Benito Quinquela Martín fue todo lo incorrecto que se puede ser, al igual que nuestro héroe máximo, también fue todo lo correcto que se puede ser para poder moldear la realidad sin violencia y en el tiempo.
Martín Quinquela, una persona peligrosa
El artista argentino fue todo lo incorrecto que se puede ser. Redefinió el término altruista y solidaridad. En sus “inauguraciones” estuvieron todos los presidentes del momento. Fue la incorrección argentina a flor de piel.
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Benito Quinquela Martín
“Un día me di cuenta que si le donaba con cargo al estado, ellos tenían que hacer la obra y entonces no paré más”. La Boca se convirtió en su “Rasty” personal y comenzaron a aparecer edificios por toda la Vuelta de Rocha. Una Escuela-Museo, el Teatro de La Ribera, el Lactario, el Hospital Odontológico, una Escuela de Artes Gráficas para Obreros, un Jardín de Infantes. Y, por si esto fuera poco, convirtió un terreno baldío en un Museo de Arte al Aire libre, hoy conocido como Caminito.
Redefinió el término altruista y solidaridad, el de filántropo es un insulto posmoderno. Piense en los millones de personas que se beneficiaron siendo alumnos, pacientes, estudiantes obreros, trabajadores, educadores, médicos, enfermeras, artistas, turistas, paseantes y hasta administradores del estado en estos casi 89 años entre la primera inauguración de sus donaciones y este 2025. Y todo, pero todo, sin otro fin que ayudar a los que menos tienen.
Quinquela es de todos, pero no fue de nadie
En sus “inauguraciones” estuvieron todos los presidentes del momento, por su atelier también y, aun hoy, nadie puede decir a qué partido adscribió Quinquela. Tampoco nadie puede decir si fue de River o de Boca, pero ambos lo consideran propio.
La vida de Quinquela es una metáfora de la argentina misma. La del amor, la contradicción y los contrapuestos. La de la fiesta, no la del drama.
Para algunos, podría ser la “quinta esencia” o el arquetipo del argentino. Pero del argentino profundo, fragua de milenios de encuentros y desencuentros entre pueblos.
Para la mayoría fue abandonado al nacer, pero si uno se sale de lo “simple y sentimental” fue dejado en el mejor lugar en el que se podía dejar a un niño que su llegada al mundo podía ser socialmente problemática, en la Casa de Niños Expósitos.
Allí vivió seis años hasta que fue adoptado por un matrimonio formado por un “tano” genovés y una “india” analfabeta del litoral argentino. Una fragua común por estas tierras de encuentro entre europeos y americanos de antes, que hacen de lo nuevo, Benito Juan Martín, su cotidianeidad.
Cuando lo adoptaron le agregaron el Chinchella pero él ni bien pudo se renombró, no dejando a nadie de su historia afuera, Benito Quinquela Martín y no fue como nombre artístico, sino por ley.
Y con ello argentiniza el apellido paterno. Lo convierte fonéticamente en algo nuestro poniendo toda su impronta al proceso de aculturación, o creación de una nueva cultura, que estaba sucediendo por estas tierras a principios del siglo XX, el famoso “cocoliche”.
Cómo no tenía fecha de nacimiento, ya que la nota con la que lo dejaron no la tenía, él decretó que su cumpleaños era el 1 de marzo. Lo hizo naturalmente, sin dramas ni culpas.
Al igual que trabajara de niño, como tantos de esa época, y cuando descubra su pasión no la dejará por nada. Como una fiera acorralada defenderá su arte contra todo el “academicismo” imperante. Y a diferencia de la “argentina moderna” que copia los modelos europeos que nada tienen que ver con su idiosincrasia, Quinquela hará de su arte un sello personal y único.
A sus trabajadores los pinta en cintas cuasi fordianas y encorvados por el trabajo duro. El fondo lleno de fábricas es metáfora de lo que se vive afuera, pero su puerto se llenará de colores creando una nueva atmósfera que nos transporta a la esperanza que trae el trabajo por más duro que sea. Realidad y esperanza son constante en Quinquela.
Su sufrimiento es porvenir esperanzado, no es denuncia de opresión y menos de lucha de clases, aunque él vivió eso y peleó por condiciones mejores de trabajo. Sabe del sufrimiento, pero también sabe del trampolín que puede ser el trabajo duro cuando hay un plan que lo sustenta.
Y su plan fue incorrecto pero eficaz. Quinquela se sale de la academia porque con ella no puede representar lo que quiere. Lo encorseta y lo tracciona hacia donde no quiere. Hacia la técnica desprovista de pasión y para él el arte es pasión o no es nada.
Asunto que aun hoy en día no le perdona el “academicismo oficial” de tono europeo, en verdad no le perdona nada de su vida, y lo siguen atacando implacablemente ayer como hoy.
Fue la incorrección argentina a flor de piel, un sello que nos diferencia en todo el mundo y que hace que nuestras formas, no siendo únicas, tengan sus particularidades que exasperan a los seguidores de las formas correctas que no son otra cosa que “dominación tradicional del tipo weberiana”.
En su minuto de fama eterna, cuando el mundo entero se rendía a sus pies y cuando sus cuadros podrían venderse por millones, decidió dejar todo a un costado porque extrañaba a su madre.
Pero como Chinchella se hizo Quinquela también su altruismo tuvo su impronta. No vendió ni entregó sus convicciones con la excusa de “recaudar fondos” para donar. Y el paroxismo de sus convicciones fue en Italia cuando se negó a vender su cuadro favorito, Crepúsculo. No solo es muestra de sus principios sino de su coraje, ya que quién pretendía comprarlo y hasta ofrecía un cheque en blanco era nada más y nada menos que el Duce Benito Mussolini en el apogeo de su poder. Otros lo hubieran usado de excusa, para él fue motivo de satisfacción. Orgullo argento que le dicen algunos.
Como cuando le dijo que no a un industrial norteamericano para que pinte su fábrica por un montón de dinero, y cuando decimos un montón, era un montón. No solo le dijo que no, sino que le propuso que contrate a los artistas locales.
Generosidad que lo acompañará siempre y, sobre todo, en su propia patria dónde solo pintaba en la Boca y cuando le pedían pintar en otros lugares hacía lo mismo que hizo en Estados Unidos, renunciar para que otros se beneficiaran.
La Orden del Tornillo
Fundó la mejor orden que un ser humano de bien puede fundar: la Orden del Tornillo. Fue el Dictador de una cofradía que premiaba la locura creativa. Que se vanagloriaba de ser contracultural, pero ente todo de buscar la belleza. Y, como sabía de las debilidades de los hombres, la Orden moría al partir su Dictador.
Por lo mismo, al acercarse al lecho de muerte, se casó con su secretaria, amiga y, seguramente, amante de toda la vida, Marta Cerruti. Pensó que ella podría luchar por su legado, pero en esta se equivocó. Fue ella quien sufrió el embate feroz de la carroña. Las presiones y las traiciones fueron tantas que Marta, y los herederos que la continuaron, la llamaron la herencia maldita.
Y como la degradación de nuestra cultura se hizo política estatal, nuestros grandes personajes históricos se convirtieron en enemigos a esconder. Se los encierra en museos; se les pone una fecha festiva, si es la de su muerte mejor; se hacen hermosos homenajes para diluir su legado; y se construyen grandes monumentos para esconder su grandeza.
Y para no dejar ningún cabo suelto le nombran un “cancerbero oficial”, le construyen un relato inentendible, consumible y edulcorado que, contado cual trámite administrativo, desmotivan al más motivado.
Por suerte Quinquela, como nuestros grandes personajes históricos, se les escapa todo el tiempo aun contra todas las previsiones posibles.
Fue un argentino profundo, heredero y paradigma de esa profundidad. Síntesis de su tiempo y de todos los tiempos de América que antes se llamaba “Abya Yala”.
Quinquela fue “Jijiji”, de los redondos o a su contraria “Canción Animal” de Soda Stereo. Fue la sublime Mercedes Sosa cantando “Gracias a la vida” o el genial León Gieco con su “Solo le pido a Dios”. El gol de Diego a los ingleses y el “otro” gol de Diego a los ingleses. Messi robándole un beso a la copa en Qatar y los brazos al cielo de Kempes en el Monumental. Vilas, Ginobili y Del Potro abrazando a Delbonis.
Las tardes chocolatadas de miles de niños sentados frente al TV junto a Carlitos Balá y qué gusto tiene la sal o al capitán Piluso y su entrañable Coquito, ni que decir al gran Pepe Biondi y su Pepe Galleta.
Fue la familia con Doña Petrona y Juanita o a la inigualable Tita Merello, la tanguera por excelencia, diciéndoles a todas las argentinas “Mujer, hacete el Papanicolau” y el teatro televisado de Darío Vittori.
Ni qué decir que fue Discépolo, ese amigo del alma de Quinquela, y su Cambalache o, para seguir con las “contrapuestos”, Piazzola con “Adiós Nonino”.
Quinquela fue eso y mucho más. Solo lo superan nuestros Veteranos de Malvinas pero sepa que, con ellos y por ellos, hubiera estado Quinquela.
Para Quinquela “las personas no eran importante por lo que son, ni por lo que tienen, solo por lo que dan” y esa fue su premisa hasta el último día de su vida.
Parafraseando a Marechal, la “batalla terrestre” la venció con su espátula, pero en “batalla celeste” está su legado. Los fines de la “Orden del Tornillo” nos pueden dar la clave.
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