El gobierno intentó ayer sacar provecho de la crisis que se desató en torno de la estabilidad de Fernando de la Rúa haciendo gestos de respaldo al Presidente desde distintos sectores del oficialismo. También hubo empresarios que concurrieron a la Casa Rosada a saludar a De la Rúa y expresarle su apoyo. Sin embargo, más allá de estos gestos de senadores, ministros y empresarios, lo más importante de ayer fue un juicio de Raúl Alfonsín, quien almorzó con el Presidente junto con el gobernador Angel Rozas, que también salió respaldado. Alfonsín teme que se lo confunda con un disidente u opositor (lo persigue el fantasma de Ricardo Balbín, hostigando a Arturo Illia) y por eso prefiere expresarse con elipsis e indirectas. Ayer le dijo a De la Rúa que "hay que hacer todo lo posible para que no se diga que la crisis es por culpa de que no se actúa y no se sabe gerenciar el poder; tenemos que demostrar que la crisis la heredamos del gobierno anterior". Sutil, Alfonsín le transmitió al Presidente lo que se le pide hoy desde los sectores más diversos: "Actúe". Las medidas que puede adoptar De la Rúa son numerosas. Puede evitar desde el comienzo de los conflictos que los piqueteros ingresen en una insurgencia sangrienta. O puede disponer mecanismos para que, cuando el índice de desocupación supera 16%, se pueda ejercer algún tipo de control sobre el ingreso de inmigrantes, aunque esa medida sea desagradable y merezca críticas desde el izquierdismo. La Argentina es un país que sufrió dos atentados horrorosos y que tiene problemas de empleo y de seguridad en la frontera. Sin embargo, el gobierno desplazó hace más de un mes al director de Migraciones y todavía no lo sustituyó, dejando vacante un área tan sensible.
El gobierno se propuso ayer hacer rango sobre el complot que se detectó en la provincia de Buenos Aires, por el cual Carlos Ruckauf y Eduardo Duhalde se habían propuesto inducir la renuncia de Fernando de la Rúa para que se lo reemplace según la Ley de Acefalía o por una elección anticipada para la que el gobernador de Buenos Aires creyó oportuno ofrecer su renuncia. El Presidente ocupó de nuevo el rol que mejor ejerce, el de víctima (papel del que sacó provecho máximo allá por 1989, cuando le birlaron la banca de senador en el Colegio Electoral de entonces), y recibió la solidaridad de su partido y de empresarios de sectores diametralmente opuestos que lo visitaron por la tarde.
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Todos lo alentaron pero también le sugirieron actuar con más decisión y celeridad. En algunos casos, sencillamente actuar. Quien más diplomáticamente se lo dijo fue Alfonsín: «Tenemos que evitar que se diga que la crisis la estamos produciendo desde el gobierno por un mal gerenciamiento o por inacción, cuando todos sabemos que la crisis la recibimos del gobierno anterior». Sutil, el ex presidente se hizo cargo del consenso cada vez más extendido que gana al país: que el pésimo trance actual tiene raíces políticas en la falta de operatividad de la administración y, específicamente, del primer mandatario.
El besamanos del respaldo se inició con la visita del bloque de senadores radicales, a quienes De la Rúa recibió acompañado por Raúl Alfonsín. Ante ellos el Presidente estrenó un argumento que iba a reiterar a lo largo del día: «¿Cómo puede ser que la provincia de Buenos Aires haya pasado de un presupuesto de $ 6.000 millones en 1995 a otro de $ 10.600 millones en 2000?», preguntó. Después, acompañado por los cabezazos de asentimiento de Alfonsín, De la Rúa se entregó a su actividad predilecta: desmentir los argumentos de quienes lo critican, encontrando contradicciones o desaciertos de detalle. «Me dicen que le cedí todo el poder a Cavallo pero me reprochan también haberle transmitido mi ritmo», comenzó. Recriminó a los que lo critican por no haber cambiado nada «cuando ahora hay un Estado que interviene bien, sin alterar a la actividad privada pero fijando pautas a los sectores, alentando las exportaciones, poniendo orden en la Aduana». Se quejó de que «se diga que no cambió nada cuando los ataques más virulentos los recibimos de sectores decisivos en el anterior gobierno».
Ausencia
Los senadores no advirtieron la ausencia de Ramón Mestre, el ministro del Interior, participante natural de este tipo de encuentros. Pero el cordobés estaba lamiéndose las heridas por una derrota que acababa de sufrir: De la Rúa se había reunido un rato antes con dos legisladores del Partido Nuevo de Corrientes, con quienes se comprometió a analizar el levantamiento de la intervención y la convocatoria a elecciones de gobernador para octubre. Mestre maneja la intervención provincial a través de Jorge Aguad y el Partido Nuevo, encabezado por Raúl «Tato» Romero Feris, enemigo acérrimo del ministro del Interior.
Una vez a solas con Alfonsín, De la Rúa se sentó a la mesa para almorzar e invitó a Chrystian Colombo, Mario Losada, Nicolás Gallo y, especialmente, al recién llegado Angel Rozas: la presencia del gobernador del Chaco en la reunión fue una señal inocultable de que ni De la Rúa ni la UCR lo consideraron jamás protagonista de una conspiración. Al contrario, ayer se lo confirmó como el candidato a suceder a Alfonsín en la jefatura del radicalismo nacional.
Rozas no necesitó siquiera insinuar un pedido de disculpas y Alfonsín insistió en lo que había dicho en la entrevista con los senadores: «Hay que aprovechar la circunstancia de esta ola de rumores e inestabilidad para sacar ventaja y fortalecer mucho la imagen presidencial, haciendo un llamado en serio a tomar tres o cuatro medidas que deberían estar fuera de la competencia electoral» recomendó Alfonsín, a quien el «minimalismo» de De la Rúa lo vuelve más ansioso que de costumbre. El Presidente consideró que «el ataque ha sido tan desmedido que se convirtió en un punto de inflexión para el gobierno» y después volvió sobre uno de sus viejos temas: «No somos eficientes en transmitir la información de lo que se hace y deberíamos tener canales de comunicación entre nosotros mucho más ágiles».
Sobre la manera de fortalecer la gestión oficial no se ensayó ninguna alternativa específica. Ni la posibilidad de un cambio de gabinete, que comenzó a rumorearse desde el lunes, tampoco una operación concreta de compromiso político, que murió en el cortocircuito con las provincias peronistas. La relación con los gobernadores de este partido comenzó a recuperarse lentamente, salvo en el caso de Ruckauf. En el almuerzo con De la Rúa, como después en la reunión con los empresarios, se describió minuciosamente el «complot» -así se lo denominó- del gobernador, «que involucró a Duhalde y a algunos sindicalistas y que estuvo trabajando todo el fin de semana para provocar la renuncia del Presidente, hablando inclusive de enfermedades imaginarias». Colombo, el principal «fighter» del gobierno contra la dupla Duhalde-Ruckauf (casi un jefe de campaña de Alfonsín en la provincia de Buenos Aires), hasta recibió algún aplauso de empresarios cuando se refirió a esa «conspiración». Fue después del almuerzo, cuando visitaron a De la Rúa los integrantes del Grupo Productivo y de ABA, reunión en la cual el Presidente logró el milagro de sentar codo a codo a Eduardo Escasany con Ignacio de Mendiguren.
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