Son los dirigentes los que condenan países al populismo
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Por el contrario, esta cultura no estaría presente en los países que se dejan ganar por el populismo. Más allá de las razones esgrimidas en cada caso, Alan Greenspan apunta que la popularidad del populismo (valga la redundancia) se debe a lo difícil que es explicar y comprender el adecuado funcionamiento de los mercados en competencia, sus mecanismos de ajuste o de compensacióny lo fácil que es -explotandoesas dificultades y las naturales desigualdades resultantes de las muy diferentes capacidades humanas- organizar partidos basados en eslóganes simples, elementales y/o demagógicos: ¿Hay personas desempleadas? Entonces hay que darles empleo en el gobierno y encarecer el despido en las empresas privadas. ¿La tasa de interés ha subido? Hay que ponerles un techo y/ o imprimir más dinero. ¿ Suben los precios? Hay que legislar subsidios, imponer precios máximos o prohibir exportaciones. ¿Las importaciones crean problemas a algunas empresas locales? Entonces hay que prohibirlas.
Mi crítica a esta «visión cultural» del desarrollo se basa en que: 1) las «tentaciones populistas» están presentes en todos los pueblos del universo; 2) varios países de raíz sajona han pasado por largos períodos de políticas «populistas»; 3) algunas sociedades de raíz sajona (como Nueva Zelanda o Irlanda) son relativamente recién llegadas al grupo de naciones exitosas; 4) hay muchas naciones de origen no sajón en las que respetan razonablemente las condiciones para un buen desarrollo capitalista. Francia, Italia y Japón pueden mencionarse entre los más antiguos de esta categoría. España, Portugal, México, Chile, Taiwán, Corea y China son incorporaciones más recientes, en tanto que Brasil podría considerarse el caso más tardío; 5) en los países en los que rigen razonablemente las condiciones para el buen desarrollo capitalista -aproximadamente una veintena- gobiernan autoridades de un amplio espectro ideológico: liberales, conservadores, republicanos, demócratas, de derecha, de izquierda, socialistas, laboristas y hasta comunistas.
Estas historias llevan a pensar que lo que distingue a un grupo del otro, más que rasgos culturales o educativos, es la existencia de un conjunto dirigente con la lucidez como para articular respuestasque satisfagan las inquietudes «populistas» de las poblaciones (típicamente, durante las campañas electorales y en los debates parlamentarios), pero que gobiernan y legislan dando previsibilidad y sin vulnerar grave y/ o sistemáticamente las condiciones enumeradas en el segundo párrafo de esta nota. Y es también esta dirigencia la que inspiralos valores que se imparten en el sistema educativo formal.
La Argentina se encuentra, lamentablemente, entre los casos que en algún momento tuvieron «el privilegio de pertenecer» (al grupo exitoso), pero que en algún momento de su historia perdieron la categoría. Hasta 1940, la Argentina contó con una dirigencia que pugnó, contrariando incluso rasgos culturales populistas de la población, por asegurar las condiciones requeridas para un desarrollo capitalista. Desde entonces, el país abandonó el grupo de naciones líderes. Nuestra etapa de políticas populistas -y el consiguiente retraso respecto al mundo desarrollado-comienza con la llegada de los vientos proteccionistas y distorsionantes que trajo la Segunda Guerra Mundial. En esto la evidencia estadística es incontrastable.
Tanto la ortodoxia ejercida hasta 1940 como el populismo que la siguió ilustran que son las dirigencias, y no la cultura y/o la educación popular, lo que marca el destino de un país. El voto mayoritario a favor del populismo fue emitido por una población que casi sin excepciones había concurrido a un sistema de escuelas públicas de alta calidad. Y si se afirma que una de las fallas de nuestra dirigencia anterior a 1940 fue la de no haber inculcado valores favorables al desarrollo capitalista en la enseñanza formal, se está ofreciendo otra prueba de la mayor o menor responsabilidad de las clases dirigentes.
Nuestra historia y la de otras naciones -incluyendo las que en los últimos treinta o cuarenta años lograron recuperarse después de décadas de declinación-sugiere que ningún país está totalmente aislado del riesgo de que su dirigencia caiga en la demagogia populista. El propio Alan Greenspan se muestra preocupado por la evolución reciente de la política de partidos y coaliciones políticas en los EE.UU., así como por el «populismo fiscal» del grupo republicano que acompañó a George W. Bush tras asumir el poder en enero de 2001.
Pero esas mismas historias también sugieren que ningún país estaría condenado a padecer los males del populismo «ad vitam». Son historias que muestran cómo se puede pasar del grupo exitoso al rezagado, así como de este último al primero.
Los países que ejercen políticas favorables al desarrollo de un capitalismo verdaderamente competitivo incluyen sociedades con o sin culturas propicias. Están allí porque sus dirigencias y gobiernos -elegidos por el voto popular, alternándose la izquierda, el centro y la derecha, y más allá de lo que se pueda haber prometido en campañaaprendieron a consensuar y respetar como cuestión de Estado los límites de la política económica. No hay ninguna razón por la que la Argentina no podría contar con una dirigencia de tales características.
Cabe destacar el esfuerzo que en pro de la formación dirigente realiza la institución llamada Red de Acción Política (RAP). Si bien RAP se define como pluripartidaria y no adscribe a ninguna posición ideológica particular, al promover el diálogo entre un creciente número de dirigentes de todo el espectro político nacional brinda posibilidades concretas de discutir ideas y de formar consensos.




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