20 de enero 2005 - 00:00

Reconciliación, la base de un futuro que es posible

«Tanto necesitamos echarnos culpas sobre el pasado cuanto valor nos falta para enfrentar el porvenir.»
José Saramago

«La historia de los argentinos está llena de encrucijadas, tensiones y conflictos. Sin embargo, este pueblo supo cargar al hombro su destino cada vez que en la solidaridad y el trabajo forjó una amistad política de convivencia racial y social que marca nuestro estilo de vida...»
Monseñor Bergoglio

Posiblemente, la etapa de nuestra historia que mejor ejemplifica las expresiones de nuestro cardenal primado sea el período de la Organización Nacional. Urquiza, líder político-militar indiscutido después de Caseros, convocó a unitarios y federales, a porteños y provincianos, para dictar la Constitución siguiendo las Bases de Alberdi y los pactos preexistentes. Por ese entonces «pacto» no era una palabra «políticamente incorrecta» ni se había transformado aún en eufemismo. Luego, al advertir que su figura entorpecía la unidad, considerada como fundacional, se retiró dejando un ejemplo que es conveniente recordar. Ciento cincuenta años del primer gobierno constitucional deberían hoy inspirarnos.

Ciertamente fueron necesarios veinte años más de luchas, pero también de coincidencias y de voluntad para deponer intereses particulares hasta alumbrar el comienzo de un camino de esplendor y progreso. Por ese entonces, sobresalía el impulso y ejemplo de los dirigentes consustanciados con objetivos de Estado y con el esfuerzo confiado y solidario de los hombres de buena voluntad que se incorporaban a nuestra geografía. Todos insertaron nuestra Nación en un mundo que -con menos vértigo que hoy- también crecía en interdependencias. En definitiva, llevaron a la República a una posición expectante y envidiada.

•Saldo trágico

Hoy, a más de veinte años de recuperada la democracia por todos los argentinos, y a diez años de una nueva Constitución, tantas veces vapuleada, la Argentina no logra despegar y avanzar con la pujanza de nuestros antepasados. El terrorismo y la represión ilegal de los '70 dejaron un saldo trágico y legaron una sociedad profundamente herida. Mientras algunos intentan cerrar las llagas, recurrentemente, otros vuelven sobre el pasado con razones a veces justas, a veces meramente ideológicas. Sin duda, el olvido no es el camino que conduce a la reconciliación de una nación. Sólo el reconocimiento objetivo, desapasionado, completo y sin ánimos de revancha de aquel pasado puede aportar los cimientos de ésta. Como sostuvo el constitucionalista Jorge Vanossi en su proyecto de Ley de Amnistía, sabemos urge para consolidar la República que esa «comprensible resistencia a absolver no se traduzca en una permanente actitud de odio y resentimiento hacia los responsables de tales hechos, y que esos sentimientos -tan entendibles- envuelvan a toda la sociedad en una fragmentación permanente y creciente». Siendo justos, miraremos y nos miraremos. Siendo justos reconoceremos la gravedad de la violencia que propiciamos cuando la vida no valía y no supimos manejarnos dentro de la ley. Siendo justos veremos que somos casi todos culpables del enfrentamiento entre argentinos. Entonces, es factible que reconozcamos que el recuerdo parcial es tan injusto como el olvido. Es ingenuo o malintencionado afirmar lo contrario.

Sin rencores.

Cuando un cuerpo social siembra la muerte entre compatriotas demuestra no sólo su enfermedad sino también su culpa, aunque ésta sea más fácil endilgarla después a otros. El escritor francés Boissier afirma que «una sociedad necesita arrojar siempre sobre alguien la responsabilidad de su yerro. Cuanto más grande su culpa y el remordimiento que experimenta, mejor dispuesta se muestra a buscar un culpable que por ella haga su penitencia, y cuando lo ha encontrado y castigado, se perdona a sí misma y se felicita por su inocencia». Como también expresara monseñor Bergoglio: «El llamado es a dejar el estéril historicismo manipulado por intereses o ideologismos. La historia apuesta a la verdad superior, a rememorar lo que nos une y construye, a los logros más que a los fracasos. Si miramos a los odios y violencias fratricidas, que nuestra memoria nos oriente a que predomine el interés común. Tanta cruz cargada no puede ser en vano».

(*) Teniente general (R)
Ex jefe del Estado Mayor del Ejército

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