Tras varias podas, cierra EE.UU. sus déficits gemelos
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Una vez más, empero, las diferencias entre ambos déficits son notorias. Nadie espera que la brecha externa se cierre por completo; sólo que se reduzca. Alterar el curso de una trayectoria divergente, explosiva, constituye, de por sí, el gran avance. En cambio, se puede ser más ambicioso en el terreno de las finanzas públicas. Sin ir más lejos: si la inercia del año fiscal octubre 2006-setiembre 2007 retiene su vigencia, acceder a una situación de equilibrio no está fuera de alcance. La proyección arrojaría un superávit pequeño -unos 30.000 millones de dólares corrientes-en el ejercicio 2008-2009. Otro Clinton -a juzgar por las encuestas, su mujer, Hillary-volvería a presidir en un contexto de holgura de presupuesto como ocurrió antaño.
¿Será factible? Si se examinan las fuerzas detrás de la inercia fiscal, hay un rasgo que se destaca. Tanto los ingresos como las erogaciones evolucionaron a un ritmo más moderado en 2007. Tras aumentar 14,5% en 2005 y 11,8% en 2006, los recursos crecieron 6,7%. El gasto público federal, por su parte, se expandió 2,8%, muy por debajo del promedio de los últimos cinco años: 7,3%.
Hay una miscelánea de rubros de segundo orden que explican tal descompresión; los renglones principales del gasto -incluyendo Defensa conservaron la dinámica de 7%. Los mayores desembolsos motivados por los huracanes en la Costa del Golfo de fines de 2005 (Katrina, Rita y otros) cesaron este año y favorecieron la comparación.
O sea, la reducción del déficit iniciada en 2005 está gobernada por el desempeño de la recaudación de recursos. Cuando su vigor se empaña -por efecto del aterrizaje suave de la economía-, el ajuste se preserva por una oportuna desaceleración del gasto. Pero con sus componentes de mayor importancia creciendo a 7%, será difícil que la marcha del gasto público no converja, tarde o temprano, a ese ritmo. Que no es muy distinto del avance -6,7%- de los recursos en 2007.
De ser así, los progresos se estancarían antes de arribar a un eventual superávit. A menos que el próximo presidente de los EE.UU. repita la dinámica de la sucesión Bush-Clinton y suba los impuestos.
Pero no conviene pasar por alto que Bill Clinton tomó la decisión en 1993 basado en una economía en franca recuperación tras la recesión de 1990-1991. La verdadera llave para arribar a una situación de equilibrio presupuestario pasa por la salud de la actividad económica. Ya sea en la versión puramente inercial como en aquella beneficiada por la propulsión extra del ajuste impositivo. En esencia, son caminos diferentes sobre una misma traza.
Si se escruta la recaudación, se advierte que la marcha de los impuestos a las ganancias personales (45% del total) se preserva intacta. O sea, el mercado laboral no constituye (todavía) un problema. La trabazón acontece en el renglón de los impuestos corporativos (14,4% del universo). Tras promediar un avance de 39% anual entre 2004 y 2006, su recolección aumentó apenas 4,6% en 2007. Pero ello encubre un primer trimestre del ejercicio con incremento de 22% y un último período en caída libre: -11%. La pérdida de rentabilidad empresaria es el talón de Aquiles. Los balances impositivos, se sabe, son diferentes de los que se presentan en Wall Street. ¿No convendría, entonces, avisarle a la Bolsa? A decir verdad, los inversores toman riesgos acotados. A diferencia del IRS -el organismo recaudador-ellos tienen pleno derecho sobre las ganancias registradas fuera de los EE.UU. (las que, amplificadas por la devaluación perenne del dólar, siguen rezumando vigor). Y si la crisis inmobiliaria se agrava -y en tiempos electorales, el Tesoro es forzado a pagar alguna que otra factura-, los accionistas podrán cosechar una compensación.
Aun así, a inversores y recaudadores los hermana la mutua conveniencia de una economía que pueda seguir haciendo pie en coyuntura tan resbalosa. De ahí, la vela encendida a la Reserva Federal para que sepa pilotear entre las sinuosidades que se adivinan en el horizonte.




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