La sociedad argentina parece haber entrado en una escalada de violencia donde diversos grupos sociales pugnan por dirimir sus conflictos en forma directa, sin mediación alguna por parte de las autoridades constituidas. Se observa, además, la falta de actuación del Estado allí donde resulta imprescindible. A diario se producen manifestaciones de violencia, peticionando algunas veces por derechos legítimos y otras por privilegios inadmisibles.
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Es común escuchar por estas horas interpretaciones en el sentido de que la estrategia de seguridad del Estado fracasó. Que los métodos utilizados (en definitiva, permitir actuar a los diversos grupos y mantener al Estado ausente), si bien fueron una elección inteligente en un principio, ya no dan los frutos que se esperaban. Interpretar la realidad de ese modo soslaya ciertos elementos que, componiéndolos, permiten verificar que se utilizan otras estrategias, pues en realidad son diferentes los fines que se persiguen por parte de quienes ejercen los poderes públicos. Queda claro que los reclamos sociales cortando rutas -lo cual no debe olvidarse que constituye delito-fueron originados por grupos de personas que habían quedado francamente excluidas.
Sin embargo, a poco de andar, esos reclamos se fueron organizando, y militantes con vasta experiencia en «luchas sociales» se fueron adueñando de las organizaciones, administrando, en consecuencia, los recursos que a ellas se derivan con la intención de que lleguen como «asistencia» a los más necesitados.
El Estado, que financia en definitiva a dichas organizaciones a través de los planes sociales, contribuyó enorme mente a la creación de estos nuevos grupos de poder. Además de financiarlos, les otorga ciertos privilegios como organizaciones que hacen que los líderes controlen a los desocupados con el miedo. Esto derivó en una curiosa estructura, tal como ha quedado diseñada gracias a los planes asistenciales: los jefes de estas organizaciones conducen fuerzas improductivas financiadas por el Estado para realizar actos que consolidan cada vez más el poder de esas organizaciones y también el poder personal de sus jefes. Estos hombres, además, cuentan con «contratos basura» con sus inferiores, ya que los jerarcas pueden exigir a sus bases las tareas de protesta social (corte de calles, toma de puentes, de casinos, de comisarías, edificios públicos, empresas privadas, legislaturas); si los que deben realizar tales tareas no las cumplen, el jerarca les quita el plan. Vale decir, son lisa y llanamente despedidos. Ni siquiera los empresarios pueden soñar con semejante «flexibilización».
La conducción de estas organizaciones es una verdadera tentación para cualquier político. Los piqueteros tienen mayor gimnasia de presencia en las calles que cualquier otro grupo tradicional (viejos punteros políticos, sindicatos, grupos de jubilados, ahorristas). Se movilizan con mayor facilidad. En algunos casos, y frente a otras agrupaciones, ciertos jerarcas gozan de prestigio por compartir actividades diarias, como comedores populares, microemprendimientos y marchas. Por ello, ese nuevo actor social podrá tener seguramente en el futuro múltiples usos en la cabeza de ciertos políticos. Desde fuerzas de choque hasta organizaciones electorales para ganar comicios. De ahí que el sueño de tener grupos piqueteros propios desvela a muchos hombres de la política, entre ellos, a quienes ejercen el gobierno de la Nación.
Recordemos que durante la Revolución Francesa, que institucionalizó el ascenso de la burguesía con poder económico al mundo de las decisiones políticas, de modo tal que el Tercer Estado se sentaba en la Asamblea Nacional junto con la nobleza y el clero, aparecieron también las luchas políticas entre diversas fracciones. Desterrado el «ansien régime», el grupo de los girondinos de tendencia liberal condujo durante los primeros años los asuntos públicos. Frente a ello, el grupo de los jacobinos, de ideas más dirigistas, se fue escindiendo, hasta rivalizar en forma directa. El «menu peuple», es decir, los pequeños tenderos y cuentapropistas urbanos, constituía los llamados «sansculottes», quienes prácticamente carecían de representantes.
Los jacobinos pretendieron sumar a los «sans-culottes» y con esa alianza desplazar a los girondinos. Ello les dio resultado al principio, y la consecuencia fue la instalación de un gobierno que se conoció como el Terror. Este régimen de terror, que mandó a la guillotina a los antiguos jefes girondinos, no se detuvo y asimismo provocó la expulsión de los «sans-culottes» y luego de los acontecimientos conocidos como Termidor, la caída y el cadalso también de Maximilien Robespierre y sus seguidores.
Parecería que no se puede ir contra la historia. Estas tentaciones de conducir a los que nada tienen que perder a través del clientelismo derivan en fracaso, pero primero se pasa por el gran miedo y el terror.
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