• Anoche, a las 21.05, un Carlos Menem sonriente y de sport (camisa azul intenso y pantalones claros) se asomó a los ventanales del Hotel Presidente para saludar al millar de simpatizantes que se acercaron para alentar a su líder. Con las manos en alto y haciendo la «V» de la victoria, el riojano se mostró en compañía de Juan Carlos Romero, también en mangas de camisa, pero con corbata.
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• Minutos antes, cuando la decisión ya había sido anunciada a todo el entorno, el abogado Oscar Salvi y Alberto Kohan intentaban persuadir a Menem de que aceptara ir al ballottage, a toda costa. En el primer piso del hotel, se paseaban Juan Carlos Romero, Eduardo Menem, Francisco de Narváez, Pablo Rojo y varios sindicalistas, entre ellos, el petrolero Antonio «Coco» Cassia.
• Afuera, a las 20, el kohanista Daniel Lalín insistía delante de micrófonos y cámaras de TV con términos futbolísticos que «no podemos dejar de jugar este domingo, sea para ganar o perder, pero en la cancha». El empresario anunció que el peronismo de la provincia que apoya a Menem estaba movilizando gente para que clamara por la permanencia en la segunda vuelta del riojano. A esa hora, ya había un centenar de ruidosos simpatizantes sobre Cerrito al 800.
• A las 14.45, Raquel Kismer de Olmos (a) Kelly fue la primera menemista en salir a hacer declaraciones, cuando arreciaba el rumor de que Menem se había bajado y los productores de radio no podían encontrar un militante del PJ de Anillaco apto para salir al aire y dar explicaciones. Con mucha cautela, la dirigente porteña apoyó la idea de salir del juego, pero dejando a salvo que la resolución sólo le correspondía al ex presidente. A esa hora, la confusión era generalizada en esta comarca del peronismo.
• La intriga se trasladó al espacio kirchnerista. Poco después del mediodía, aseguraban haber recibido un mensaje del ala económica del Frente por la Lealtad de que Menem-Romero seguían en carrera. La duda que les quedó a los laderos de Kirchner era si los menemistas sabían qué pasaba en realidad y les pasaron información falsa, o si, en realidad, ellos tampoco conocían la determinación que había adoptado su propio jefe político.
• En la planta baja del búnker menemista, desde la tarde temprano se agolparon punteros y simpatizantes en lo que parecía más una sala velatoria que un cuartel central de campaña. Sobre la escalera de entrada al hotel, media docena de damas agitaban unas pancartas de mano con fondo azul y la leyenda «Menem 2003». Sin perder la compostura, pero cierta incomodidad con los movileros, la emprendieron a capella con el hit proselitista «Qué vuelva Carlos», obra cumbre de los cuarteteros Zarza, de Córdoba.
• En un bar aledaño, casi pegado al hotel, se refugiaron algunos caciques menemistas de Buenos Aires.A las 17, Juan Carlos Rousselot se anticipaba a Lalín y decía a este diario que «nosotros venimos a apoyarlo, aunque la decisión de seguir o no en carrera es una decisión absolutamente personal, y debemos respetarla, sea cual fuera».
• El grueso de los caciques que se acercaron hasta el local de la calle Cerrito optaron por entrar por el garaje, de manera tal de eludir movileros, camarógrafos y cronistas varios. Sólo unos pocos se animaron a ingresar de a pie por la escalera principal. Al atardecer, llegó el diputado riojano (ya electo intendente de la capital provincial) Ricardo Quintela; si bien logró sortear el cerco mediático, tuvo que mostrar credenciales para que le habilitaran el acceso los mismos custodios del búnker menemista. No necesitó exhibir documentos, en cambio, otro de los que se atrevió a entrar caminando, el bombista «Tula».
• En la esquina de Córdoba, a poco más de 50 metros del Presidente, se produjeron fricciones entre militantes del peronismo de Anillaco que se ocuparon de despegar una banda roja sobre afiches de la fórmula Menem-Romero que decían en letras blancas «fuiste». Algunos transeúntes los increparon. Por suerte, apenas intercambiaron insultos. Finalmente, una mujer con poncho salteño comenzó a repartir un memo contra el acuerdo Duhalde-Kirchner. «Antes, la gente terminaba golpeando la puerta de los cuarteles; ahora, van a terminar yendo a pedir ayuda a La Rioja», se ufanó la señora.
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