29 de marzo 2005 - 00:00

Kirguizistán: otra revolución democrática desde las calles

Hasta no hace mucho, la imagen de una revolución popular estaba asociada al tipo de turbulencias generadas por una muchedumbre en las calles del tipo de la que, en 1917, transformara a Rusia en la Unión Soviética, pasando de la tiranía de los zares a la tiranía -peor- de los bolcheviques. De pronto esa imagen ha cambiado radicalmente de signo y de tono. En los últimos tiempos, cuando la gente sale espontáneamente a las calles lo hace para formular reclamos de corte democrático en dirección al respeto de sus derechos humanos y libertades civiles y políticas. En general, pacíficamente.

Curiosamente, la muchedumbre aparece envuelta siempre en colores llenos de simbolismo que conforman una suerte de arco iris de la libertad. Enarbolando entonces el color rosa, en Tsbilisi, Georgia; vestida con vivos de color naranja en las calles del centro Kiev, en Ucrania; flameando los colores patrios -rojo y blanco- para motorizar la revolución del «cedro», en Beirut, en el Líbano; con ropa femenina recatada pero de un desafiante tono de rosa, en Teherán, Irán; con el celeste en Minsk, en Bielorrusia; y ahora con el amarillo como bandera, en todo el territorio de la lejana Kirguizistán, en Asia Central.

Kirguizistán, recordemos, es un pequeño país emplazado en una zona agreste y montañosa, en el centro mismo de Asia, al noroeste de China. Sin hidrocarburos, en este caso. Pobre, entonces. Pero con buenos índices de alfabetismo y salubridad, aunque con un ingreso promedio per cápita de apenas unos 400 dólares por año. Sus cinco millones de habitantes conforman una sociedad tribal y multiétnica, con antepasados turcos y mongoles.

• Derrumbe

Ya en 1875 el Imperio Ruso se había apoderado de buena parte de su territorio. Algo más tarde, en 1917, el país fue avasallado -paso a paso- por el comunismo soviético. Cuando en 1986 Mijail Gorbachov comenzó a sacudir las estructuras totalitarias soviéticas, el separatismo comenzó simultáneamente a crecer con vigor en Kirguizistán, movilizado por la esperanza de recuperar una identidad extraviada.

Al producirse el derrumbe del Imperio Soviético, Kirguizistán alcanzó su independencia, en 1991. Ese mismo año, Askar Akayev, un físico joven que alguna vez presidiera la Academia Soviética de Ciencias fue «electo» presidente del país, en «comicios» anormales porque no tuvo contrincante alguno, cumpliendo así el sueño de muchos políticos. Una de sus primeras medidas fue la de declarar ilegal al Partido Comunista, en el que él mismo había militado, claro está. En materia de política exterior, proclamó de inmediato la «neutralidad» de Kirguizistán.

• Beneficiarios

Desde 1997 Akayev -con un grupo de empresarios adláteres que, según suele suceder aún en otras latitudes, fueron los beneficiarios directos de su estrategia económica- comenzó a implementar políticas privatizadoras y aperturistas, cuidadosamente dirigidas tratando de favorecer a sus «compañeros de ruta». Para meditar, también aquí. Aunque, como es habitual, a costa de cercenar las libertades civiles y políticas de su pueblo.

Desde 1991 hasta hace apenas unas horas Akayev se eternizó en el poder. Para ello, manipuló elecciones; atemorizó; intimidó; persiguió a los opositores, procurando instalar un discurso único, el suyo; restringió la libertad de opinión; y maniobró con un solo norte: el de aumentar y preservar el poder.

A comienzos de año, impedido constitucionalmente de buscar un nuevo mandato presidencial, manipuló a su gusto los resultados de dos sucesivas ruedas electorales de las elecciones parlamentarias. El objetivo obvio fue el de contar con un Parlamento dócil, que le permitiera remover los obstáculos legales que impedían su reelección. Naturalmente si esa estrategia fracasaba, Akayev tenía una alternativa. La de contar con un pariente cercano, con el mismo apellido, dispuesto a conservar «en familia» el poder. En este caso, su hija: Bermet, «portadora» de su mismo nombre por cierto.

Ante estas maniobras, la gente -frustrada- dijo basta y salió espontáneamente a las calles. Para quedarse en ellas, porque ése es el secreto. Primero, en las ciudades del empobrecido sur del país. Luego, en la propia capital, Bishkek, donde desalojaron al gobierno de los edificios públicos y liberaron a los líderesde la oposición, que estabandetenidos desde hacía varios años, quienes tomaron el poder provisoriamente. Al tiempo de escribir esta líneas, Akayev, que se suponía fugado en dirección a Rusia, luce perdido, sin aliados.

• Elección propia

Miles de hombres y mujeres desafiaron en las calles a los «grupos de choque» de Akayev que estaban prestos a no dejar que la calle se llenara de protesta y los pusieron en fuga. Enfrentados luego con la policía, superaron prontamente su resistencia formal. Salieron todos de sus casas y trabajos, libre y espontáneamente. Por elección propia. No hubo escuadrillas de colectivos naranjas o de otros colores estacionados en el centro de la ciudad para llevarlos o traerlos. Ni «per diems». Llegaron caminando, sin organización, radios, palos, ni cercos. Pero llegaron a cara descubierta.

Proclamaron a viva voz su deseo de poner punto final al autoritarismo. Ocuparon cruces, edificios, plazas y oficinas públicas. Casi siempre pacíficamente. En su empeño, destruyeron todas las señales del «culto a la personalidad», retratos, afiches, carteles, todo cuanto recordara a Akayev quien devino absolutamente insoportable.

Veremos en qué termina este nuevo episodio de una serie de democratizaciones hechas desde la calle, desafiando al autoritarismo y rechazando la prepotencia. Con coraje, por cierto.

Aladino salió de la lámpara. Y, habiendo respirado la libertad, no quiere ya volver atrás. Es lógico.

La moraleja pareciera ser que cada vez es más y más difícil engañar a la gente desde el poder. Particularmente cuando se procura birlarle la capacidad real de elegir a sus autoridades. Por más profundas y sofisticadas que sean las manipulaciones o alianzas del poder político con los medios y el poder económico. Particularmente cuando el pueblo -enfrentado con el autoritarismo- descubre colectivamente que, al final, no es fácil someterlo por mucho tiempo al designio personal de nadie.

Dejá tu comentario

Te puede interesar