Kirguizistán: otra revolución democrática desde las calles
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• Beneficiarios
Desde 1997 Akayev -con un grupo de empresarios adláteres que, según suele suceder aún en otras latitudes, fueron los beneficiarios directos de su estrategia económica- comenzó a implementar políticas privatizadoras y aperturistas, cuidadosamente dirigidas tratando de favorecer a sus «compañeros de ruta». Para meditar, también aquí. Aunque, como es habitual, a costa de cercenar las libertades civiles y políticas de su pueblo.
Desde 1991 hasta hace apenas unas horas Akayev se eternizó en el poder. Para ello, manipuló elecciones; atemorizó; intimidó; persiguió a los opositores, procurando instalar un discurso único, el suyo; restringió la libertad de opinión; y maniobró con un solo norte: el de aumentar y preservar el poder.
A comienzos de año, impedido constitucionalmente de buscar un nuevo mandato presidencial, manipuló a su gusto los resultados de dos sucesivas ruedas electorales de las elecciones parlamentarias. El objetivo obvio fue el de contar con un Parlamento dócil, que le permitiera remover los obstáculos legales que impedían su reelección. Naturalmente si esa estrategia fracasaba, Akayev tenía una alternativa. La de contar con un pariente cercano, con el mismo apellido, dispuesto a conservar «en familia» el poder. En este caso, su hija: Bermet, «portadora» de su mismo nombre por cierto.
Ante estas maniobras, la gente -frustrada- dijo basta y salió espontáneamente a las calles. Para quedarse en ellas, porque ése es el secreto. Primero, en las ciudades del empobrecido sur del país. Luego, en la propia capital, Bishkek, donde desalojaron al gobierno de los edificios públicos y liberaron a los líderesde la oposición, que estabandetenidos desde hacía varios años, quienes tomaron el poder provisoriamente. Al tiempo de escribir esta líneas, Akayev, que se suponía fugado en dirección a Rusia, luce perdido, sin aliados.
• Elección propia
Miles de hombres y mujeres desafiaron en las calles a los «grupos de choque» de Akayev que estaban prestos a no dejar que la calle se llenara de protesta y los pusieron en fuga. Enfrentados luego con la policía, superaron prontamente su resistencia formal. Salieron todos de sus casas y trabajos, libre y espontáneamente. Por elección propia. No hubo escuadrillas de colectivos naranjas o de otros colores estacionados en el centro de la ciudad para llevarlos o traerlos. Ni «per diems». Llegaron caminando, sin organización, radios, palos, ni cercos. Pero llegaron a cara descubierta.
Proclamaron a viva voz su deseo de poner punto final al autoritarismo. Ocuparon cruces, edificios, plazas y oficinas públicas. Casi siempre pacíficamente. En su empeño, destruyeron todas las señales del «culto a la personalidad», retratos, afiches, carteles, todo cuanto recordara a Akayev quien devino absolutamente insoportable.
Veremos en qué termina este nuevo episodio de una serie de democratizaciones hechas desde la calle, desafiando al autoritarismo y rechazando la prepotencia. Con coraje, por cierto.
Aladino salió de la lámpara. Y, habiendo respirado la libertad, no quiere ya volver atrás. Es lógico.
La moraleja pareciera ser que cada vez es más y más difícil engañar a la gente desde el poder. Particularmente cuando se procura birlarle la capacidad real de elegir a sus autoridades. Por más profundas y sofisticadas que sean las manipulaciones o alianzas del poder político con los medios y el poder económico. Particularmente cuando el pueblo -enfrentado con el autoritarismo- descubre colectivamente que, al final, no es fácil someterlo por mucho tiempo al designio personal de nadie.




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