3 de abril 2022 - 09:13

La guerra, hipocresía mental organizada

¿Por qué impacta tanto esta guerra?  O podríamos preguntarnos: ¿Por qué no estamos 'tan conmovidos' con la muerte de 'hombres, mujeres y niños inocentes' en otras partes del mundo?

ucrania
Pixabay

El conflicto entre Rusia y Ucrania nos interpela a realizar un análisis situacional macro de lo que representa la guerra en sí y, sobre todo, desarrollar una mirada ética y política sobre un escenario que esperemos los argentinos, a 40 años de la gesta de Malvinas, nunca tengamos que vivirlo de nuevo en carne propia.

¿Por qué la guerra en Ucrania se ha visibilizado mucho más que otras? ¿Es un dilema eminentemente económico? Probablemente no. Podemos afirmar que la mayoría de los rusos y ucranianos no viven en una pobreza extrema, aunque existen una diversidad de problemáticas socio-económicas (y macroeconómicas, sino observemos la alta tasa de endeudamiento de Ucrania con el FMI, o mismo los niveles de productividad de Rusia), que los hacen relativamente vulnerables como la mayoría de los ciudadanos a nivel global.

¿Es un problema de percepción de escases de recursos estratégicos – alimentos e hidrocarburos? Tampoco. Para citar a la historia, todas las guerras de Medio Oriente provocaron turbulencias productivas y financieras a nivel global – sobre todo en términos de la inflación que golpea a los países más pobres -, pero ninguna de ellas con consecuencias que hayan generado estupor ante una coyuntura que, aunque compleja, puede ser solucionada en el mediano plazo.

¿Es una cuestión ideológica? Ningún internacionalista discute realmente si estamos ante una lucha del ‘bien contra el mal’, o si vivenciamos un Deja Vú de las batallas entre Nazis y Comunistas. Seguramente haya unos cuantos simpatizantes del Tercer Reich en Ucrania, pero no son la mayor parte de la población. Y Putin es un capitalista acérrimo, defensor de la propiedad privada ‘a su modo’: con una oligarquía a su lado que hace negocios bajo el manto de un ‘agresivo nacionalismo cristiano’, tiene a la mitad de la población ‘encantada bajo el hechizo’ que representa el regreso del otrora gran imperioso Ruso. Y la otra mitad se encuentra temerosa de terminar encarcelada si pelea por algunos mínimos derechos cívicos.

¿Se encontrará la respuesta en el temor a que las miles de ojivas nucleares que posee Rusia desaten una Tercera Guerra Mundial ante una respuesta por parte de la OTAN? La mayoría de los que estamos vivos no sabemos lo que es realmente un conflicto militar a escala internacional entre varios Estados de relevancia; las películas de Hollywood no tienen parangón en la mundo real con respecto a lo que sería una devastadora guerra nuclear en el siglo XXI.

En este sentido, más allá de la preocupación por Rusia, China – ejemplificado en el reciente pacto AUKUS entre Estados Unidos, Australia y el Reino Unido para contener sus pretensiones regionales (Taiwán, el Mar de la China Meridional, etc.) -, o Irán – con su programa nuclear y la posibilidad de desestabilizar todo el Medio Oriente -, la decisión de que todos apreten sus respectivos ‘botones rojos’ – con la devastación a escala global que ello conllevaría – es muy improbable.

Entonces la reflexión podría ser: ¿Por qué impacta tanto esta guerra? O podríamos preguntarnos: ¿Por qué no estamos ‘tan conmovidos’ con la muerte de ‘hombres, mujeres y niños inocentes’ en otras partes del mundo?

¿Alguien piensa en los 233.000 muertos en Yemen en la última década, con 2.300.000 niños sufriendo algún grado de desnutrición? ¿Quién pone el foco en la guerra que se inicio hace más de un año donde se estima que más de 9 millones de etíopes necesitan algún tipo de ayuda humanitaria? ¿Y las 14 millones de personas (más del 25% de la población del país) que han sufrido algún tipo de vejación desde el Golpe de Estado en Myanmar? Ni que hablar el conflicto en Siria, el cual dejó más de 380.000 muertos y 200.000 desaparecidos.

Nuestra Latinoamérica tampoco se encuentra exenta de violencia y muerte. Aunque no hay un conflicto inter-estatal, sabemos que el Estado Mexicano ha perdido el monopolio de la violencia en amplias zonas del país, donde la ley y el orden rigen a cargo del Cártel de turno. La consecuencia: 275.000 asesinatos en los últimos 15 años. Por otra parte, los crímenes también se encuentran a la orden del día con eje en la violencia política (Nicaragua) o socio-económica (Haití). Allí también los muertos se cuentan de a miles.

¿Será porque son sudacas, mulatos, con rasgos semitas, o asiáticos que no se nos eriza la piel? Lamentablemente, tenemos que afirmar que dentro del actual estupor mundial generalizado, este punto pareciera ser el más importante: el origen racial/étnico de los ucranianos. No podemos ser hipócritas. Población blanca – muchos de tes rubia -, europea, cristiana, con rasgos típicamente ‘occidentales’ (y los valores que ello conlleva). Nunca mejor expresado el dicho "Todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros".

Lo más interesante, y he aquí también la relevancia de la colonización mental – porque hoy en día los Estados se pelean mediante ciberataques, campañas de desinformación, coacción económica o la instrumentalización socio-política de los migrantes – es que se logra convencer sobre una verdad altruista a seres humanos que no pertenecen a estos colectivos ‘racialmente superiores’, pero apoyan su causa. Y sin intentar bucear muy profundamente, podemos afirmar que tampoco tienen mucho que ver un obrero industrial del cordón central de los Estados Unidos, con un granjero del Sudoeste Ucraniano.

Pero ello ocurre y el racismo intrínseco, aquel que normaliza y diferencia entre quienes pueden vivir mejor (al menos un poco) de quienes lamentablemente les ‘tocó’ la mala suerte de nacer en paises pobres, gobernados por dictadores impunes que nos les importa su pueblo, y sobre todo muy alejados de ese ‘patrón de belleza exterior’ impuesto por el dogma de la cultura OTAN – porqué no definirlo de esa manera en estas épocas donde reina la simbología militar -, es el pensamiento de una gran parte de la población global que ‘sufre’ por las familias ucranianas.

Finalmente, creo que una porción no menor de nuestra población argentina es un gran exponente de ello; y porqué no decirlo, a lo que también se le adiciona un popurrí de todo lo expuesto previamente. ¡No solo son un pueblo europeo de tez blanca (como teóricamente somos nosotros), de clase media (como teóricamente somos nosotros), sino que además odiamos a los comunistas (porqué nos dijeron alguna vez que son malos), y a los que hablan con vehemencia como el presidente Putin (sin importar lo que dice – aquí podríamos hacer una alguna alegoría con una ex presidenta -) porque ello es violento, y sobre todo a los que pretenden destruir nuestro modo de vida occidental (??)!. Y así podría seguir.

Ahora bien, ¿Y por los niños Qom desnutridos del Chaco, no nos angustiamos? ¿Es necesario – o suficiente - que se encuentren en un conflicto armado para que seamos ‘cruzados’ y salgamos en su defensa? ¿O intrínsecamente muchos de nosotros tenemos inculcado que ellos entran dentro de los parámetros de indios (negros para la clase media-alta citadina), pobres y vagos, a los que les gusta vivir en la indigencia sin trabajar?

En fin, lo que podemos afirmar es que este escenario de guerra ha reflejado fielmente, lo que podríamos denominar una vez más, nuestra ‘hipocresía mental organizada’.

Economista y Doctor en Relaciones Internacionales. Twitter: @KornblumPablo

Dejá tu comentario

Te puede interesar