceso a la Justicia de la ciudadanía.

O sea: no usamos más tecnología para alivianar nuestro trabajo y nada más. Al contrario, ese es un efecto secundario de lo que verdaderamente buscamos, que es acortar plazos, simplificar los trámites, y que, por ejemplo, una declaratoria de herederos se resuelva el mismo día en que se presenta. Eso es resolverle el problema a la gente.

Periodista: Hace poco circuló la noticia de que empezaron a incorporar cierta Inteligencia Artificial IA en juzgados nacionales civiles. Pero hubo marchas y contramarchas porque el gremio expuso reparos en cuanto a la implementación de sistemas informáticos. ¿Ustedes tuvieron resistencias similares?

Hernán Quadri: La verdad que no, porque el volumen de trabajo que tenemos es tanto, que lo más frecuente es que los operadores judiciales se quejen de que los pasillos de los juzgados rebalsan de expedientes. Las tareas burocráticas son lo que nos quita tiempo humano de calidad, para acciones en las que verdaderamente agregamos valor. Entonces, cuando empezamos a tener mesa de entradas electrónica, firma digital, despacho automático de expedientes en línea… si se hubieran quejado porque incorporamos tecnología, les hubiese pedido que se pongan de acuerdo con ellos mismos.

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Periodista: Claro, pero podría aparecer el fantasma de que la tecnología les quita el trabajo a los empleados…

H.Q.: ¡Es imposible! De hecho, no creo que la tecnología nos reemplace nunca. Como te decía, hay tanto trabajo, la judicialización de los conflictos en la sociedad crece tanto, que nunca te sobra el tiempo. Y hay temas muy delicados, como ocurre por ejemplo en el fuero de familia, donde hay niños, problemas de alimentos, violencia, etcétera, que requieren mucho más compromiso humano del que se puede tener cuando estás copiando y pegando partes de un texto en Word, para decir tres veces lo mismo.

G.G.: Además en esto hay que ser claros. Cuando uno tiene que llamar a un centro de salud donde hay una persona internada, eso no lo hace una computadora. Y para esperar media hora que te atiendan, y hacer las preguntas necesarias para saber en qué estado se encuentra alguien que forma parte de una causa, necesitás el tiempo que ya no te saca la burocracia porque se la dejás a la computadora.

De eso se trata. Poder hablar con el asistente social, volver más humano el proceso porque sumaste tecnología donde los sistemas informáticos te pueden dar una mano. Hoy muchas veces un secretario, que es el rango más alto antes del Juez, se ocupa de diligencias que no le corresponden ¡Ahí está el problema! Entonces las máquinas nos ayudan en cosas que verdaderamente son repetitivas, mecánicas, siempre iguales. E incluso, tareas en las que los sistemas digitales se equivocan menos que los seres humanos; un ejemplo clásico en el Derecho, la transcripción de datos personales.

H.Q.: Además, por ejemplo, nosotros teníamos dos empleados en mesa de entradas. Una vez que empezamos a recibir todo digital y vía remota, esas dos personas ahora se ocupan de acompañar a quienes vienen a audiencias, trabajar en la contención, y le simplifican la vida a la gente porque se puede coordinar comunicación por videollamada, como hacemos normalmente en otros ámbitos de la vida.

Hay que entender que lo deshumanizado es que una persona haga el trabajo que puede hacer una máquina. Ese es el verdadero cambio de paradigma de este siglo. Después de todo, el principio de economía procesal se trata de ser eficientes. Logar más, con lo menos posible. Y en eso la tecnología nos ayuda mucho.

La titánica tarea de innovar en Argentina

Gabriela y Hernán están convencidos de que la Justicia es un sistema cuyos pilares valdría la pena rever. Hablan de “hackear” el Derecho y sus instituciones. Les llama la atención que no todos los jueces de la provincia de Buenos Aires trabajen con expedientes digitales, aún cuando la Corte bonaerense ya dispuso que no se debe usar más papel.

De la misma manera reciben con sorpresa a “escribanos tercos” que quieren tener un expediente de papel a la vista, en el mostrador del Juzgado, y se rehúsan a aceptar que su certificación ya no será física, escrita con tinta de lapicera.

Ahora bien. En la Justicia, esa oposición a lo nuevo no parece encontrar su razón de ser únicamente en la (muy humana) resistencia al cambio. La innovación, que en estructuras burocráticas complejas suele avanzar de abajo hacia arriba, amenaza el statu quo en varios sentidos.

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No solo porque lo nuevo viene con los nuevos y los viejos van quedando atrás, sino, además, porque las viejas prácticas son cada vez más difíciles con la tecnología. Para Gil, “claro que la tecnología te expone; queda asentado cuándo recibiste una notificación, cuánto tiempo tardaste en responder, y si cometiste un error”.

Vale decir, cajonear un expediente digital sin dejar huella es casi imposible. Y lo mismo ocurre con cualquier manejo discrecional de argumentos y pruebas sobre las que el Juez decide. Quizá por eso en Comodoro Py no hay ni rastros de la innovación tecnológica que hoy día, además de Buenos Aires aplica, por caso, Mendoza.

Allí, recientemente, el Poder Judicial firmó un acuerdo con el UBA – IALAB (el Laboratorio de Innovación e Inteligencia Artificial de la Facultad de Derecho de la UBA) para aplicar Prometea -el primer sistema judicial predictivo de Hispanoamérica- en el fuero laboral. Se trata de usar IA para automatizar la homologación de acuerdos entre empleador y empleado en cualquier instancia del proceso judicial.

Más aún. Con la intención de trabajar de cara a la ciudadanía, los dictámenes, desde febrero, saldrán por sistema con una parte diseñada para que el trabajador comprenda la sentencia sin necesidad de traducción por parte de su abogado.

Mario Adaro, Juez de la Corte Suprema mendocina, señala que “si bien las grandes causas son las que el pueblo reclama, cuando innovamos en la Justicia ordinaria le cambiamos la vida a miles de personas. Está claro que, por poner un ejemplo, el caso AMIA no avanza por problemas políticos. Pero esas mega causas también tienen la lupa de toda la opinión pública; podemos saber quién es el juez y hay un seguimiento mediático. En cambio, los miles que todos los días esperan una jubilación, una pensión, un subsidio, una sucesión, o el resarcimiento por un accidente de tránsito, son anónimos; personas de a pie, que merecen que utilicemos todas las herramientas disponibles para resolverles sus problemas”.

Más tecnología para una Justicia más humana

Periodista: ¿Cómo ven la implementación de tecnología en la Justicia durante los próximos años?

H.Q.: Lo primero que veo es que hay que dejar de pensar los tribunales como algo físico. Creo que en poco tiempo van a ser completamente en línea, con actividades sincrónicas y asincrónicas. Al mismo tiempo, como dije antes, no creo que la tecnología nos reemplace a jueces ni a abogados, pero sí nos va a asistir cada vez más.

Por otro lado, hay que pensar en la prueba electrónica y avanzar en su uso. Hoy toda la vida es digital, y el registro audiovisual, con la capacidad de almacenamiento que tenemos, hubiera sido el sueño de cualquier juez. Pero encontramos trabas técnicas y jurídicas para validar los datos que surgen de dispositivos digitales. ¡Pensemos que sólo con acceder a la geolocalización del teléfono de un imputado tenemos, quizá, media causa resuelta! Y esa tecnología no es ni más ni menos que Google Maps, lo que usamos todos los días en el auto.

G.G.: Yo creo que a lo que señala Hernán hay que sumarle que la competencia territorial también va a haber que repensarla, porque para ciertos fueros ya no es importante la localización geográfica del hecho, que muchas veces ocurre en el mundo virtual -N de R: por caso, transacciones en plataformas de compra y venta.

Además, la evidencia digital es ‘el’ tema de los próximos años porque la tecnología no nos va a dejar mentir, y resuelve muchísimo definir dónde estaba o no alguien, y la posibilidad de eliminar testigos falsos. Va a cambiar la idea de la prueba, de hecho.

Todo van a ser datos que los sistemas informáticos deberán poder gestionar, y por eso insisto en la interoperabilidad, sobre todo entre dependencias públicas. O sea, no puede ser que, hoy día, el Poder Judicial no acceda directamente a la información que, de una persona, posee el Ejecutivo; por ejemplo, nacimientos y defunciones. Y entonces le pidamos a la gente que vaya y venga con papelitos o con información electrónica. Hay una burocracia digital que hay que combatir también.

Algo de oxígeno ante la fatiga democrática

El UBA – IALAB impulsa la innovación tecnológica en la Justicia en toda América Latina y, en ese campo, es vanguardia mundial. Sus desarrollos son aplicados y respaldados por el BID, la ONU, la OCDE y el MIT.

El año pasado la Corporación Andina de Fomento (CAF) que, junto con el BID, financia los principales proyectos de desarrollo de la región, publicó un relevamiento de más de 500 páginas, ExperiencIA, en el que destaca 3 sistemas informáticos aplicados en la Justicia: Prometea, PretorIA, creados por el UBA – IALAB, y Synapses, brasilero, desarrollado a partir de la incubación en el Estado de Rondonia. Una mirada sencilla sobre los dos primeros nos permitirá saber dónde está parada Argentina en este punto.

Prometea fue creado en noviembre de 2017 en conjunto con el Ministerio Público Fiscal porteño, y es el primer sistema predictivo capaz de elaborar dictámenes cuyo diseño es perfectamente compatible con las garantías constitucionales y normas internacionales que rigen a Argentina. El BID destacó su funcionamiento en una investigación de 2020.

PretorIA, por su parte, fue creado por el mismo laboratorio para la Corte Constitucional de Colombia (su máximo tribunal de Justicia) por lo que resulta un hito ya que es el único caso en el mundo en que el más alto organismo judicial de una Nación adopta un sistema inteligente para agilizar las decisiones en temas como tutelas, es decir, amparos por subsidios a la salud en los que el tiempo para decidir, a veces, resulta vital.

Como si fuera poco, para fines del primer trimestre de este año, Perú pondrá en marcha Tucuy Ricuy, un sistema de IA programado, también, por el UBA – IALAB con el que se podrán dictar medidas de protección inmediata en casos de violencia de género dado el crecimiento de 1100% de esos casos en el país andino. Una de sus particularidades es que, según el Director del Laboratorio, Juan Corvalán “tiene 6 tipos de IA diferentes, además de que conecta el sistema judicial con las más de 50 comisarías de la mujer de todo el país”.

Si bien, según el refrán, nadie es profeta en su tierra, es extraño que nuestra propia Corte Suprema de Justicia no se interese por los sistemas que se programan en la universidad número uno de Iberoamérica, cuyos desarrollos cuentan con el respaldo de la comunidad internacional de mayor experticia respecto de la implementación de IA en la Justicia.

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Lo cierto es que cada vez que se implementan soluciones que vienen a reparar deudas históricas de nuestros endebles andamiajes institucionales, es como si respiráramos algo de aire fresco y puro entre tanta desazón.

No por nada el consultor en comunicación política catalán Antoni Gutiérrez Rubí titula su más reciente obra La fatiga democrática (2021). Con acierto, Gutiérrez Rubí observa que, especialmente a partir del COVID, vivimos una “recesión democrática” en la que los valores que sostenían a las sociedades occidentales están cayendo en descrédito.

A su vez, la estadística de Latinobarómetro de 2020 revela que la percepción descrita está ligada, en América Latina, con la muy poca confianza que depositamos en la Justicia. Es la vívida sensación de que, después de todo, en nuestros países los poderosos siempre se salen con la suya porque la Justicia es lenta, mala y corrupta. De allí, ese desgastante sentimiento de que, en esta parte del mundo, hacer el bien o el mal da lo mismo.

Y sin embargo con inventiva, sentido de la responsabilidad y ganas de devolvernos la esperanza en el poder fundamental de nuestra organización política, todas las fuentes citadas en este artículo, y muchas más, se las rebuscan cada día para innovar en un área donde las mezquindades nos vienen dejando sin aire hace rato.

La fatiga democrática es el cansancio que experimentamos como consecuencia de vivir (des) organizados en un sistema político que cruje cada vez más fuerte, mientras que se nos acaba el aire, es decir, la fe en los valores en los que necesitamos creer para no renunciar a lo que costó mucho conseguir.

Por eso, como explica Gutiérrez Rubí, ese ahogo no se resuelve con descanso. Pandemia mediante, se vuelve dramáticamente necesario llevar a cabo soluciones que les devuelvan el cariz ético a nuestras acciones.

En eso, las máquinas tienen poco que aportar; es un desafío enorme y enteramente humano.

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