23 de marzo 2001 - 00:00

Cavallo debutó en gabinete con anécdotas de la era Menem

Domingo Cavallo protagonizó ayer un debut con traje de luces en el gabinete de Fernando de la Rúa. Animado, como se ha mostrado en la saga televisiva de la semana, el ministro de Economía dedicó la mayor parte de su exposición a contar anécdotas sobre su experiencia en el gobierno de Carlos Menem y a dar un entretenido curso de cómo comportarse en los medios para uso de sus colegas. «¡Qué divertido es Cavallo!», comentó al salir un ministro.

Sobre este punto, el ministro dejó una promesa ante el Presidente: no va a hablar más en público si no es con una agenda previamente concertada con los periodistas y los medios. Se lo recomendó a los ministros, a quienes -como lo suele hacer el Presidente-también les pidió que no cuenten lo que se habla en las reuniones de gabinete, para evitar que se relaten detalles de sus cruces verbales, como se hace en esta nota.

La cita de los funcionarios no era la habitual: presidía otra vez De la Rúa (y no Chrystian Colombo, atareado esta semana en permanecer en la Jefatura del Gabinete, el cargo más jugado en todos los tapetes) y entraba Cavallo como un tren a Constitución a 200 km por hora. Por eso De la Rúa la hizo corta: duró 45 minutos.

El Presidente, apenas se inició el cónclave en la Casa de Gobierno, le cedió la palabra a Colombo para que explicara el trámite de la ley ómnibus que había pedido el titular de Economía. El ministro venía de una larga reunión de su oficina con legisladores, el operador jurídico del cavallismo, Horacio Liendo, y dos pesos pesado, no sólo por volumen físico, sino por lo que representaron en la negociación de la ley: Raúl Baglini y Marcos Makón, portadores sanos, respectivamente, de radicalismo y de frepasismo. Representaron, resumió Colombo, el apoyo final de Raúl Alfonsín y Chacho Alvarez a las medidas pedidas por el nuevo ministro.

El jefe de los ministros debió admitir, ante el primer comentario que hizo Rafael Pascual, que ese apoyo de los jefes de la UCR y el Frepaso es reticente. Baglini explotará al máximo esta semana sus condiciones de salud para no seguir presidiendo la comisión de Presupuesto y Hacienda de los diputados. Baglini no se habla con Cavallo y no cree que esa situación pueda superarse, ni que contribuya a la salud del gobierno. Pedirá su reemplazo por otro radical más dialoguista, como Jesús Rodríguez. (Otro que tampoco se saluda con Cavallo es el jefe de los diputados peronistas, Humberto Roggero, pero es la minoría.)

No es más entusiasta el respaldo del chachismo: Makón estuvo ayer negociando en nombre de su jefe, pero comunicó que no asumirá como secretario de Hacienda como se lo pidió Cavallo. Chacho no lo deja, como tampoco quiere que ningún frentista asuma cargo alguno (sí quiere que sigan los que tienen la silla asegurada).

Pascual
prometió, como luego Losada, que la ley saldría en el Congreso, aunque el ministro debía admitir alguna corrección sobre el proyecto original.

En ese momento entró veloz cual saeta el edecán aeronáutico y le pasó un papelito al Presidente.
De la Rúa se humedeció los labios y se lo pasó a Colombo. El inmutable jefe de los ministros carraspeó y leyó, ante la expectativa de los que habían visto esa coreografía, la noticia fatídica de la tarde: el rumor en los mercados -que se habían desplomado desde mediodía- es que renuncia el Presidente.

De la Rúa
abrió los brazos sin palabras y en un segundo intento dejó oír: «Habrase visto... lo que hace cierta gente. Con los esfuerzos con que se trabaja acá y hay que salir a enfrentar estos disparates». Los demás presentes en la reunión entonaron en cascada y al mismo son, qué barbaridad.

Monólogo

Cavallo rompió el silencio «¡¡¡¿Vieron? ¿Vieron? Siempre lo mismo, siempre lo mismo, ¿No les dije?!!!». Brincando sobre su silla, arrancó con otro de sus recordados monólogos de gabinete. «A mí me pasó varias veces.» Los ministros cogotearon como podían para escuchar bien a la nueva estrella de equipo en esta evocación: «Fue a finales de febrero de 1991 cuando estábamos por poner en marcha la convertibilidad. Yo me fui a dormir la siesta, porque de chico me enseñaron a dormir la siesta y me quedó esa costumbre tan cordobesa». Como ahí casi todos son cordobeses, no pudieron sino festejar.

«Y me desperté de la siesta
-debe haber sido, por la fecha, en el dormitorio del piso 13° que ocupaba el entonces Canciller en la anterior sede del ministerio de Relaciones Exteriores en Reconquista y Ricardo Rojas-y me dijeron que había un ataque de especuladores contra el peso. Había gente que estaba comprando el dólar a 10 mil australes. Porque ¿se acuerdan de los australes, no?» , mortificó el ministro a la mayoría radical de la sala.

Crecía la tensión del cuento:
«Entonces me llama el presidente, que era Menem. ¿Se acuerdan? y me dice: 'Mingo, ¿hay que devaluar'?»

«No, le respondí, de ninguna manera. Era un viernes, por eso le dije al presidente Menem, no hay que devaluar, no hay que devaluar.»
Esto lo dijo con los ojos más abiertos que nunca mirando fijo a De la Rúa, que repitió por lo bajo: «No hay que devaluar».

De la Rúa
, curioso: «¿Y qué dijo Menem?»

Cavallo:
Me hizo caso y no devaluó. Porque le dije: Esa gente que está especulando va a perder plata el lunes, ya va a ver. Y fue verdad porque el lunes el dólar cotizó por debajo de los $ 10 mil australes.

«Es que se dice cada cosa», dijo un ministro.

Cavallo
: Es cierto, pero la culpa la tiene uno que a veces habla mucho. Yo siempre hablé con mucha libertad, y miren lo que me pasó. Me llenaron de juicios por calumnias e injurias, y con esos juicios me han complicado la vida, y me ha salido carísimo. Eso pasa por hablar tanto.

«-¿Qué hay que hacer?»
, quiso instruirse un despistado.

Cavallo
: Yo ya aprendí, yo ya aprendí. No hablo más sin poner antes día, lugar y tema. No hay que contestarles a los periodistas que lo interceptan a uno en la calle o al salir de la casa. Hay mucha confusión hoy para que haya además tanta información. Por eso les recomiendo a todos, no hablen tanto, no hablen tanto. Miren lo que hago yo. Sigan mi ejemplo.

Este locuaz llamado al silencio despertó más de una sonrisa. El Presidente murmuró algo, pero prefirió no decirlo.
Colombo le dio la palabra a Patricia Bullrich, que había pedido pista para explicar qué podía sacar el gobierno del Congreso en materia laboral y previsional. Dijo que había que aprovechar el envión cavallista para pedirle al Congreso que convalide los decretos de necesidad y urgencia de reforma previsional y de desregulación de las obras sociales.

Cavallo y Pascual
, casi al unísono, desaconsejaron la movida. Hay que concentrar la artillería en sacar la superley de reforma fiscal y los superpoderes, argumentaron. Bullrich leyó entonces los proyectos que le mostrará a Cavallo para desregular más el mercado de trabajo llevando, por ejemplo, a una simplificación máxima el pago de aportes de los empleados de microempresas, copiando el sistema que se aplica para blanquear al personal del servicio doméstico.

Adalberto Rodríguez Giavarini
, funcionario a quien vela la sombra de otro economista, que además se precia de haber sido un buen canciller, como Cavallo (le tocó en esa función firmar el protocolo de fundación del Mercosur), amagó con introducir el tema del viaje a Brasil para negociar una baja de aranceles en el mercado común.

De la Rúa
ordenó que ese tema fuera tratado a solas entre él, Colombo, el canciller y Cavallo, quien viajó junto a Giavarini anoche a Brasilia. Era suficiente para un gabinete con otros debuts, como los de los nuevos ministros Ramón Mestre (Interior), Andrés Delich (Educación), Carlos Bastos (Infraestructura) y Nicolás Gallo (secretario presidencial).

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