6 de agosto 2023 - 00:00

La estatua de Roca y los antecedentes de otros intentos de "mudanzas monumentales"

A pocos días de conocerse la feliz noticia de que una medida cautelar suspendió el traslado del monumento a Julio Argentino Roca en el Centro Cívico de Bariloche, es interesante reflexionar sobre bochornosos traslados y deliberaciones alrededor de grandes exponentes del arte público del siglo XX.  

La intención de remover el monumento a Julio Argentino Roca del centro de Bariloche avivó una polémica. 

La intención de remover el monumento a Julio Argentino Roca del centro de Bariloche avivó una polémica. 

El pasado miércoles, la Justicia impidió trasladar la estatua de Julio Argentino Roca de Bariloche

El proyecto de mover la estatua a las barrancas que dan al lago Nahuel Huapi era llevado a cabo por el intendente Gustavo Gennuso, medida que fue fuertemente criticada por la gobernadora de la provincia, Arabela Carreras.

Es preciso decir que las mudanzas del patrimonio escultórico atentan contra la historia urbana y nos obligan, por lo menos, a reescribir los textos escolares y a actualizar el GPS.

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Pero muchos han sido los monumentos que pasaron por el banquillo de los acusados y tuvieron menos suerte que Don Roca

Uno de los casos más recordados es el del Monumento a Cristóbal Colón que fue trasladado del Parque Colón, al Paseo de la Costanera luego de acalorados debates.

Es decir que el conquistador de América se fue de las inmediaciones de la Casa Rosada a las adyacencias del Aeroparque Jorge Newbery en un vuelo sin escalas.

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Pero hubo otros antecedentes rimbombantes a principios del siglo pasado que vale la pena destacar como la Fuente Monumental de Las Nereidas, una de las obras insigne de Dolores Candelaria Mora Vega de Hernández o, ya entrando en confianza, Lola Mora.

Estaba destinada a ser emplazada en Plaza de Mayo a metros de la Catedral pero debido a las mujeres semidesnudas talladas en mármol blanco de Carrara la obra fue censurada y debió tener otro destino al momento de su inauguración en 1903: la intersección de Paseo de Julio y Cangallo (hoy Leandro N. Alem y Perón), en el bajo porteño.

Como si un solo desacierto no hubiera sido suficiente, quince años mas tarde la escultora argentina sufre una nueva ofensa. La fuente considerada la mas importante de su tiempo, fue reubicada lo mas lejos posible y se la trasladó frente a lo que era el Balneario Sur (hoy Costanera Sur) en la entrada de la Reserva Ecológica donde todavía se encuentra.

Una fisura en la base salvó a Las Nereidas de una nueva mudanza en 1971 a la intersección de Avenida Santa Fe y Avenida 9 de Julio. Pero Lola Mora no se salvó de la grieta, la grieta política.

Considerada la escultora de los gobiernos conservadores, el día que los vientos políticos soplaron para otro lado, Lola pasó de ser “la escultora de la Patria” a una lisa y llana “marmolera”.

Un caso distinto pero igualmente polémico sucedió unos años antes en torno al Monumento a Sarmiento. En 1894 se decide homenajear al gran “Padre del Aula” y se encarga una esfinge en bronce de dos metros de altura a Auguste Rodin, el mas afamado escultor de Francia de ese momento.

El 25 de mayo de 1900 se inaugura la obra a un costado de la rotonda del Parque 3 de Febrero sobre una de las esquinas de la demolida casa de su archienemigo Juan Manuel de Rosas.

Pero cuando los vecinos la vieron pusieron el grito en el cielo y depositaron su disgusto en varias publicaciones porque consideraron que la obra del padre de la escultura moderna no cumplía con los parámetros esperados.

Entre nosotros, y sin que nadie nos escuche, aquel día patrio los presentes se indignaron, dijeron que se parecía mas a un primate que a Sarmiento.

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Ciertamente, no salió muy agraciado Don Domingo Faustino, pero tengamos en cuenta que todo lo que tuvo el escultor francés para basarse fueron unas pocas fotos del prócer sanjuanino.

¡Otra que mudanza! ¡Ojalá! ¡Directamente la querían tirar debajo de un saque como si fuera una piñata!

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Rodin se ofreció a hacerle cambios a su obra luego de que la gente hiciera algunas pegatinas en señal de disconformidad y hasta se debió montar una guardia especial para evitar que cumplieran con la amenaza de derribarla.

No era muy honroso para el padre de la escultura moderna que la paqueta sociedad porteña cuestionara su talento.

Afortunadamente, el ensañamiento se fue diluyendo y, como tantas veces ocurre en nuestra bendita Argentina, algún otro suceso dejó esta repulsa ciudadana en el plano de la anécdota y allí sigue nuestro Sarmiento de bronce vivito y coleando.

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